Ciudadanos como secta o el deseo de Rivera de cesar al editorialista de FT

Albert Rivera está a punto de convertir su partido, Ciudadanos, en una secta. El pronóstico no pertenece a ningún militante de otro partido, ni siquiera a un político en activo, sino a un militante del partido naranja que, recientemente, me preguntaba, preocupado, qué le pasaba a Rivera, a raíz de un análisis de este cronista en el que se hacía referencia al recorrido de estos últimos meses, en el que parece que el líder, que tan coherente ha sido durante años, ha entrado en una deriva difícil de entender, y todavía, mucho más difícil de explicar.

Este cronista utilizaba la carta abierta con la que uno de los fundadores que más han influido en Rivera, el catedrático Francesc de Carreras, dimitía de todo lo que tuviera que ver con Ciudadanos, convirtiéndose de este modo, en el primero que daba la señal de alerta, y también de alarma, ante la negativa de Rivera de sumar sus 57 diputados a los 123 de Pedro Sánchez, para formar un gobierno sólido y estable de 180 diputados. Un gobierno que, sobre todo, están reclamando los propios votantes de Ciudadanos, según todos los estudios de opinión.

En la carta había una frase, especialmente hiriente para el líder, que probablemente, con ese rencor que contempla la política e, incluso, las relaciones personales, nunca olvidará, ya que al pedirle que no les fallase a todos los que habían creído en él añadía que, a menos que el “joven maduro y responsable” que él conocía se hubiese convertido “en un adolescente caprichoso”. Algo de eso debe haber, cuando un político como él, se niega a asistir a ninguna reunión con el Presidente del Gobierno en funciones; cuando eso forma parte de su sueldo, del sueldo que le pagamos todos los contribuyentes; cuando se van los más valiosos como Toni Roldán, Xavier Pericay, o Francisco de la Torre.

Cuando se elevan a 59 los cargos públicos que desde 2015, han abandonado el partido: 46 han sido expulsados y 13 dimitidos u obligados a dimitir, o cuando se hace un discurso de investidura en el que se habla del Gobierno de España como “banda” dispuesta a repartirse el botín en una habitación que hay en las dependencia del Congreso de los Diputados, que se llama “habitación del Pánico”. Todo eso, incluso el lenguaje, como acertadamente dice mi amigo, es un lenguaje de secta, y no de un partido político moderado, cuyo objetivo ahora no es hacer de bisagra, como partido de centro, sino como partido de derechas, que le quiere quitar el puesto al partido que realmente es el partido de la oposición en España: el Partido Popular.

Hoy Albert Rivera ha anunciado al máximo órgano de su partido, el Consejo General de Ciudadanos, el cese de dos nuevos críticos que coincidieron con Luis Garicano, partidario de pactar la investidura de Sánchez: Fernando Maura responsable del área de Exteriores, solidario con Maura y Orlena de Miguel, que se abstuvo en la votación. Junto a ellos, salen tres dirigentes que parece que, alguna vez, dudaron y entran los nuevos fichajes, entre los que se encuentran Marcos de Quinto, Edmundo Bal, Ángel Garrido, y Joan Mezquida. A todos, en varias ocasiones les pidió “lealtad al proyecto”, aunque es precisamente el proyecto el que está en duda…

Hoy si hubiera podido, Rivera habría cesado al editorialista del Financial Times (FT), que se ha atrevido (uno más) a llevarle la contraria, afirmando que tiene que rectificar ya que Ciudadanos debería reconsiderar su oposición al PSOE para evitar unas nuevas elecciones... Habrá más editoriales y más pronunciamientos, todos ellos sensatos, pero ante lo que empieza a ser una secta, no hay nada que hacer. Pero hay que recordar que las sectas, todas, terminan mal, muy mal, a veces en el suicidio colectivo.