Quim Torra Año 1: de la parálisis al sectarismo

“El año empezó con mi Govern que no pudo tomar posesión porque había Concellers presos y exiliados y acaba con la acusación de la Fiscalía, que es un relato magnífico de la judialización de la política cuando deberíamos democratizar la vida pública”. Este es el resumen que el presidente de la Generalitat, Quim Torra, el hombre designado por Carles Puigdemont como su sucesor, ha hecho de su primer año de mandato al frente del Gobierno catalán. Un año en el que el “Procés” y el intento de montar una mesa de diálogo entre partidos sobre el futuro de Cataluña, presidida por un relator, ha ocupado la mayor parte de su actividad.

El activismo político ha sido la principal característica de un Gobierno paralizado (durante los seis primeros meses de legislatura no hubo actividad parlamentaria porque no había Gobierno) y un Parlamento prácticamente inactivo, durante todo el mandato de Torra. Sólo se han aprobado tres modificaciones de leyes que ya existían, dos a propuestas del PSC. Por el contrario la Cámara ha creado tres comisiones de investigación y ha aprobado resoluciones todas de ellas polémicas, que en algún caso, quedaron suspendidas. Un año después de su toma de posesión no ha entrado en vigor ninguna ley nueva, con la única excepción de una modificación sobre lenguas extranjeras, y sólo cinco decretos del Govern, dos de ellos para prorrogar los Presupuestos que son una muestra de la parálisis en la que se ha instalado la Generalitat y el Parlament que sigue gobernando con los Presupuestos de 2017 prorrogados.

Frente a esta dura realidad, el señor Torra, que no ha dado ningún paso importante sin hablar antes con Puigdemont, para que fuese el expresident el que diese la imagen de que se estaba gobernando desde la Casa de la Republica en Waterloo, ha presentado un balance triunfalista, como si realmente estuviese gobernando y cambiando las grandes magnitudes en la que se basa la economía catalana, que sigue perdiendo empresas hasta el punto de encabezar el “ranking” de fuga de empresas que lidera desde Octubre de 2017, cuando se celebró el Referéndum ilegal. En 2018 fueron 2.359 las empresas que trasladaron su sede social social, desde Cataluña, a otras Comunidades.

En su resumen del primer año del Govern, un resumen triunfalista como si él hubiese cambiado toda la enconomía catalana, el Presidente de la Generalitat no solo se ha mostrado triunfalista, sino optimista, por lo que él entiende que ha cambiado las grandes cifras macroeconómicas, que en líneas generales salvo la desconfianza de algunos inversores extranjeros y la fuga de empresas, coinciden con las del resto de España. Basándose en seis indicadores macroeconómicos (PIB, exportaciones, inversiones extranjeras, paro, creación de empresas y déficit), Qim Torra ha asegurado que se “demuestra la idea de un país en marcha, que ha afrontado la crisis con más dinamización, exportación, reduciendo el paro, creando empleo. “Podemos sentirnos, muy orgullosos, de lo que hemos hecho”, ha declarado  sin hacer caso a una oposición que le acusa de no saber gobernar, de no hacer nada, después de pedirle que si no sabe debería echarse a un lado. Lo único que ha hecho durante este año es conseguir ser procesado por la Junta Electoral Central.

Sin el mínimo tono autocrítico se ha crecido para asegurar que no se siente un “Presidente provisional”, reiterando que aunque él es el Presidente 131 de la Generalitat Catalana, pero Puigdemont continúa siendo Presidente. Eso sí, no ha aclarado si continúa sin ocupar el despacho oficial de Puigdemont, como prometió cuando hace un año tomó posesión del cargo. Una toma de posesión que ningún catalán olvidará, especialmente para quienes no tienen nada que ver con el independentismo que tienen poco que decir en este año en que se ha gobernado con un sectarismo muy propio de quien ha escrito que los españoles “son bestias carroñeras, víboras, hienas, con una tara en el ADN”.

De acuerdo con esos principios, sus enemigos son los españoles, y muy especialmente los catalanes que tienen como lengua materna el español y no aceptan el independentismo. Con esos criterios es evidente que Torra, elegido por Puigdemont por su activismo, y que ocupaba el puesto número once de la lista de JXC (Juntas per Catalunya), ha gobernado para una parte de los catalanes y no para todos los catalanes. Torra no es un político, es un activista, no puede gobernar porque ni sabe gobernar, ni tiene liderazgo. Después de hacer un balance triunfal de su año de gobierno volvió a lo de siempre: al “Procés”, calificado ayer por la Fiscalía como Rebelión para un Golpe de estado (ver republica.com “Juicio al Procés: Crónica anunciada de un Golpe de Estado”) .

Según él, el independentismo obtuvo en las elecciones europeas una mayoría del 49,7% (que según él son los catalanes que quieren la independencia) que le autoriza para volver a pedirle al Presidente del Gobierno que se siente a la mesa a negociar, y que recupere la figura del relator. Además esta tarde ha pedido al presidente del Gobierno Pedro Sánchez una entrevista “urgente” para hablar de los presos que están siendo juzgados por el Supremo acusados de Rebelión, sedición, y malversación de caudales públicos, porque, ha dicho a la televisión pública catalana, que “la represión no se detiene” – “Nos acaba de decir el fiscal que somos una organización criminal, nos están pidiendo penas de más de 70 años, tenemos a gentes en el exilio, la represión no se detiene. Esto es lo que se debe resolver…”