Eutanasia: El día que decidí que se emitiera el vídeo de Sampedro

Veintiún años después de la muerte en directo en televisión, de Ramón Sampedro que decidió que grabaran su muerte para exigir el derecho de todo el mundo sobre su propio final, se ha producido la muerte asistida de María José Carrasco (62 años), afectada por esclerosis múltiple, por parte de su marido Ángel Hernández (69), el encargado de cuidarle día y noche, durante más de 15 años. Años de sufrimiento y de dolor. Unos dolores insoportables que no aliviaban ya, ni la morfina. Decidió que quería morir y que sólo su marido, su compañero, podía ayudarle a recorrer el camino final.

Desde hacía años, y tras muchas horas de conversación de los dos, decidieron que había llegado la hora. Se había disuelto el Parlamento y no se aprobaría la prometida Ley de Eutanasia y, de nuevo, tenía que esperar. Tenían guardado, desde hacía más de tres años, el Pentobarbital y, el pasado jueves, ayudada por su Andrés, absorbió con un pajita el amargo medicamento y, se fue, con rapidez y sin ningún tipo de sufrimiento. El vídeo es estremecedor, a pesar de la placidez final y el diálogo entre los dos que ha conmocionado a una opinión publica solidaria en su mayoría, que ha visto como, inevitablemente, la eutanasia tanto pasiva como asistida, ha entrado de lleno en la campaña electoral.

Un tema que se plantea en España por primera vez hace veintiún años con la muerte de Ramón Sampedro, tetrapléjico desde 1968, con treinta años (solo movía la cabeza), y veintiocho postrado en cama, cuando decide con gran lucidez, que quería “irse” después de que la Audiencia Provincial de la Coruña reconociese que no tenía derecho a solicitar ayuda para poder morir cuando él lo decidiese. Un auto del tribunal reconocía que “la privación de la propia vida con la aceptación de la propia muerte es un acto que la ley no prohíbe”, pero recuerda que el auxilio al suicidio es un delito tipificado tanto por el antiguo Código Penal como, aunque atenuado, por el nuevo.

Quiso una muerte asistida. Asistida por su cuidadora y amiga, Ramona Maneiro, que es quien consigue el cianuro con el que moriría entre grandes estertores y sufrimientos y que insiste en que quede grabada en un video doméstico. Ni siquiera tuvo la suerte de contar con ese Pentobarbital de María José Carrasco. Tuvo que utilizar cianuro. La primera vez que vi el vídeo, en mi despacho de Director de Informativos de Antena 3 Televisión, no pude evitar llorar desconsoladamente y a pesar de la dureza de la imagen (decidí que suprimiríamos la larga agonía) creí, después de hablar con el Director General de la cadena José Manuel Lorenzo, que lo emitiríamos en el Telediario de las nueve que dirigía y presentaba Fernando Ónega. El vídeo nos había llegado de fuentes de la investigación que creían que era un documento que había que difundir, porque era deseo de Sampedro y porque era un alegato al derecho a la propia muerte, a la necesidad de una ley de eutanasia en nuestro país como la hay en algunos países de Europa.

Tomé todas las precauciones para evitar filtraciones. No me fiaba del Presidente de la cadena José María Mas, miembro del Opus Dei que Juan Villalonga (era el contable de su madre) como Presidente de Telefónica había colocado tras la obligada salida de Antonio Asensio por ordenes de José María Aznar y blindé la información, convencido de que, si trascendía, iba a intentar boicotearla. No me equivoqué, emitir el video en horario de máxima audiencia me costó el puesto. Más me echo en cara que era algo que le debía haber consultado. Mi única consulta era con el Director General de la cadena.

A pesar de la bronca interna lo volví a emitir dentro de un programa informativo de debate. Enfundado en su pijama azul, Ramón Sampedro miraba fijo y tranquilo a cámara y contaba que, a su lado, tenía un vaso de agua y cianuro. “Cuando lo beba -decía-, habré renunciado a la más humillante de las esclavitudes: ser una cabeza viva, pegada a un cuerpo muerto”. Se dirige a “jueces, autoridades políticas y religiosas” para preguntarles qué significan para ellos la libertad, “para mí, la libertad no es esto… Esto no es vivir dignamente”. Con un leve giro a su izquierda, Sampedro absorbe el líquido hace un gesto de satisfacción  convertido primero en malestar y luego en una larga agonía, la larga agonía del veneno.

Tengo una copia del video. No he vuelto a verlo. Lo único que he vuelto a ver es su nicho en el cementerio de la Iglesia de Santa Mariña de Xuño en el que sólo aparece la fecha de su muerte (12-1-1998) y una inscripción: “una cabeza viva, pegada a un cuerpo muerto”. Y su busto en la playa de As Furnas en Xuño, Porto do Son, que reproduce la misma cara, ojos muy abiertos, del vídeo.