El final del Marianismo  y… ¿el comienzo de lo mismo?

Este lunes en un Hotel de Madrid nada pretencioso, aunque en la publicidad aparece como sofisticado, ha comenzado una nueva etapa, una etapa decisiva, en el principal partido de la derecha española. Un partido que han dirigido, desde el inicio de la transición, Manuel Fraga, que nombró a dedo a su sucesor José María Aznar y, Mariano Rajoy Brey, nombrado igualmente a dedo por Aznar y, desplazado del poder abruptamente, por el líder socialista Pedro Sánchez, con una inesperada moción de censura el pasado 1 de junio, al negarse repetidamente a dimitir que es lo que le pedía la mayoría de la militancia y de los ciudadanos, según encuestas hechas públicas horas antes de la reunión de la Junta Directiva reunida este Lunes para convocar el Congreso Extraordinario de la Sucesión.

Una sucesión que, en principio, no será traumática por la propia mecánica de la elección, una mecánica que no tiene nada que ver con la que tienen otros partidos y que es enrevesada por sí misma, y por el interés del actual aparato del partido de que haya un solo candidato, en la creencia de que el partido sufriría con una lucha interna de varios contendientes. A estas alturas, las candidaturas de las que se hablan serían la del presidente gallego Nuñez  Feijóo, la de la exvicepresidenta Soraya Sáenz de Santamaría y la de la actual secretaria general del partido, Maria Dolores de Cospedal.

En su intervención para anunciar que el Congreso se celebrará el 20 y el 21 de Julio, Mariano Rajoy, todavía afectado por su salida del poder, e incapaz de explicar por qué no disolvió cuando, el mismo día que comienza la censura ya sabe, por comunicación del PNV, que habían decidido apoyar la propuesta de Sánchez, el expresidente ha insistido en que él no pensaba intervenir en el proceso sucesorio, porque no tenía heredero, es decir que no hay Marianismo.

“Ni quiero ni voy a designar a nadie -aclaraba en twitter- no  tengo sucesor, ni delfines  Debe ser una libre elección del partido que voy a respetar en todo momento. Es lo más justo. Estoy seguro de que todos estaremos a la altura de la situación, y primará siempre el interés del partido”.

Fue en ese momento cuando Cospedal, tras leer el tuit, dirigió su mirada hacia quien se considera su legítima heredera:  Soraya Sáenz Santamaría, la vicepresidenta que fue enviada a Berlín a recibir el visto bueno de la canciller Merkel cuando estalla el escándalo de  Bárcenas y los SMS, están a punto de provocar la dimisión presidencial. Es ella la que le dice que aguante, porque ella… necesita tiempo. Y, ha sido ella la que, con una paciencia infinita, ha ido elaborando su propia candidatura, manejando la prensa de la que ha conseguido una adhesión incondicional (empezando por el diario El País al que salvó de la quiebra) que probablemente tendrá que retirar para que un solo candidato, el presidente gallego Alberto Núñez Feijóo, se alce con el santo y la limosna.

La forma de elección es complicada y casi diabólica. Los militantes votarán en un mismo día en dos urnas: para elegir Presidente y para determinar los compromisarios al Congreso. Los precandidatos que superen el 10% de los votos emitidos pasan a ser candidatos y entre ellos serán los compromisarios en un congreso los que elijan al líder definitivo. Si un candidato consigue más del 50% de los votos de la militancia en al menos la mitad de las 60 circunscripciones y logra una diferencia de al menos 15 puntos sobre el siguiente será automáticamente el presidente del partido (al margen de lo que opinen los compromisarios en el congreso). Si hay dos o más candidaturas, la Comisión Organizadora proclamará a los presentados en el plazo máximo de una semana y la campaña electoral interna tendrá un plazo de 21 días. Serán proclamados candidatos aquellos que tengan el apoyo al menos del 20% de los compromisarios.

Un proceso que aunque en su elaboración no ha tenido nada que ver Mariano Rajoy, es esencialmente,  marianista. Sin que eso signifique el final del Marianismo y… el comienzo de lo mismo… como muchos temen.