Artur Mas, Marta Rovira y Anna Gabriel y, el  “sálvese como pueda”

Esta mañana de Martes, mientras el expresidente de la Generalitat, Artur Mas, se preparaba para entrar en la Sala Segunda del Tribunal Supremo para prestar declaración ante el magistrado Pablo Llarena, que investiga a una treintena de personas relacionadas con delitos de rebelión y sedición, tras el Referéndum de independencia del 1 de Octubre y la Declaración Unilateral de  Independencia, (DUI), la exdiputada de la CUP, Anna Gabriel, hablaba para la Radio Televisión suiza anunciando, desde Ginebra, que pedirá asilo político en el país y que si la Justicia española pidiese su extradición  alegaría “persecución política” ya que no tiene garantías de que en España pueda tener un juicio justo porque ya está condenada de antemano.

La exdiputada de la CUP, uno de los personajes más representativos del partido anti sistema, fue quien más luchó para desalojar a Artur Mas de la Presidencia de la Generalitat para colocar a Carles Puigdemont en su lugar, y ahora resultaba que el defenestrado Mas volvía a comparecer ante la Justicia, intentando convencer al juez Llarena de que no hubo formalmente Declaración de Independencia, que todo fue simbólico, y que toda las reuniones conspiratorias para preparar el Referéndum y la DUI, fueron reuniones normales para hablar de política.

A 1.300 Kilómetros de allí, una Anna Gabriel con un nuevo look, un nuevo peinado, y nada de dobles camisetas, sino con un confortable jersey de lana, demostraba su coherencia política y su arrojo patriótico, huyendo, como Puigdemont, con la excusa de que había que “internacionalizar” el “proceso”, algo en lo que llevan años, sin el menor éxito. En ese capítulo  de comedia bufa  de  “sálvese como pueda”,  en que se está desenvolviendo la disparatada historia catalana cada uno (y, por supuesto, cada una) hace lo que puede. Y ahí está la combativa Marta Rovira, secretaria general de Esquerra, diciéndole al juez que todo era simbólico, que ella intentó convencer el mismo 1 de Octubre, a la vista de la violencia, que suspendiera el Referéndum a lo que se negó el fugado de Bruselas o, intentando,  igualmente, convencer al entonces Presidente de la Generalitat, de que no siguiese adelante, y que disolviese el Parlamento, cuando justamente hacía lo contrario: sacar a la gente a la calle gritando que Puigdemont era un traidor, para no dejarle ninguna salida. Un poco más y Llarena pide,  para ella, la Cruz de Isabel la Católica.

La dura realidad es que Mas tiene embargadas todas sus casas por orden del Tribunal de Cuentas  (a él no le ha afectado la generosidad de los catalanes para ayudarle económicamente),  por el primer Referéndum ilegal del 9 de Noviembre de 2014, que ahora está siendo investigado por rebelión y sedición, y que su odiada Anna Gabriel, la causante de su caída, se encuentra en el paraíso de las grandes fortunas,  sin que en ningún momento, hubiese la mínima sospecha de que este Martes, en que tenía que declarar en el Supremo,  y a la vista de cómo han transcurrido otras comparecencias,  pudiese entrar en prisión.  A menos que tuviese más responsabilidades de las que aparecen en los papeles ocupados al animero dos de Oriol Junqueras, por la Guardia Civil y en las conversaciones telefónicas pinchadas por orden judicial y,  las desconozca, por el momento, la Guardia Civil y el juez Pablo Llarena.

El último capítulo de este Martes se cierra sin que el Parlamento se haya atrevido a cambiar la Ley de Presidencia para permitir la investidura a distancia de Puigdemont, y con la noticia de que a finales de este mes, se producirá la investidura simbólica de Puigdemont en Bruselas, y la designación del número dos de la lista de JXCatalunya, Jordi Sánchez,  como candidato, algo que no servirá de nada porque sigue en prisión y puede ser inhabilitado dentro de unos meses. Y, de ahí… a volver a empezar… y que se siga salvando quien pueda.