Cataluña: el gran ridículo de un Presidente inseguro e inestable

Hace un mes este cronista recordaba a Josep Tarradellas, el presidente de la Generalitat en el exilio al cumplirse el cuarenta aniversario de su regreso del exilio y su conquista de Barcelona y de los catalanes con  aquella frase “Ya Soc Aquí”. En pleno enfrentamiento entre independentistas y con una sociedad profundamente dividida  (ver republica.com “Señor Puigdemont: en política se puede hacer todo menos el ridículo”), este cronista recordaba aquella frase que presidió toda su vida política, una vida política ejemplar y que tuvo la generosidad de dedicarla al final de sus años a la reconciliación entre los españoles y los catalanes, y por encima de todo, a la restauración de la democracia.

Un mes después, esa frase quedará consagrada en la historia de la política de Cataluña, como aquella otra en la que Tarradellas decía sobre Jordi Pujol que había conseguido instalar una dictadura blanda, como demostración de que todo es posible en Cataluña, incluso el ridículo. Sobre todo, si ese ridículo se hace varios días seguidos, en distintos momentos del día, incluida la noche y la madrugada y, si esos  cambios de opinión, cada vez que hablaba con una persona distinta. Y todo lo contrario a Tarradellas que siempre tuvo en cuenta que, en efecto, en política se puede hacer todo, menos el ridículo.

Eso lo aplicó hasta el final de su vida, una vida que tuve el privilegio que me la contase durante días y días de conversación durante sus pactos con Suárez y, después, cuando decidió retirarse definitivamente de la política y comprobó que quien pretendía ser el padre de la Patria Catalana, Jordi Pujol i Solei, identificaba su persona con Cataluña. “La gente se olvida de que en Cataluña gobierna la derecha; que hay una “dictadura blanda” muy peligrosa, que no fusila, que no mata, pero que dejará un lastre muy fuerte”.

Y el lastre que dejó es aterrador: el mayor latrocinio de la historia de Cataluña (“España nos roba”) en el que ha participado él, padre de la Patria Catalana, y toda su familia; y un enfrentamiento entre catalanes, y entre catalanes y españoles. Y es que, es verdad que en política se puede hacer todo, menos el ridículo. Y el ridículo es celebrar una parodia de referéndum, con papeletas traídas de casa y previamente impresas por internet; sin la existencia de un censo mínimamente creíble; sin ningún tipo de control por parte de los que se oponen a esa consulta; sin Junta Electoral, que es la que tiene que proclamar los resultados, porque todos han dimitido ante el Tribunal Constitucional para evitar que pueden ser multados, invocando un derecho de autodeterminación como si Cataluña fuese una colonia que tiene que independizarse de la metrópoli; y sin que la consulta tenga los mínimos requisitos que establece las disposiciones de la Comisión de Venecia del Consejo de Europa.

Todo un disparate que ha durado meses y que ha tenido el final más ridículo posible en las últimas cuarenta y ocho horas, con reuniones maratonianas hasta altas de la madrugada, dimisiones, acusaciones de fraude y traición y cambios de opinión en varias ocasiones, dependiendo de quién se entrevistaba con un Presidente agobiado,  cansado y sobrepasado por los acontecimientos. Dicen de Puigdemont, los que le conocen, que es un independentista que nunca ha dudado, simpatizante de los antisistema, que son los que le han manejado durante todo su mandato y, además, inestable, débil de carácter e indeciso. Si a eso se añade las presiones a las que ha estado sometido durante todo su mandato, especialmente desde el Referéndum del 1 de Octubre y el horror que le ha producido la huida de miles de empresas de Cataluña, se comprende que ha entrado en crisis y que no se encuentra en condiciones de ejercer el poder con equilibrio.

Lo demuestran sus continuos cambios de opinión. Su decisión de declaración unilateral de independencia, su cambio posterior de opinión anunciando unas elecciones autonómicas y la renuncia a cualquier declaración de independencia, la convocatoria posterior para anunciar cómo se iban a producir los acontecimientos, el cambio de hora, primero a la una y media, después a las dos y media, y al final a las cinco de la tarde para terminar anunciando que no había condiciones para convocar unas elecciones autonómicas, y que no había recibido garantías sobre la aplicación del artículo 155. Una aplicación que según fuentes bien informadas iba a ser una aplicación blanda pero que llevaba consigo el desarrollo normal de todos los procedimientos judiciales pendientes, entre ellos el que se ha abierto contra los Jordis, por sedición.

Si Tarradellas levantara la cabeza hubiera comprobado que sí, que  en política se puede hacer el ridículo en unas proporciones gigantescas. Que todo un Presidente de la Generalitat pueda esconderse en su despacho, después de anunciar que no habría declaración de independencia y convocatoria de elecciones autonómicas, mientras en la puerta del Palau de la Generalitat le gritan sinvergüenza, traidor y “hasta Cambó”, es patético. Pero más patético y ridículo es salir andando a la calle, algo que nunca hace, después de rectificar anunciar la convocatoria de elecciones y propiciar la independencia y recibir las vivas, las ovaciones y los abrazos de los mismos que le habían insultado antes.