El Camarón que yo conocí

En la mañana del 2 de julio de 1992 murió de una embolia pulmonar, ultimo episodio de un cáncer de pulmón, José Monge, Camarón. Este es el resumen del prólogo que escribí al primer libro que salió a la calle de Enrique Montiel que  lleva por título ‘Camarón, vida y muerte del cante’ (Ediciones B, 1993):

Yo no quise ver como enterraban José Monge. Ni quise verle ni quise bajar a la Isla (los gaditanos cuando volvemos al sur decimos que bajamos como si bajásemos al moro) para evitar el espectáculo de dolor colectivo, para huir de ciertas manipulaciones y para no contribuir a la ceremonia de la confusión. Yo ya intuía las peleas, las rencillas, los rencores y las envidias que iba a surgir después de la muerte de José, una muerte esperada, escrita y anunciada. Y preferí quedarme en Madrid, desde donde seguí, casi al minuto, el recorrido desde la Iglesia del Carmen hasta el cementerio dónde, además, reposan los restos de mis padres, de mis tíos y de mis abuelos.

Desde la Venta de Vargas, dónde empezó a cantar Camarón, María Picardo, Joselito, el Lolo y Enrique Montiel, me fueron informando puntualmente de que el féretro, como si fuera el de Jomeini, ya había pasado por la Alameda e iba por el Ayuntamiento, que aquello era mucho más que el entierro del general Varela, isleño, padre de Casilda y suegro de Paco de Lucia, y que el pueblo se encontraba paralizado. “Pepe- me decía Joselito- hay gitanos de toda España y han venido hasta de Francia. Han dormido toda la noche en la calle, en los bancos de la plaza del Rey, en tiendas de campaña. He tenido que cerrar la Venta porque quieren llevarse todo como recuerdo. Lo único que quieren son reliquias”.

La  Isla, el sábado 4 de julio de 1992 parecía Teherán el día que enterraran a Gomina y, como en Teherán, fueron muchos los que en la Isla quisieron abrir la caja para ver a José muerto. No se lo creían no podía creer que José hubiese muerto,  aunque se sabía que estaba muy “malito”, que comía muy “poquito” y que esa mirada ardiente tan característica en su impresionante figura se iba apagando, consumiendo.

Camarón, paisano mío de la Isla al lado mismo de Cádiz, el hombre que revoluciono el flamenco desde la pureza más absoluta era tan tímido, tan reservado y se valoraba a si mismo con tanta modestia que, probablemente, se hubiese asustado si alguien le hubiera dicho que iba a salir a la calle un libro sobre él, hecho con mimo y sabiduría por Enrique Montiel. Con toda seguridad, hubiese rechazado todos los homenajes que desde su muerte le vienen haciendo, y, nervioso, hubiera movido sus labradas manos con cierta angustia y hubiera preguntado por qué tanto movimiento, tanto acto de recuerdo, por qué tanto jaleo si, al fin y al cabo “yo lo único que hago y he hecho en mi vida es cantar porque es lo único que sé hacer…”.

Por eso, José no hubiera entendido ningún homenaje, como en el fondo no entendía que los gitanos le llevasen a sus hijos para que espantase la enfermedad cuando estaban “malitos”, que los mas aficionados se levantasen por respeto cuando él entraba por la puerta o que incluso muchos le venerasen como si fuese el santo de una nueva religión. Hoy se hubiese descompuesto al saber que su timbra en la Isla, cerca de la mis padres, siempre está llena de claveles rojos y que la Venta de Vargas de María Picardo se haya convertido en el santuario dónde muchos  gitanos van a rezar y a besar las paredes, las sillas, las fotos y hasta el suelo que él pisó  ,

“Yo nunca pensé que mi hermano era tan grande”, me confesó mientras me abrazaba su hermano Manuel al día siguiente del entierro cuando bajé a la Isla para darles el pésame a su mujer Chispa, a su familia y a todos los de la Venta , al Lolo, a Joselito, a María … Esa grandeza que Manuel nunca entendió, sólo la intuyó días más tarde, cuando subió a Madrid para el funeral que se le organizó a José y le presenté en el restaurante “Casa Lucio” a Julio Iglesias.

Julio, cuando supo que yo estaba cenando se acercó a mi mesa  y cuando le presenté al hermano de Camarón, estuvo a punto  de arrodillarse ante Manuel. Emocionado le dijo. “Fue el más grande, fue un Rey. Por eso deja que te abrace y  hasta me arrodille ante ti…”. A Manuel, sobrio y callado, casi se le saltaron las lagrimas y volvió a repetir lo mismo: ”Pepe, yo no sabía que mi hermano era tan grande…”. José Monge Cruz, Camarón, era tan grande que tuvo que pasar algún tiempo para valorar su arte, su aportación al flamenco, su contribución a la música y su esfuerzo por popularizar un arte que durante siglos estuvo reducido al mundo de la marginalidad.

A quien enterramos en la Isla fue al mito, a la leyenda, a quien muchos gitanos atribuían el poder curar a sus “chiquillos malitos” , al dios que muchos adoraban sin conocerlo, al rey que nunca quiso serlo y cuya fama había traspasado fronteras y mares. Enterramos la leyenda y quedó su obra, su apasionada vida a la búsqueda de nuevas formas de expresión, su trayectoria musical, su lenguaje, su voz, su quejido… Una obra profundamente ligada a Paco de Lucía, el que le enseño a oír a Mozart o a Stravinski y a conseguir esas falsetas de bulerías que, luego, en complicada y labrada variaciones, se convertían en una nueva forma de flamenco

Era tan grande José, que como persona resulto ser un perfecto desconocido y su vida, llena de misterios para unos y de tragedia para otros, fue una verdadera incógnita pues aparecía y desaparecía, se encerraba y huía. El Camarón que yo conocí en la Venta de Vargas no tenia nada que ver con la leyenda que se había construido a su alrededor, con el mito que se había fraguado en torno a su figura. Para mí, eso siempre había sido un misterio que se agudizaba con el conocimiento de un personaje callado, tímido, taciturno que, de cuando en cuando, decía frases geniales y que tenía un corazón de oro macizo.