“Patria”: un retrato de Euskadi emocionante del miedo y del terror

Lo han dicho muchos, pero es verdad. Cuando terminas de leer la novela de Fernando Aramburu (San Sebastian1959) “Patria” (Tusquet), más de 600 páginas, el fenómeno literario de los últimos meses (120.000 ejemplares en doce ediciones, desde el pasado mes de Septiembre) quedas tocado, sin comprender tanta crueldad, tanto odio, tanto miedo, tanta cobardía. Quedas tocado por tanta miseria moral, por tanta bajeza, pero quieres seguir leyendo, quieres más datos, más historia para comprender qué sucedió en Euskadi cuando ETA inoculó el miedo y el chantaje, entre gentes que siempre convivió en paz y que sufrió durante décadas el terror, y sobre todo, y es lo más grave, las consecuencias psicológicas, y morales, de ese terror.

Aramburu, un escritor guipuzcoano que jamás pensó que su novela pudiera producir el efecto catártico que ha producido en el País Vasco y en el resto de España, ha sido el primer sorprendido de su propio éxito, del éxito de una obra de ficción fundamental para comprender lo que ha pasado en Euskadi con ETA .Y no sólo lo que ha pasado, sino lo que es más importante, el efecto en una forma de actuar que ha producido en su población, en los pequeños pueblos en esa convivencia diaria entre vecinos que se conocen todos, y a la que la organización armada ha querido llevar a una situación de violencia soterrada, dominada por los silencios que produce el miedo, la amenaza oculta, la acusación que un día aparece como pintada en las paredes, y que se extiende como la pólvora, hasta que llega el asesinato por la espalda.

Sorprende que mientras todas las informaciones sobre ETA han producido un hartazgo en la opinión pública, que una novela como “Patria“, se haya convertido en una obra que explica, mejor que cualquier ensayo o trabajo histórico, todo el dolor de una sociedad que ha vivido y convivido con la muerte y con el chantaje desde el nacimiento de una ETA que, por fin, se ha dado cuenta de que ese camino conducía a la Mafia y no a la liberación Nacional. Pero en el camino ha dejado un dolor entre las víctimas, sus familias y su entorno, difícil de olvidar.

La novela, efectivamente, habla de ETA y de su mundo, utilizando a dos familias, que viven en el mismo pueblo y unidas por una gran amistad. Una de ellas con un padre y marido asesinado por la banda armada el Txato, y la otra con un hijo, de Mirem, amiga íntima de la mujer del Txato, en la cárcel por su vinculación con ETA y que fue el asesino de ese Txato que no pudo pagar el impuesto revolucionario y fue condenado a muerte. La trama, brillante, bien contada literariamente, con una gran honestidad, se desarrolla como si fuera un guión enriquecido de una película que aunque sea ficción, todos saben que puede ser perfectamente real, tan real que estás a punto de llorar, porque ves el inevitable desenlace y cómo se va deteriorando una amistad de años por la cerrazón, el miedo y las consecuencias de lo que llaman “el conflicto”. Se trata de la novela de las víctimas, por las que siempre ha luchado Aramburu, y resume perfectamente a través de la historia de esas dos familias más de 30 años de convivencia en el País Vasco entre víctimas y verdugos. El punto de partida de esta novela es el alto el fuego decretado por ETA, aunque el libro viaja hacia delante y hacia atrás para dar voz a personajes que, o bien pretenden olvidar su pasado, o bien buscan una redención.

En ese ir adelante y atrás y distribuido en 125 capítulos que parecen cuentos, se reflejan, de pasada, todos los acontecimientos de esos más de cuarenta años de terror, con los papeles que desempeñan los distintos partidos políticos, especialmente el PNV, la Iglesia Católica y un cura muy representativo de todo un sector eclesiástico que justifica las acciones de la banda. Y, cómo no, se refleja el atentado de Hipercor, el Gal, los casos de Laza y Zabala, o el asesinato de Gregorio Ordoñez.

Cuenta Aramburu, que verá convertida su novela en una serie de televisión para la que ya se han adquirido los correspondientes derechos, que como escritor ha querido dar una imagen global de la sociedad vasca y que aunque su comprensión está con las víctimas, también ha retratado a los victimarios con toda su densidad y contradicciones. “Uno de los etarras escribe a la mujer del Txato, víctima de la violencia para decirle: “Yo no entré en ETA para ser malo”. Y yo no he escrito ‘Patria’ para juzgar a nadie. No opero con personajes que son meros recipientes de ideas. Quiero entender por qué un muchacho que nace puro e inocente, se educa y crece en un entorno social determinado, poco a poco junto con otros de su edad entra en una organización armada y comete ciertos actos. Eso es también obligación mía. Colgarle el sambenito e influir en el lector orientándole ideológicamente”.

Lo que es evidente que ese retrato del miedo y el terror, remueve con fuerza las conciencias y conmueve, hasta el llanto.