Donald Trump, o la forma de gobernar una “falocracia”

Este sábado, mientras seguía las marchas de mujeres contra Donald Trump, por la CNN (cadena tan querida por el nuevo Presidente norteamericano que se niega a darle la palabra a sus periodistas en las ruedas de prensa), vi que en la bandeja de entrada de mi ordenador, me había llegado un nuevo “perrito caliente”, esta vez, desde su caserío de Mauri, de un querido amigo que su placer es la lectura y el envío de correos con intención (en forma de píldoras que él llama perritos calientes o rollitos de primavera) en los que siempre acierta, porque abordan la actualidad más caliente e inmediata. Decía mi amigo, desde el sosiego de su caserío vasco, que si el 9 de mayo de 1831, cuando Alexis de Tocqueville arribó a Newport (Rhode Island), se hubiera encontrado con Donald Trump de presidente de los E.E.U.U, hubiera escrito “La falocracia en América” en vez de “La democracia en América”.

“En carta a su amigo John Stuart Mill, dirigida a château de Baugy, quizás le hubiera dicho que América puede tener un Presidente machista, pero nunca a un fascista. Los contrapoderes y el pueblo lo impedirían y, por otra parte, la vuelta al proteccionismo sería como el regreso a la peluca del XVIII, lo más barroco del barroco, que recuerda a otro aspecto mezquino de la época: La suciedad general”. Después de leer el mensaje desde Mauri, comprendí que mi amigo había dado en el clavo, y que en ese momento, cientos de miles de mujeres se estaban manifestando por las calles de los Estados Unidos contra un Presidente machista que se ha granjeado, por muchas de sus declaraciones y casos de abusos sexuales, algunos de ellos pendientes en los Tribunales, la oposición e incluso, el odio de millones de mujeres.

Y no solamente en Estados Unidos, sino en más de 600 ciudades de todo el mundo, con especial incidencia en Europa. Sólo en las ciudades norteamericanas, según cálculos de un estudio realizado por profesores de la Universidad de Connecticut, habían participado entre 3,3 y 4,2 millones de mujeres. Y se manifestaban precisamente contra la “falocracia”, contra ese machismo provocativo de un personaje que tiene gran facilidad para insultar a todos los que no coinciden con él, con sólo 140 caracteres. Y que además, su especialidad es ganarse enemigos, sean mujereras, miembros de otros partidos, e incluso de su propio partido, que, todavía, no han digerido el discurso de toma de posesión. Un discurso que en las propias filas republicanas ha producido miedo, porque están ante un personaje incontrolable que ha dividido al país en dos mitades, por ahora irreconciliables, y que no está dispuesto a cambiar ni, por supuesto, a dejarse cambiar. Hasta el propio Papa Francisco, que con generosidad ha dicho que hay que dejarle tiempo para ver como transcurre su mandato, ha manifestado su alarma con una frase que le ha dicho al periódico El País en una entrevista en exclusiva: “El peligro es que en tiempos de crisis busquemos un salvador”. Y eso, precisamente, es lo que ha intentado el electorado americano eligiéndole.

Desde su toma de posesión, hace escasas cuarenta y ocho horas, ha vuelto al insulto y a la descalificación y en ningún momento ha hecho una llamada a la unidad como han hecho en su toma de posesión todos los Presidentes de los Estados Unidos. Los últimos insultados han sido los periodistas a los que odia y a los que ha llamado “deshonestos”, durante una visita a la sede central de la CIA en Langley, a la que también había insultado, previamente, en varias ocasiones, comparándola con lo que se hacía en la Alemania nazi. En lo que era su primera comparecencia pública y en un intento de reconciliarse con la central de inteligencia norteamericana a la que tanto ha atacado, decía que estaba con ellos un mil por cien, pero que ahora estaba “embarcado en una guerra contra los medios. Están entre los seres humanos más deshonestos de la tierra”.

Pero no solo está embarcado contra los medios, sino contra todos, empezando por su antecesor cuya obra ha empezado a demoler poniendo en marcha la destrucción del ObamaCare, sin tener lista ninguna alternativa para más de veinte millones de norteamericanos que han accedido a los seguros de enfermedad y, terminando por quienes se atrevan a enfrentarse con ese sistema económico proteccionista que quiere imponer, y que provocará una guerra comercial en todo el mundo, especialmente en Europa, una de sus obsesiones, desde el punto de vista económico y militar. Su discurso es un discurso populista, nacionalista y contra lo que él llama la casta política, esa oligarquía, esa clase de Washington que se ha llevado los beneficios, mientras que “el pueblo ha cargado con los costes”.

Donald Trump, se considera pueblo y parece no tener nada que ver con esa oligarquía a la que se refiere, a pesar que ha llenado su gobierno con gente rica, y privilegiada. De acuerdo con el más reciente inventario, están entre sus ministros cinco billonarios y seis multimillonario. Eso es lo que se conoce en todo el mundo como oligarquía: el control directo del Estado por personas dotadas de significativo poder económico privado. Por el hecho de los republicanos controlar ambas casas del Congreso, y de que harán muchas indicaciones para la Judicatura, no habrá́ restricción alguna, en la práctica, sobre el Ejecutivo. Es verdad que la reacción inicial a un gobierno de ese tipo incluye la esperanza de que tal vez personas ricas sean buenas para crear empleos. El razonamiento es que ellas consiguieron enriquecerse, por lo tanto, tal vez consigan hacer lo mismo para los demás. Habrá que esperar, aunque no deja de ser una auténtica utopía, porque el que tiene lo que quiera es tener más y más.