Francia: entre los valores de la República y la guerra abierta

Por segundo día consecutivo aviones franceses han bombardeado Racca, la capital del Estado Islámico (Daes) para destruir, según un comunicado del Ministerio de Defensa un centro de entrenamiento de terroristas y otro operativo, mientras vuelve poco a poco la tranquilidad al país, y continúan las detenciones y registros, de acuerdo con la Ley de Emergencia que se ha prolongado tres meses, entre otras razones para poder celebrar la Conferencia Mundial de Medio Ambiente a la que asistirán más de un centenar de Jefes de Estado y de Gobierno, dentro de dos semanas.

Este martes la opinión pública está empezando a asimilar que, efectivamente, el país está en guerra, que el Presidente de la República ha pedido la aplicación del Tratado de la Unión Europea, de ayuda a Francia como país atacado y que necesita de asistencia, que se está preparando una reunión del Consejo de Seguridad de la ONU para la aprobación de una resolución que permita una intervención en Siria a mayor nivel, que a esa intervención se sumen otros países y que se celebrarán reuniones de Hollande con el presidente norteamericano Barack Obama y con el ruso Putin, el único aliado que le queda a Bachar El Assad. En este sentido la gran novedad que no deja de ser un éxito de Francia es que Rusia se puesto de acuerdo con los bombardeos al Estado Islámico, con las fuerzas aéreas francesas y que el mando ruso ha dado orden a sus fuerzas destacadas en la zona de que colaboren con el portaviones Charles de Gaulle, que se acercará al lugar del conflicto, para triplicar la capacidad de su fuerza aérea.

El diario Le Monde recuerda que Francia lucha en varios frentes. Interviene en África subsahariana, donde junto a otros, trata de impedir que un inmenso espacio desértico caiga en manos de redes criminales. Sin lugar a dudas, salvó Bamako, la capital de Mali, de una embestida islamista a principios de 2013. Sin la intervención de la aviación francesa, la ciudad habría podido convertirse en lo que Kabul, la capital afgana, fue para Al-Qaeda hasta 2001: un apoyo logístico clave para operaciones terroristas por el mundo. Las autoridades francesas están en guerra contra el islamismo armado porque éste ha designado nominalmente a Francia como uno de sus objetivos. Hay que estar ciego o sordo para no leer y escuchar el discurso del Estado Islámico, de Al Qaeda y de otros movimientos islamistas: son llamamientos para llevar la “guerra santa” a Europa, para matar a los “infieles”, a los “judíos” a los “cruzados”. Y, también, en este caso, a la población civil de forma discriminada.

Quizás lo más sorprendente de la actual situación, de los llamamientos a la guerra que han hecho tanto Hollande como su primer ministro Valls es la falta de oposición a esas llamadas y una rara unanimidad y apoyo a las medidas del Gobierno. Lo máximo algunas critica, caso del conservador Le Figaro que duda de la capacidad de la izquierda para llevar a cabo las medidas que hacen falta, entre ellas un control de la migración entre los que vienen, “los que sueñan con perpetrar crímenes en nombre del gran califato” “¿Puede la izquierda aprobar estas realidades? Nadie se atreverá a pretender que la mayoría socialista es la idónea para dirigir este gran combate contra el Estado Islámico. El Presidente de la Republica deberá recrudecerla. Y, si es posible, sin piedad”.

“Los yihadistas no acabarán con nuestros valores ni lo que hace que una nación tenga alma y en especial Francia que encarna todo lo que rechazan: la libertad, la razón, la cultura, el gusto de los debates interminables, esa capacidad que tenemos de reírnos de Dios, y de burlarnos de nuestras iglesias en nuestra República. Pero para preservar esos valores y esa identidad va a ser preciso luchar”. Este es uno de los párrafos del Editorial de Les Echos que lleva por título “Hacer la guerra”. Esta guerra, señala el periódico, nosotros no la hemos querido. Es Daes quien nos ha designado como su enemigo y nos ha arrastrado hacia ella. El islamismo radical es un totalitarismo que tenemos que combatir como antaño lo hicimos con el fascismo. Hacer la guerra supone saber quién es el enemigo. Todos sabemos que es una de las más grandes dificultades de este conflicto asimétrico en el que estamos involucrados. Los bárbaros no solamente están en nuestro país sino que son de aquí, muchos son franceses, han sido adoctrinados por imames radicales.

“El islamismo es una gangrena que se desarrolla gracias a redes cada vez mejor organizadas y subvencionadas por el dinero del tráfico de humanos y de la droga. Estos bárbaros se han armado en Francia se han convertido en soldados del Estado Islámico en nuestros barrios, es aquí donde sus pobres cerebros han acumulado imágenes que han alimentado sus delirios de destrucción. Su objetivo es “libanizar” la nación francesa para destruir lo que somos. Se puede hacer más. Reforzar las investigaciones, cruzar sistemáticamente las bases de datos de los sospechosos, cerrar las decenas de mezquitas radicales, neutralizar a los predicadores lo más extremistas son hoy las prioridades absolutas. Podemos ir mucho más allá en la luchar sin poner en tela de juicio nuestros valores”.