Ganaron Rivera e Iglesias (más Rivera) y perdieron Rajoy y Sánchez

Que un programa político como el que emitió en la noche del domingo la Sexta, el “Salvados” de Jordi Évole, que estrenaba temporada, haya alcanzado un share del 25, 2% (5,2 millones de espectadores, el doble que el debate sobre Gran Hermano de Tele 5), es todo un éxito informativo. Que ese programa político sea un debate entre los dos líderes de dos partidos emergentes, que tienen muchas posibilidades de terminar con el bipartidismo del país, que dura casi cuarenta años, es toda una novedad. Que, además, sea el primer “cara a cara” que se celebra en una televisión, entre el líder de Podemos, Pablo Iglesias, y el de Ciudadanos, Albert Rivera, es todo un acontecimiento político que debería marcar, a partir de ahora, lo que deben ser los debates políticos, de cara a las decisivas elecciones generales del próximo 20 de diciembre.

En esta ocasión, no ha sido necesario fijar la altura de las sillas (aunque los dos son prácticamente de la misma altura, uno más fornido con pinta de cuidarse en el gimnasio, y el otro más fibroso con pintas de jugar al fútbol), ni la situación de la mesa, ni la relación de temas, ni el minutaje de cada respuesta y contra respuesta, ni la fijación de los tiros de cámara, ni la forma de iluminación, ni las pausas medidas, ni la forma en que tenían que intervenir los tres asesores de cada candidato (tres mujeres por parte de Iglesias, dos hombres y una mujer por parte de Rivera) ni siquiera el papel del moderador, lo más espontáneo e improvisado posible. Eso sí, dentro del guión, en un bar de la periferia de Barcelona, delante de tres cafés con leche en vaso, una mesa desvencijada y unas sillas que hubieran sido rechazadas en cualquier plató televisivo.

Es verdad que no estábamos ante un auténtico debate, sino ante un programa de Televisión. Un programa de Televisión editado, cuidado al máximo, y presentado de la forma más atractiva posible, una marca muy propia de Évole y de su programa “Salvados”. Pero, salvadas estas circunstancias, también es verdad que el pasado domingo nos enfrentamos con un auténtico espectáculo televisivo y político en el que dos nuevos dirigentes que no se conocían, que a veces se habían cruzado alguna que otra acusación (uno ha sido presentado como el candidato del Ibex, el otro como un servidor del régimen venezolano) y que han sido capaces de mantener un diálogo civilizado, educado, donde ha predominado el buen rollo, el buen estilo y el respeto mutuo.

Uno, Pablo Iglesias, más frío, más huraño, más contenido, más influenciado, quizás, por las últimas encuestas que tienen preocupados a todos los dirigentes de Podemos, que saben que están perdiendo empatía con sus votantes históricos, los indignados del 15-M y los que aún militan en esos círculos que están siendo utilizados solamente como máquinas electorales, que tienen que pulir esa imagen de radicalismo para llegar a ese ideal de una España a la danesa, el último descubrimiento de modelo económico y de país, que tiene muy poco que ver con ese populismo venezolano del que siempre se han sentido tan orgullosos.

El otro, Albert Rivera, con más inteligencia emocional, más expansivo y muy eufórico (quizás con demasiadas ganas de balón que le hizo interrumpir el debate en muchas ocasiones, ante la paciencia de su contrincante) y crecido por su triunfo en las elecciones catalanas del 27 de septiembre y por su posición en todas las encuestas. A pesar de los momentos comprometidos y sabiendo que sus respuestas no iban a ser del agrado de muchos televidentes, defendió milimétricamente los principios de su partido, sin ningún tipo de concesión, sabiendo que las propuestas de su adversario político, por su idealismo, tenía, con seguridad, un mayor atractivo y enganche.

Fueron seis asaltos centrados en el paro, en la inmigración, en el poder económico y en los Bancos, en Cataluña y en la corrupción y quedó fuera (se trataba solo de una hora de debate) la educación, el medio ambiente, la sanidad, la dependencia, Europa, la cultura, las infraestructuras (AVE) y la Investigación I+D+i, así como la Reforma Constitucional. Más concreto, más realista, con más sentido común, Rivera, sin duda, fue el ganador del debate. Más idealista, más correoso, más hábil en la forma de responder, Iglesias parecía estar más atento a los suyos, cuando muchos piensan que les ha abandonado, y sin mucho interés en profundizar en el debate.

Seguir el debate por la televisión y simultáneamente por twitter te daba el pulso de lo que estaba ocurriendo en los dos partidos emergentes y en sus cuarteles generales. Por lo menos en esta ocasión, el nivel de los insultos, y de las descalificaciones quedó reducido al mínimo, hasta el punto que hubo alguien que pidió que se besaran. Coincidieron en tanto que parecían formar parte de un mismo gobierno de coalición. Conclusión en las redes sociales: ganaron Iglesias y Rivera y perdieron Rajoy y Sánchez.