Triunfo de Obama y Castro y decadencia del bloque Alba-Chavista

“Lo respeto, pero no confío en él ” (palabras de Nicolás Maduro a Barak Obama) “Hay que apoyar a Obama que es un hombre honesto y que no tiene nada que ver con la política de los diez presidentes norteamericanos anteriores” (palabras de Raúl Castro a Barak Obama). Estas son la cara y la cruz y, probablemente, el mejor resumen de la XV Conferencia de las Américas, que se clausuró el pasado sábado en Panamá (madrugada del domingo en España), en lo que ha sido una Cumbre verdaderamente histórica en la que se ha producido un auténtico deshielo de más de medio siglo de enfrentamiento norteamericano con Cuba, algo que ha marcado durante más de sesenta años la política latinoamericana, desde el mismo triunfo de la Revolución Cubana en el año 1959.

Deshielo con Cuba y controlada tensión con Venezuela sería el complemento de ese primer resumen ya que Obama ya ha adelantado pasos importantes para sacar a Cuba de los países patrocinadores del terrorismo (por su apoyo a ETA y a las FARC colombianas) y, para terminar totalmente con el embargo, para abrir embajadas en los dos países. Con respecto a Venezuela, Obama ha rectificado y ha afirmado que Caracas no constituye una amenaza para Estados Unidos. Maduro, que ha tenido un encuentro de pasillo de diez minutos con Obama (un encuentro probablemente perfectamente preparado) ha pedido una entrevista formal al presidente norteamericano para una mejora de relaciones entre los dos países y entre las dos Administraciones. Ha sido en ese contexto en el que el venezolano ha manifestado su desconfianza…

Aunque el tema de la Cumbre, que Panamá ha preparado con un cuidado exquisito, para no provocar ningún tipo de conflicto, ni reticencia, entre los 35 países que durante el fin de semana han estado reunidos, ha sido el de la “Prosperidad con equidad, el desafío de la cooperación en las Américas‟, algo que difícilmente se ha traducido en medidas concretas, la verdad es que todo el interés político y mediático de estos dos días ha estado centrado en el histórico encuentro de Castro con el presidente Barak Obama con todas las consecuencias políticas y económicas que eso puede tener, y en el inicio de un eventual deshielo entre Venezuela y Estados Unidos, después de numerosas gestiones entre bambalinas y en contactos realizados estos últimos días en Caracas, en los que habrían intervenido varios países, entre ellos Brasil, para que el contencioso que existe entre los dos países estropease la Cumbre.

La realidad es que tras la reconciliación La Habana-Washington, el miedo a un nuevo fracaso de la Cumbre estaba precisamente en el comportamiento del imprevisible Nicolás Maduro, cada vez más aislado dentro y fuera del país, con cada vez menos posibilidades de liderar realmente a los países de la Alianza Bolivariana para América, Alba (Cuba, Ecuador, Nicaragua y Venezuela) y con una situación económica interna en su país, de la que no sabe como salir y de la que quiere salir sólo con la represión y con el fantasma de la amenaza del golpe de estado permanente, patrocinado por Washington, algo que ya se ha convertido en un lugar común en el que nadie cree, a pesar del malestar que existe en el sector más “chavista” de las Fuerzas Armadas.

En este sentido, ni Maduro es Chávez ni el Continente está en las mismas condiciones que cuando se fundó el Bloque de países ALBA. Todos esos países han entrado en crisis, bien por la bajada del precio del petróleo, por el frenazo que ha experimentado el crecimiento del PIB que parecía un fenómeno imparable, por la corrupción o por problemas internos. Pero es que además, igual que Maduro no es Chávez, en el llano regional, Dilma Rusell, la nueva presidenta brasileña tampoco es Lula. Brasil, como gran potencia subregional, ha visto estallar su burbuja de crecimiento e inmobiliaria, está ahogada por unos casos de corrupción gigantescos en torno a Petrobras, empresas de construcción y otros sectores, además, se enfrenta con una crisis social cada vez más incontrolable.

Por otra parte en Argentina, país que ha jugado y sigue jugando al chavismo, Cristina Fernández de Kirchner, ha protagonizado toda una sucesión de escándalos, entre ellos también de corrupción, de autoritarismo e incluso de violación de los derechos humanos, que han vuelto a situar al país en el periódico desánimo y el desmadre económico con el que suele convivir desde hace décadas. La misma Michele Bachelet, que no ha estado presente en Panamá por las inundaciones en Chile, ha visto como en su propia casa, en su entorno familiar, han aparecido casos de corrupción que han afectado a su popularidad, en un país que parecía adorarla. Es decir, que ni América Latina es lo que era hace diez o quince años, ni ese crecimiento económico de los últimos años que lanzó a la región al estrellato parece que vaya a repetirse a corto plazo

En el otro lado del escenario, estamos ante un presidente Obama en el tramo final de su mandato, debilitado por la pérdida del control de las dos cámaras del Congreso norteamericano por el Partido Republicano y tratando de jugar un papel audaz en política exterior para dejar una herencia histórica. En esa herencia está el acuerdo con Irán para el tema nuclear que resolvería uno de los factores de tensión más agudas en Asia central y Oriente Medio, el restablecimiento de relaciones con Cuba (con la posible salida de La Habana de la lista de países patrocinadores del terrorismo e, incluso con la devolución de la base de Guantánamo, después de acabar con una cárcel que se ha convertido en el mayor símbolo de la ignominia) y con el intento de que sean los países árabes lis que terminen con la locura del Estado Islámico. Una herencia de la que forma parte, también, ésta histórica Cumbre, en la que desde el punto de vista económico, el presidente norteamericano se ha presentado, con una economía en plena recuperación, y, con un petróleo barato, gracias a las nuevas técnicas como el fracking que le ha permitido el autoabastecimiento.