Miguel Boyer: la otra cara de un hombre desconocido

Le conocí en la etapa fundacional de “Cambio 16″, cuando hubo que pelear con el Ministerio de Información y Turismo para que autorizaran el nombre de “Cambio” para el semanario de “economía y sociedad” que iba a marcar la historia de la transición española, y del cual fui director diez años. No había forma de obtener el permiso exigido, y hubo que añadir el número 16 (por el número de los primeros accionistas) para conseguirlo, aunque el Ministerio intentó incluso que se cambiara el número, convencido de que se trataba de un número masónico que simplemente era la mitad del número 32, grado máximo en la masonería.

Entonces, Miguel Boyer Salvador, nacido en San Juan de Luz de padres republicanos que fueron al exilio y que este lunes falleció en Madrid de una embolia pulmonar, trabajaba en el servicios de estudios del Banco de España, era ya brillante intelectualmente, soberbio y suficiente pero, extraordinariamente divertido, con un sentido del humor muy británico, que entusiasmaba a los asistentes a cualquier reunión o tertulia, especialmente a las mujeres que siempre quedaban fascinadas de su amena y rica conversación.

Creo que fue en su casa de la colonia del Viso, cuando estaba casado con la ginecóloga Elena Arnedo, una mujer de extraordinaria personalidad, cuando más me divertí con sus ocurrencias. Había montado una cena para que conociera a un tal “Isidoro” que todavía no había salido de la clandestinidad, y que ese año, 1973, sería elegido en Suresnes, un municipio cercano a París, secretario general del PSOE, como sucesor del histórico Rodolfo Llopis. En la cena recuerdo que estaba también Javier Solana, pero el centro de todo, y ya era difícil conociendo a Felipe que normalmente no deja meter baza a nadie, era Miguel. Miguel y sus comentarios sarcásticos sobre los más variados personajes políticos, Miguel y su sentido irónico, que ocultaba una personalidad tímida y, en algunos momentos, agresiva. Miguel y su cultura enciclopédica y experto en Física, Economía y hasta en Telecomunicaciones, en cuya Escuela de Ingenieros fue profesor.

Le traté durante muchos años, especialmente cuando fue ministro de Economía Hacienda y Comercio con Felipe González ( 1982-1985), su época de mayor esplendor, en la que ejerció su cargo con dureza y rigor, hasta el punto de atreverse a expropiar a José María Ruiz Mateos, el dueño y señor de Rumasa, un imperio construido sobre bases bastante discutibles y que se convirtió en su calvario durante años por la persecución de Ruiz Mateos, convertido, al final de su vida, de gran empresario en un bufón, que borró todo lo bueno que llegó a construir en su polémico imperio.

Quizás lo único imprevisible en la historia de Miguel Boyer Salvador, fue su affaire amoroso con Isabel Preysler, la ex esposa del cantante Julio Iglesias y del Marqués de Griñón, que pasó a colocar al político socialista, en el sector de la prensa del corazón, un sector al que siempre despreció y al que, a partir de entonces, estuvo ligado hasta su muerte en la clínica Ruber Internacional este lunes por una embolia pulmonar. Yo estaba en la reunión en que se conocieron, en unas lentejas que solía montar la periodista y relaciones públicas peruana, Mona Jiménez, con periodistas, empresarios y políticos de todos los partidos políticos, tanto del poder como de la oposición.

Fue un enamoramiento mutuo, y el principio de una aventura que terminó en matrimonio. Boyer fue el gran amor de Isabel Preysler e Isabel fue el gran amor de Miguel Boyer. Se unieron dos mundos: el mundo del glamour y el mundo de la llamada beautiful people representada por ese sector del PSOE del que formaban parte Boyer, Solchaga, Manolo de la Concha y un amplio grupo de esos socialistas bien preparados profesionalmente y brillantes, altos funcionarios del Estado, que ayudaron a González a conocer lo que era la Administración del Estado, cómo funcionaba esa complicada maquinaria y dónde estaba el verdadero poder y cómo controlarlo.

Probablemente, para quienes no le conocieron quedará una imagen distorsionada de hombre lejano, soberbio, interesado por el poder, ya fuese político o económico, y desprovisto de toda humanidad, cuando en realidad era todo lo contrario. Lo peor para él, después del ictus que le dio hace dos años fue no poder hablar, no poder expresarse, manifestarse sólo con monosílabos.