El Rey habla en la ONU y la prensa USA mira a Marinaleda

El rey Felipe VI, que este sábado cumple sus primeros cien días en el trono, ha pronunciado esta semana en la Asamblea General de la ONU, el principal discurso de su reinado, un discurso en el que no ha dejado de valorar el papel de la transición, una transición que comenzó casi con otro discurso de su padre, el rey Juan Carlos, en ese mismo edificio de las Naciones Unidas, un mes de septiembre de hace ya más de treinta años. En esta ocasión, el nuevo Rey, ha querido vender a imagen de una España moderna, que está recuperándose económicamente, que ha hecho grandes aportaciones a la Comunidad Internacional a través de las aportaciones a la lucha por el desarrollo, al apoyo de las ONG y a la presencia internacional de nuestras tropas en las principales misiones de paz de medio mundo.

El Rey que, con la mirada puesta en Cataluña ha reivindicado la integridad territorial de los países, ha puesto todo su empeño en conseguir para España, los máximos apoyos para un puesto de miembro no permanente en el Consejo de Seguridad, puestos a los que también aspiran Turquía, Egipto y Nueva Zelanda. Por eso, no ha querido hacer ninguna referencia a Gibraltar, ante el temor de que Inglaterra pudiese hacer efectiva su amenaza de boicotear la candidatura española, en la que se ha volcado el Ministerio de Asuntos Exteriores a la búsqueda de votos y en la que han participado, incluso, embajadores ya jubilados, pero que siguen conservando importantes contactos con muchos dirigentes que siguen teniendo poder e influencia.

La intervención real que ha tenido escaso eco en la prensa norteamericana, por la cantidad de dirigentes mundiales que se encuentran de visita en Nueva York, ha sido presentada por la Agencia Bloomberg como el intento de conseguir los máximos apoyos para ese sillón en el Consejo de Seguridad en 2015 y 2016, en unos momentos en los que la economía está creciendo, más que la media europea, a pesar de todas las dificultades y de ese 24,7 % de paro, el doble de la media de la Unión Europea. De todas formas, sorprende que por parte del Gobierno no se haya realizado el mínimo esfuerzo para que el discurso del Rey haya tenido un mayor eco en los grandes medios norteamericanos, cuando en ocasiones, los contratos que tanto la embajada española en Washington, como el propio Gobierno, tienen firmados con los grandes lobbies, se utilizan para acciones puntuales que carecen del mínimo interés.

Pero quizás esa sorpresa se convierte en asombro cuando se comprueba que la información sobre esa nueva España que encarna Felipe VI y que ha vendido en la ONU, está dedicada, nada más y nada menos, que en The Wall Street Journal, al pueblo de Marinaleda, en la provincia de Sevilla, presentado como “esa utopía comunista que en España se ha hecho realidad”. Según el reportero SOHRAB AHMARI, Marinaleda posiblemente sea la sociedad comunista más agradable de la tierra y lo que más llama la atención cuando llegas, es la total ausencia de policías y que hay más retratos del Che Guevara que en cualquier tienda de camisetas de Brooklyn. Sin embargo, el verdadero icono de este pueblo es Juan Manuel Sánchez Gordillo, su alcalde, llamado el “Alcaide Robin Hood”.

El modelo de Marinaleda, explica el periódico conservador norteamericano, símbolo de las finanzas, parece una solución a una crisis económica que ha dejado a una cuarta parte de los españoles -y a la mitad de los jóvenes- sin empleo. Es difícil no verse atraído por el estilo de vida de este pueblo. Por la noche se reúnen en pequeños bares y comen tapas, beben unas cuantas cervezas y ven el partido. Los smartphones están ausentes de la mesa. Los niños juegan en las camas elásticas ¿No es este realmente el socialismo en su máxima expresión humana?”

Menos mal que, al final, surge el espíritu de Wall Street: Marinaleda, es un ejemplo del derroche e ineficiencia que provocó la crisis española en primer lugar.

Merece la pena preguntarse por qué este pueblo, a pesar de ofrecer a todo el mundo una vivienda prácticamente gratis y un trabajo garantizado, no parece atraer a muchos nuevos residentes. Marinaleda no es una excepción continental, sino el gran mandato de una Europa social-bienesarista: en paro público y en declive demográfico.