Un cierre de época demasiado cicatero

En una ceremonia presidida por la brevedad, y la austeridad, aunque no exenta de cierta solemnidad, se ha cerrado en el Patio de Columnas del Palacio Real de Madrid, el último acto de la abdicación del rey Juan Carlos I, con la firma por parte del Jefe del Estado, de la Ley Orgánica que desarrolla el artículo 57 de la Constitución y refrendada, según establece la Carta Magna, por el presidente del Gobierno Mariano Rajoy.

En un acto sencillo, y como una muestra más de esa abdicación exprés que se puso en marcha el lunes 2 de junio, con una declaración institucional del Presidente del Gobierno desde el Palacio de la Moncloa, comunicando que el Rey se dirigiría a los españolas para anunciarles que abdicaba a favor de su hijo del Príncipe de Asturias, se ha cerrado, como si tratase de un puro trámite administrativo de toda una época en la que el rey Juan Carlos ha reinado durante poco más de 39 años ( no se ha esperado la fecha redonda del cuarenta aniversario), ha presidido el periodo más largo, de mayor paz, progreso social y libertad de la historia española .

De forma esporádica, el Rey se ha ido despidiendo de los distintos sectores sociales del país, aprovechando actos simplemente protocolarios (militares, empresarios, diplomáticos, instituciones del estado…) pero sin dirigirse a las Cortes, y a los diputados, como representantes del pueblo español, donde se le debía haber dado el gran homenaje que se merece por su contribución a la normalización política del país, después de una cruenta guerra civil y un periodo dictatorial que duró casi cuarenta años.

El gran homenaje que el Rey se merecía y el gran decurso que el país estaba esperando tras una abdicación de la que, todavía, desconocemos muchos datos y que se ha querido hacer con unas prisas y una aceleración que ha sorprendido, incluso a otras Monarquías europeas en las que se ha ido produciendo el tránsito generacional, el único argumento que se ha dado para que esta misma madrugada de miércoles a jueves, a las cero horas en que sale el Boletín Oficial del Estado, para que el ya Rey, sea proclamado ante las Cortes Generales, que escucharán el discurso de la Corona en el que se darán algunas pistas por donde irá el reinado de Felipe VI.

El acto de este miércoles parecía un acto de firma ante un notario (no es el caso porque aunque estaba presente el ministro de Justicia, Alberto Ruiz Gallardón no actuaba como notario mayor del Reino), o ante un registrador (es el caso porque allí estaba para refrendar la abdicación Mariano Rajoy Brey, según establece la Constitución) que ha carecido de emoción, de grandeza y de calor humano, sobre todo, porque las únicas palabras que se han pronunciado han estado relacionadas con la célebre Ley Orgánica, leída de forma profesoral, por el subsecretario de estado del Ministerio de la Presidencia, que ha vuelto a reproducir el discurso que el Rey dirigió a los españoles el pasado 2 de junio.

Solo el inesperado beso de doña Sofía a Don Juan Carlos, el abrazo efusivo y emocionante de padre e hijo, y el gesto de dejar al nuevo Rey, el puesto que ocupaba desde el inicio de la ceremonia el Rey que se va, ha dado un poco de calor humano a una ceremonia que es una ceremonia histórica con la que se abre una nueva era en la historia del país.

Como cuenta sorprendido el periódico británico Financial Times, tan cuidadoso con todos los asuntos relacionados con la Monarquía, por lo menos con la Monarquía británica “España tendrá un nuevo Rey, pero a cualquiera que pasee por las calles de Madrid le resultaría difícil notarlo. Por ningún lado se ve la imagen de este monarca. Las tiendas de recuerdos tienen los mismos artículos de siempre y en las grandes avenidas de la ciudad no se ven banderas ni banderines patrióticos”.

La propia ceremonia, dicen funcionarios de Palacio, será “austera”, sin pompa ni glamour. Con el uniforme de gala azul oscuro del ejército español, el príncipe Felipe entrará en el edificio del Parlamento a las 10,30 a.m. mañana y saldrá como rey Felipe VI una hora más tarde jurará defender la Constitución. No ha sido invitado ningún miembro de la realeza extranjera, ni ningún jefe de Estado. Ni siquiera asistirá Juan Carlos, el viejo rey de España.

Para España y para su nuevo Rey, desde luego, la decisión de celebrar una ceremonia de bajo coste, parece totalmente apropiada. El país todavía se tiene que recuperar de una amarga recesión. Cerca de 6 millones de personas están sin empleo y las finanzas del Gobierno siguen en un estado lamentable. No hay ni dinero público, ni tolerancia pública para unos festejos reales extravagantes.

En algunos aspectos es verdad que han sido extravagantes, por la prisa e improvisación con lo que se ha hecho todo.