La unidad que sólo ha conseguido Suárez

Con un interminable aplauso, después de un denso, estremecedor y respetuoso silencio que ponía los vellos de punta, decenas de miles de ciudadanos despedían este martes, al primer Presidente democrático del Gobierno de España, tras la dictadura franquista, Adolfo Suárez González, fallecido el pasado domingo 23 en la Clínica Cemtro de Madrid, de una enfermedad neurodegenerativa que le ha tenido internado en su domicilio de La Florida, en los alrededores de Madrid once años, sin saber lo que ocurría en el país y sin saber siquiera que había sido Presidente del Gobierno de España.

Entre gritos de “Gracias Presidente” y “Adiós Presidente” y de otros más críticos, dirigidos a los políticos que acompañaban al féretro, colocado en un austero armón de artillería, y escoltado por militares, (“Suárez, un ejemplo”, “Aprended de Suárez”, “Suárez más honrado que vosotros”), la comitiva fúnebre ha recorrido el camino que va desde el Congreso de los Diputados en la Carrera de San Jerónimo, hasta la Plaza de Cibeles, en un silencio sepulcral, en medio de una emoción contenida de la multitud que le ha rendido el ltimo homenaje a quien fue uno de los artífices de la transición española, a quien fue capaz de plantarle cara a los golpistas del 23 de Febrero de 1981, y a quien, con valentía, impulsó una Constitución para todos, una reconciliación entre los españoles después de una guerra civil, con la vuelta de los exiliados políticos y la recuperación de las libertades.

Por primera vez desde que estalló la crisis económica que ha sumido al país en una profundísima crisis social y, sobre todo, en una preocupante crisis política en la que ha empezado a ponerse en duda, la labor de la clase política, e incluso, los fundamentos sobre los que se asienta la estabilidad del país, todos los partidos políticos e instituciones, han querido ver en Adolfo Suárez, el símbolo del consenso nacional, del diálogo y del entendimiento, hasta el punto que ninguna formación política o sindical, ha puesto en duda su legado, que ha servido para que, por los menos por unos días, se haya recuperado un consenso, y un entendimiento que se había perdido con la refriega política, y que se ha ido radicalizando con una crisis económica que se ha llevado por delante mucho de los valores de esa transición que ha sido el asombro de muchos países del mundo, y que ahora de nuevo, es recordada por los medios de comunicación más dispares que intentan encontrar paralelismo con fenómenos parecidos.

“Sepulturero del franquismo”, “Impulsor de la perestroika española”, “Artífice de la transición”, todos los medios informativos internacionales, hasta los más alejados de nuestra cultura han intentado explicar, con todo tipo de comparaciones y de imágenes, cuál ha sido el papel de Adolfo Suárez, después de la larga noche del franquismo, en ese periodo que va desde su elección por el Rey, cuando muy pocos creían en el joven monarca, hasta el final de esa aventura de la reforma política, con la voladura del Régimen anterior, la legalización de los partidos políticos, la reconciliación nacional y la aprobación de la Constitución Y, sobre todo, con esos brochazos con los que se intenta explicar un fenómeno tan complejo como la transición española, la hazaña de legalizar al Partido Comunista, pactar con Santiago Carrillo, estrechar la mano de Dolores Ibarruri “la Pasionaria”, exiliada en Moscú durante cuarenta años y tirar la toalla, en un intento desesperado de evitar un golpe de estado que se producía veinticinco días después de presentar su dimisión al Rey el 29 de Enero de 1981.

Editoriales, análisis, resúmenes exhaustivos, reacciones, artículos de opinión, han inundado los principales diarios internacionales, desde los periódicos de referencia, hasta los diarios populares, pasando por importantes espacios en las televisiones, en un intento de explicar, de nuevo, el fenómeno de la transición española, a la que ahora probablemente fruto de la crisis, se critica con fuerza, sin tener en cuenta las circunstancias históricas en que se produjo ese tránsito de una dictadura a una Monarquía parlamentaria que ha dado al país su mayor periodo de paz y de prosperidad en todo un siglo.

Con perspectiva resulta injusto achacar a la transición todos los males que hoy aquejan a España: la crisis económica, la crisis social, el desprestigio de la clase política, el estado de la corrupción, el desgaste de la Corona, la amenaza de fragmentación con el referéndum de independencia que se ha convocado en Cataluña para el próximo 9 de noviembre, los condicionamientos políticos de la justicia… Es cierto que la transición española, en su búsqueda obsesiva del consenso, expresado en ese café para todos, y en su decisión de no juzgar a nadie del régimen anterior porque el tránsito se hizo, también, con antiguos franquistas, dejó muchos temas abiertos, en la ambigüedad, y otros en los que no se profundizó para conseguir un verdadero Estado, con división de poderes.

No obstante, conviene recordar, y se ha hecho incluso desde fuera, el contexto en el que el proceso político español tuvo lugar: un tiempo en el que la dictadura estaba todavía intacta y la oposición española era demasiado débil como para forzar un cambio más radical. En circunstancias tan precarias y difíciles, Suárez tuvo el mérito innegable de conseguir el tránsito a un sistema que, con todo y sus muchos defectos, fue preferible a la siniestra dictadura franquista.