Adolfo Suárez: La muerte de un hombre marcado por la tragedia

Ha fallecido en la Clínica Cemtro de Madrid, por un fallo cardiorrespiratorio, Adolfo Suárez González, primer Presidente democrático de la reciente historia española y, el político que, de acuerdo con los  deseos del Rey, tuvo que llevar adelante la transición de un Régimen autocrático, a una Monarquía Parlamentaria.

Abogado de pocos recursos, hombre proveniente del Antiguo Régimen donde llegó a dirigir la Televisión gubernamental y la Secretaría general del Movimiento (el partido único), muy pocos en aquella España que salía de la larga noche del franquismo, habían pensado en él como el sucesor de Carlos Arias Navarro, para presidir un Gobierno, que tenía como misión recuperar las libertades perdidas tras la guerra civil, iniciar el largo camino de la reconciliación nacional y aprobar una Constitución con la que estuviesen de acuerdo todos los partidos políticos elegidos en las urnas.

Una constitución consensuada y no impuesta como la mayoría de las Constituciones que ha habido en este país. Frente al candidato que parecía que reunía todas las condiciones, José María de Areilza, Conde de Motrico, Suárez fue el designado por el Rey y por Torcuato Fernández Miranda, para poner en marcha eso que se ha  llamado Transición, algo que se ha puesto tan de moda denostar pero que, en aquella España, con aquel Ejército, con el franquismo todavía vivo, fue lo único que se pudo hacer.

Y, eso lo hizo, sobre todo, Adolfo Suárez , con un partido, UCD (Unión de Centro Democrático)  que más que formación política era un sindicato de intereses, que se quemó en el proceso y que se disolvió como un azúcarillo, tras el Golpe de Estado del 23 de Febrero de 1981. Con Suárez se va una parte importante de la reciente historia de España, de una historia convulsa, pero también ilusionante porque él representa lo que para algunas generaciones fue la historia de una aventura, esa aventura de recuperar las libertades, de votar y elegir a quienes nos tienen que representar, de abrazar a quienes salían de las catacumbas o volvían del exilio, de hablar y opinar libremente sin necesidad de bajar la voz, o,  esconderse.

Con Suárez, recibido con hostilidad y críticas cuando llegó a la Presidencia del Gobierno,  (“qué error, qué inmenso error” llegó a escribir el historiador Ricardo de la Cierva que luego él nombraría ministro ) se va, también, un político que llenó de dignidad la Jefatura del Gobierno, que le enseñó al Rey lo que era el arbitraje y la moderación en la Jefatura del Estado, que le plantó cara al Ejército, que fue capaz de tener cuadrado y esperando sus  órdenes a varios tenientes generales, que dimitió del cargo para evitar un golpe de estado porque no quiso, según le dijo a los españoles sin perder ni por un momento la dignidad, que no quería volver a ser un “paréntesis” en la atormentada  historia española, demasiado prolija en pronunciamientos y asonadas militares.

Nunca lo sabremos con seguridad pero él se va para evitar el golpe de Estado que, al final, se produce, pero de otra forma y, con otras consecuencias. Suárez se va, y dimite, porque ha perdido el favor de su partido que conspira contra él, y que está a punto de romperse si Felipe González, que presenta una moción de censura en Mayo de 1980, se acerca de nuevo a gente de su partido o sigue dando crédito a esos juegos de sirena que hablan de la necesidad de la formación de un Gobierno de emergencia o de salvación nacional, presidido (¿por qué no?, dicen sus adversarios) por un militar.

Cercado por el terrorismo  de ETA, odiado por  los  militares, con un país  hundido económicamente y con una inflación de dos dígitos, criticado con ferocidad por la prensa que tanto le encumbró, combatido por la Iglesia que no le perdonó la legalización del Divorcio,  despreciado por el poder económico que siempre le consideró un advenedizo, con un partido que ya no controlaba, y con un constante ruido de sables que llegaban a la Moncloa desde la casi totalidad de las Regiones Militares, veinticinco días antes del Golpe de Estado, un Adolfo Suárez que lo que más le preocupa, en ese momento, es que esa imagen de político ambicioso y sin escrúpulos que transmitía de él cierta prensa había llegado hasta sus hijos, tira la toalla y se presenta en la Zarzuela para poner su cargo a disposición del Rey.

Y es entonces, cuando el Rey ni siquiera le dice que lo piense, que lo medite, cuando se da cuenta de que todo está definitivamente terminado. Aunque para él todo termina, después de un segundo intento de resucitar el Centro político con el CDS, que llega a convertirse en la tercera fuerza política del país, con la larga enfermedad del cáncer de mama de su esposa Amparo Illana, la muerte de una de sus hijas de la misma dolencia , la operación de vaciado de pecho  de otra y, la extraña maldición que parece caer sobre la familia.

Todo el tiempo libre lo dedica a su familia, arrepentido del poco que le ha dedicado desde que comenzó en la política, hasta que esa  extraña maldición se ceba en él, hace once años, en esa pronta demencia senil y Alzheimer que le convierte en un muerto viviente, Dicen que, hasta el final, conservó esa capacidad de reflejar el afecto y el cariño cuando recibía un apretón de manos, o un gesto de amabilidad que percibía como de complicidad.

Yo que tan bien le conocí, que tanto escribí de él, que tantas veces  oí de su voz esas historias de poder y tragedia, que tan bien contaba porque parecía poner el Estado a tu disposición, pienso que se ha ido también una parte  de mi vida, ésa en la que descubrí mi ilusión, mi pasión, por una aventura, que era la aventura de todo un país que accedía a la democracia, y que hoy llora a un gran hombre, un hombre que no se creyó nada, que siempre dijo que fue un ‘chusquero’ de la política, pero que tanto hizo por esta gran Nación.