En la muerte de Manu Leguineche

A primeras horas de la mañana de este lunes me entero, con una enorme tristeza, de la muerte en la Fundación Jimenez Díaz de Madrid, por una insuficiencia respiratoria, del periodista, reportero, persona de bien, y sobre todo amigo, Manu Leguineche, el mejor de nuestra generación, y el profesional que hizo de las crónicas sobre la Guerra, especialmente de su primera guerra, la de Vietnam, verdaderos testimonios literarios. Su libro “La Guerra de todos nosotros”, se ha convertido en un clásico del género.

Conocí a Manu a principios de los años setenta cuando nos llamó a Paco Umbral y a mí, para que escribiéramos una crónica diaria desde Madrid, la mía política, la de Paco literaria, para un grupo de periódicos de provincia independientes, y que fueron en aquella época los primeros que apostaron por la apertura política e informativa en nuestro país, desde “El Norte de Castilla” que entonces dirigía Miguel Delibes, hasta “La Vanguardia”, cuyo director era Horacio Sáenz Guerrero, pasando por “El Diario Vasco” de Juan Mari Peña, “El Correo” de Bilbao de Antxon Barrena, el “Diario de Navarra” de Uranga, el “Diario de Mallorca” de Alemany, o “El Heraldo de Aragón”, de Brunet.

Lo que no podíamos publicar en los medios de Madrid, lo publicábamos en provincias, a través de la Agencia Colpisa que fundó Manu para conservar su independencia, y la de un grupo de profesionales (este cronista venía del paro, después del cierre del diario “Madrid” por el Gobierno de Franco, y de su espectacular voladura), que desde el principio de empezar a ejercer profesionalmente, estábamos convencidos de que aquel Régimen despótico tendría que cambiar, y que debíamos hacer todo lo posible, porque ese cambio fuera rápido y sobre todo pacífico.

Por una crónica mía desde Estoril (Portugal) en la Festividad de San Juan se enteró el Gobierno, frente al silencio de toda la prensa, del contenido del  último mensaje del Conde de Barcelona contra el general Franco en su primera enfermedad, mensaje en el que insistía en que él nunca se sometería al poder personal del dictador. Ese mensaje provocó que el Gobierno, que entonces presidía Carlos Arias Navarro, le impidiese la entrada en territorio nacional. Una prohibición inconcebible para quien era el padre del futuro Rey. La Agencia, después de numerosos incidentes con las autoridades del Ministerio de Información, logró mantenerse gracias al espíritu de combate y a la profesionalidad de Manu, que durante años fue nuestro maestro y punto de referencia, y también nuestro protector.

Porque Manu no sólo era un excelente reportero (no se es un buen periodista si no se ha sido reportero, y se ha sabido contar historias, porque al fin y al cabo, un periodista no es sino un contador de historias), era también un excelente director, alguien preocupado por enseñar lo que sabía, y transmitir esa pasión por el periodismo, la única profesión en la que no se envejece inútilmente. Su maestro y su referencia fue Miguel Delibes con el que empezó en “El Norte de Castilla” y todo lo que aprendió, con ese contador de historias de Valladolid, en las más hermosas de las novelas, lo transmitió con generosidad a todos los profesionales que pasamos por aquella Agencia, donde empezó también Pilar Cernuda o Mariano Guindal.

Como otro periodista que recientemente se ha ido, Manolo Martín Ferrand, Manu se comió y se bebió todo, disfrutó de los amigos con los que compartió todo, ayudó a todo el que pudo, y se fue apagando poco a poco, por una mala salud que fue consumiéndole, en una silla de ruedas, medio ciego, mientras contemplaba la decadencia de una profesión a la que dedicó, en los escenarios más peligrosos, los mejores años de su vida.

Vivía en el pueblo de Brihuega en Guadalajara, donde encontró su tierra prometida, su paraíso perdido, en esa “Casa de los Gramáticos” a donde se retiró por sus achaques, en donde vivía pegado a la actualidad de la radio, como única fuente de información, y en donde todavía, a pesar de su decadencia física, recibía a los amigos con una copa de vino en la mano, a la espera de esas noticias que no oía en la radio y que no le llegaban por ningún otro medio.

Manu un escritor incansable, deja numerosos libros de viajes, de crónicas, de reportajes, de análisis históricos de figuras y de hechos de actualidad. Además de su ingente labor periodística, también es autor de numerosos libros, como “La vuelta al mundo de un periodista”, “Adiós, Hong Kong”, “Annual 1921″, “El viaje prodigioso”, “Yo te diré”, “Hotel Nirvana”, “Yo pondré la guerra (Cuba 1898: la primera guerra que se inventó la prensa)”, y “La Felicidad de la Tierra”, en la que hace un análisis de su vida y sus impresiones vitales en la Alcarria, en Guadalajara, en la que vivió hasta su muerte en la Fundación Jimenez Díaz de Madrid, este lunes de invierno. Posteriormente publicó “El Club de los Faltos de Cariño” (Seix Barral, 2007), en cuyas páginas vibra de nuevo su pasión por la tierra alcarreña, silenciosa y emotiva, cuajada de verdades tras cada árbol, en cada segundo del atardecer, en los tics de los aldeanos y en la esencia de su prosapia.

Manu, maestro, amigo del alma, descansa en paz.