Nos espían y ni siquiera guardan las formas

Cuentan que la semana pasada durante la entrevista que el presidente del Gobierno, Mariano Rajoy, mantuvo con la canciller alemana Angela Merkel, en su despacho en Berlín, se sorprendió cuando le pidieron que no entrase con su teléfono móvil. Su sorpresa venía de que estaba seguro de que, al contrario que otros dirigentes europeos, su teléfono, no había sido controlado ni espiado por la NSA, como la de la canciller alemana que indignada había llamado personalmente al Presidente norteamericano para quejarse amargamente, cuando todavía no sabía que quien le escuchaba era el propio Presidente norteamericano según ha comenzado a revelar la prensa alemana, confirmando que la información obtenida llegaba directamente a la Casa Blanca y no a la sede central de la NSA.

Frío como siempre, ante cualquier problema, el Presidente español no compartía en la última Cumbre de Bruselas la indignación de la canciller alemana ni la del presidente francés Hollande por el espionaje norteamericano, algo insólito entre países aliados. Según su tesis alguien que compartía la gran responsabilidad que suponía la instalación en Rota, en el Sur de España del escudo antimisiles, no podía ser objeto de espionaje telefónico y menos en su propio Smartphone. Lo máximo que haría era ordenar a Exteriores que convocase al recién llegado embajador norteamericano James Costos, y preguntarle, cara a cara, si aquí se estaba espiando o no, cuando desde Europa se estaba filtrando que uno de los principales centros de escuchas de la CIA norteamericana y de la Agencia Nacional de Seguridad (NSA), era precisamente España.

Pero en pocas horas cambiaría todo, porque el periódico El Mundo en su edición de este lunes, y adelantada el domingo, ya confirmaba la gravedad del espionaje sobre España al afirmar que solo en un mes (de diciembre del año pasado a enero de este año), la Agencia de Seguridad estadounidense (NSA) controló y espió 60 millones de llamadas en España, según un gráfico que forma parte de los documentos secretos del ex agente Edward Snowden, bajo el titulo Spain-last 30 days, un gráfico de barras muestra el flujo diario de llamadas, definidas con las siglas DNR. Solo un día, el 11 de diciembre Estados Unidos controló más de tres millones y medio de llamadas telefónicas en nuestro país.

Tan grave, y tan cierta la información, que el embajador norteamericano, recibido este lunes, en el Ministerio de Asuntos Exteriores por el secretario de Estado Iñigo Méndez Vigo, ni ha dado ninguna explicación, a pesar de que es la tercera vez que se requiere a los norteamericanos información, ni ha negado la existencia de ese documento clave de la Agencia de Seguridad USA. Es decir que la llamada del embajador no ha servido para nada, porque ni siquiera guardan las formas. En todo caso, para confirmar la existencia de un espionaje masivo, al que no se sabe por qué algunos sectores del Gobierno quieren quitarle toda importancia, hasta el punto que se le ha negado la posibilidad al CNI (Centro Nacional de Inteligencia) de elaborar un exhaustivo informe, algo que debió encargarse en el mes de julio, cuando comenzaron a aparecer los primeros datos confirmados en el periódico británico The Guardian.

El actual escándalo podría suponer una ruptura del tradicional “clima de confianza” en las relaciones entre ambos países. Según ha declarado el ministro de Asuntos Exteriores García-Margallo, ante la gravedad de lo que viene publicando la prensa, al señalar que no solo se trata de una “práctica inaceptable” entre países amigos y aliados, sino de una vulneración de los derechos a la intimidad y la privacidad de los ciudadanos, a los que la legislación española protege “al máximo nivel”, con el Código Penal. Expresión que, según los expertos, significaría que el ministro está acusando a la NSA de haber cometido un delito, perseguible de oficio, y en el que ya debería haber intervenido la Fiscalía.