El Debate: Otra Gala de los Goyas, pero mucho más aburrido

Lo que algunos, con cierto sentido del humor, habían presentado como una nueva Gala de los Goyas, pero menos politizada, ha terminado siendo una especie de comedia de enredo, donde el principal protagonista, el presidente del Gobierno, Mariano Rajoy, el que más expectación despertó a su llegada a la alfombra roja situada a la entrada lateral del Congreso de los Diputados, en el Palacio de la Carrera de San Jerónimo, se comió al actor de reparto, Alfredo Pérez Rubalcaba, que a pesar de la importancia del día, y de las duras circunstancias, parecía no haberse estudiado bien su papel.

Después de una mañana soporífera, en la que el señor Rajoy, con la imagen de la peineta de Luis Bárcenas en su subconsciente, intentó desgranar un discurso nada ilusionante, aludiendo continuamente a la situación catastrófica que había heredado, y al reto que tiene España con Europa, para cubrir el expediente de haber unido el debate sobre el Estado de la Nación con el preceptivo debate para dar cuenta del último Consejo Europeo, donde se aprobó el Presupuesto comunitario hasta 2020, vino una tarde más o menos animada, en la que el líder de la oposición, Alfredo Pérez Rubalcaba, intentó darle la réplica sin conseguirlo, o consiguiéndolo, en contadísimas ocasiones.

El temario de la Gala era amplio, y además la Gala no se celebraba desde hacía 14 meses, por el miedo escénico del primer actor, a dar la cara, a desarrollar un guión que ha insistido, no es el suyo, el que había prometido al público para llegar a donde ha llegado. Simplemente, según él, porque está cumpliendo con su deber, como si su deber no fuese, por encima de todo, hacer lo que había prometido, a menos que, aun sabiendo que no podía cumplirlo, insistiese en prometerlo, llegando a donde ha llegado.

La verdad es que a este cronista, esas palabras sobre el escenario del hemiciclo del Parlamento, le recordó a otro presidente, a otro primer actor, cuyo nombre también aleteó como un fantasma sobre la Gala, que dijo lo mismo: que haría un determinado tipo de política que no era la suya, pero que estaba dispuesto a llevarla a cabo costase lo que le costase. Y la verdad es que le costó lo que le costó, y gracias a eso, Rubalcaba está donde está.

Mal lo tenía el señor Rajoy este primer día del debate sobre el Estado de la Nación, con un escándalo de corrupción abierto y sin explicar, con un Bárcenas dispuesto a hablar en cualquier momento y hacerle un corte de mangas al rosario de la aurora, y sobre el que el señor presidente del Gobierno, que con habilidad ha evitado cuidadosamente citarlo por su nombre y apellidos, todavía no ha explicado nada; con varios ministros tocados, entre ellos la titular de Sanidad Ana Mato, implicada en el escándalo “Gürtel”, y con un malestar social en las calles, que no se conocía desde el inicio de la transición política.

Un panorama desolador, que no se corresponde en nada a la triste Gala que se ha desarrollado en el Congreso de los Diputados. Dos Españas totalmente distintas: la España oficial frente a la España real. La España de la corrupción frente a la España de los recortes y de los sacrificios. La España de los políticos frente a la España de las realidades que empieza a no creer en los políticos. aunque los políticos como Rajoy, insistan una y otra vez, que “no es verdad que en España haya un clima generalizado de corrupción porque ni España es la nación más corrupta, ni todos los políticos son corruptos ni nos hundimos por culpa de la corrupción aunque sea necesario acabar con ese clima que empieza a ser irrespirable”.

Pero, para qué deje de ser irrespirable hace falta, en primera instancia, aclarar el escándalo Bárcenas sin entrar en el “Tú más”, y después, encontrar un consenso mínimo para esas medidas propuestas por el presidente del Gobierno, para perseguir la corrupción: Una Ley Orgánica de Control de la Actividad Económica y Financiera de los Partidos Políticos, incluir en la Ley de Transparencia a los partidos políticos, las organizaciones empresariales y los sindicatos, una regulación de los procedimientos de contratación, una Ley Reguladora del ejercicio de las funciones políticas, un verdadero Estatuto del cargo público, una reforma del Código Penal e, igualmente, una reforma de la Ley de Enjuiciamiento Criminal que agilice los procedimientos.

Demasiadas medidas, demasiadas reformas, demasiadas propuestas, si efectivamente el problema de la corrupción no es tan grave como dice el señor presidente del Gobierno que, en estos momentos, su gran responsabilidad, su responsabilidad más inmediata, es limpiar su casa para que le ciudadanía comience a creerle…

En resumen: una triste Gala, llena de desesperanzas Y, sobre todo, desilusionante.