Las otras razones de una dimisión Papal

Cuando todavía no se ha producido la renuncia formal al Papado de Benedicto XVI, hecho que se producirá oficialmente, el próximo 28 de febrero, ya ha comenzado en la Curia, y entre el cuerpo cardenalicio, la carrera para posicionarse de cara a un Cónclave que se presenta decisivo para el futuro de la Iglesia Católica, metida en una profunda crisis, una crisis que Ratzinger ha intentado abordar con una Reforma que no ha llegado a nada, por el vigor y la influencia de esas fuerzas que están ensombreciendo la luz de la fe, destruyendo la esperanza y pervirtiendo el amor y que van a condicionar, inevitablemente, el futuro de la Institución.

Por eso, habrá que preguntarse si Benedicto XVI se ha rendido solamente ante una edad que le impide, según él, seguir cumpliendo sus obligaciones como Sumo Pontífice, o por el contrario se ha rendido también, dado su carácter esencialmente pesimista, a las luchas internas de la Santa Sede entre conservadores y progresistas, a los escándalos económicos del IOR (Instituto para las Obras de la Religión), conocido también como el Banco del Vaticano, que ha cometido todo tipo de irregularidades y tropelías, y que comenzó con el envenenamiento del banquero Sindoma, y que todavía no ha terminado porque, de cuando en cuando, sale algún trapo sucio a relucir, a la filtración de numerosos documentos confidenciales y memorándums en lo que se conoce como el VatiLeaks, que desembocó en la detención del mayordomo personal del Papa, y por último, la filtración de papeles que anunciaban el asesinato del Santo Padre e incluso la destitución de numerosos obispos por los casos de pederastia que han conmovido al Vaticano y a toda la Iglesia Católica.

Joseph Ratzinger no solo no ha conseguido terminar con los casos de corrupción en la Banca vaticana, acusada incluso de lavado de dinero, sino que no ha podido, como quería, reformar la Iglesia, y mucho menos, prepararla para el futuro. Bajo su Pontificado, ha vivido las crisis más grave de la historia más reciente como el caso de los abusos sexuales de sacerdotes a niños y el tremendo caso del Fundador de los “Legionarios de Cristo”, el mexicano padre Mercier, pederasta, drogadicto, y padre de una auténtica familia numerosa, con conexiones privilegiadas dentro de la Curia.

Benedicto XVI, rodeado de malos asesores, reaccionó demasiado tarde a todo, era demasiado poco consciente de que un Papa, también es una figura política; y más en sociedades mediáticas modernas. Deja atrás una Iglesia desconcertada y debilitada, que tiene que hacer frente a la acusación de no haber avanzado en temas como la moral sexual o la liberalización social, aunque en el último momento todo eso ha pesado tanto sobre su ánimo que ha decidido, con una coherencia que es ejemplar, abandonar, desconcertado con el relativismo moral de un mundo que cada vez cree menos y practica también menos, su propia Religión.

Desde 1294 no se producía una dimisión voluntaria de un Papa. Pero Benedicto XVI, el más fiel colaborador de Juan Pablo II, estaba obsesionado con la idea de evitar, como fuese, la repetición de la parálisis que durante los últimos años dominó el anterior Pontífice, cuando la enfermedad, el sufrimiento y su propio estado mental, comenzaron a pasarle factura afectando, incluso, a su liderazgo.

Probablemente la Iglesia necesita ahora a un sucesor joven, capaz de llevar a cabo la renovación que exige la Iglesia, como lo haría cualquier consejero delegado de una importante empresa en la que creen miles de millones de católicos de todo el mundo, de un mundo que a veces no está bien representado en ese colegio cardenalicio, dominado por el sector conservador, y por los cardenales italianos.