Rubalcaba: Y al tercer dia, compareció

La primera noche, y en las primeras horas, fue el secretario de organización Oscar López, el que compareció ante la prensa para intentar justificar como pudo, la gran derrota electoral socialista del domingo 21 de Octubre en Galicia y Euskadi.

El primer día, fue la número dos del partido, la vicesecretaria general, Elena Valenciano, la que intentó salvar los muebles, después de la reunión de la Comisión Permanente de la Ejecutiva, hablando de un cambio de rumbo, de una aceleración de la renovación ideológica, del restablecimiento de las alianzas con los sectores progresistas e, insistiendo, en que el partido no está “ante un mero problema de imagen”, ni caben soluciones cosméticas ni superficiales ya que el “único camino” pasa por el “compromiso con España” y la salida de la crisis, la defensa de los valores del PSOE, la fortaleza del partido y actualizar el proyecto socialista reforzando los lazos con la sociedad. “No se trata de deslumbrar, sino de convencer porque el PSOE quiere avanzar pero sin buscar atajos”. En resumen, que era preciso que todo pareciese que cambiaba, para que todo siguiese igual.

Ese primer día, el principal responsable del partido, el secretario general Alfredo Pérez Rubalcaba, permanecía atrincherado en la calle Ferraz de Madrid, sede del PSOE, para no tener que dar ningún tipo de explicación, mientras el expresidente extremeño, Guillermo Fernández Vara, el exministro de Justicia, Juan Fernando López Aguilar, el secretario general del partido en Madrid, Tomas Gómez, y hasta el expresidente del Congreso y exministro, José Bono, calentaban la jornada con declaraciones críticas y, en cierto modo, alarmantes.

El segundo día, mientras crecía la marea interna dentro del partido, sorprendidos todos, por el silencio del secretario general, se confirmaba que hablaría el lunes 29, una semana después de las elecciones, el secretario general seguía desaparecido y, para no aparecer, ni aparecía por el Parlamento, la mañana en que se presentaban los Presupuestos Generales del Estado. Por la tarde, como el Rajoy de los buenos tiempos en que buscaba desesperadamente la puerta del garaje del Senado para no encontrarse con los periodistas, o como Urdangarin en una de sus mejores huidas, entraba casi escondido, en el Congreso de los Diputados, para exponer su postura sobre los Presupuestos. Desde el partido anunciaban que comparecería al día siguiente porque la preparación del discurso del Debate presupuestario (¡!) le había impedido hacerlo antes.

Y, por fin, al tercer día, compareció. Compareció este miércoles para anunciar que no tenía la menor intención de dimitir, que había sido elegido hace ocho meses para cumplir una tarea y la cumplirá, que la candidatura a la Moncloa sería elegida en su momento, y que nadie en el partido le había pedido la dimisión, “Nadie me ha pedido la dimisión. Nadie, nunca. Ni en mi despacho, ni por teléfono, ni siquiera por un tuit”, aseguró, añadiendo que solo se iría si lo pide la mayoría del partido en un Comité Federal.

 

¿Lo pedirán? En principio, todos esperaran los resultados electorales del próximo 25 de Noviembre en Cataluña, que se prevén catastróficos, porque la postura del PSC, en el gran debate soberanista, aparece difuminada, defendiendo un modelo federal asimétrico que exigiría una profunda reforma de la Constitución y del actual modelo autonómico, y después, el futuro pasará por la postura que adopte el presidente del partido y presidente de Andalucía, José Antonio Griñán, que ya ha reclamado más poder de decisión dentro del partido, a nivel nacional , y de su apoyo a Carmen Chacón a la que avaló en las primarias y con la que ha compartido mesa y mantel esta semana en Sevilla.

El gran problema es la carencia de una figura clara con capacidad de liderazgo, capaz de regenerar un partido que está en su peor crisis desde su refundación en el Congreso de Suresnes, en octubre 1974, hace ahora treinta y ocho años. Cualquier apuesta por otra figura es un salto en el vacío y Rubalcaba, aunque definitivamente quemado, ahora sigue siendo, todavía, la seguridad, por el miedo de asomarse al precipicio.