Un discurso de consejero delegado

Mariano Rajoy no quería vivir en el Palacio de la Moncloa. Desde antes de ganar las elecciones generales el pasado 20 de Noviembre, comenzó a hacer declaraciones en el sentido de que quería seguir viviendo en su domicilio, situado en una zona residencial de Madrid para no perturbar su vida familiar. Lo consiguió cuando, hace años, fue nombrado Ministro del Interior por José María Aznar y creía que podía conseguirlo ahora.

Al final las circunstancias y la fuerza de los hechos, le han obligado y no tendrá más remedio que trasladarse a la Moncloa el próximo miércoles día 21, después de ser investido presidente del Gobierno este martes y tras exponer este lunes su programa de gobierno.

Un programa de gobierno anclado en el realismo de la crisis económica, la crisis más grave que ha conocido la democracia española, que, además, como en la inevitable rectificación de la Moncloa, el futuro presidente del Gobierno no ha tenido más remedio que encuadrar dentro de la crisis internacional y dentro de la globalización. Una crisis que va más allá de la política que haya podido desarrollar el Gobierno y que deja al nuevo Jefe del Ejecutivo una herencia envenenada, un déficit publico desproporcionado, y una crisis de Deuda pública soberana, de la que va a ser difícil salir, si el país, como muchos prevén, entra en una nueva recesión económica y si el directorio franco–alemán que está tutelando la economía española, no da el golpe de timón sobre el papel del Banco Central Europeo y, sobre la creación de los Eurobonos, como viene defendiendo el nuevo presidente in rectore del Gobierno.

Con este pesimista y negro panorama, Mariano Rajoy, después de un mes de silencio, de entrevistas privadas celebradas casi en la clandestinidad, de sondeos misteriosos con representantes de muchos de los sectores económicos y sociales del país, de conversaciones en su domicilio para preservar el secreto, de empacharse con cientos y cientos de cifras macros y micros, ha presentado un programa de gobierno previsible (Reforma laboral, reforma financiera, reforma educativa, reforma de la Administración, reforma energética…) en un tono de rigor, propio de un consejero delegado de una gran empresa, y no de un líder político carismático.

Un programa previsible y, sin muchas concreciones, especialmente en el tema impositivo después de haber defendido una rebaja de impuestos en una coyuntura económica en la que, ante la escasa actividad económica se ha hundido la recaudación, cuando más dura es la lucha contra el déficit público y un discurso demasiado tecnocrático y, cuando, además, la campaña electoral se ha ganado anunciando un cambio”. Una empresa que hubiera exigido un lenguaje más brillante, más vibrante e, incluso, más poético e ilusionante a pesar del sangre sudor y lágrimas” por el que habrá que pasar.

Un programa lleno de buenas intenciones y de sincero planteamiento a favor de la austeridad, para el que Rajoy ha pedido las máximas colaboraciones, los mayores pactos y, también los mayores apoyos parlamentarios a pesar de pedirlo desde una cómoda mayoría absoluta.

En la votación de este martes veremos el resultado de esta petición que tanto puede contribuir a un clima de pacto que tanto se ha echado de menos en los últimos años.