La herencia de Camps

Veinticuatro horas después de la inesperada dimisión de Francisco Camps como presidente de la Generalitat Valenciana por el escándalo de los trajes y por su comparecencia en los próximos meses ante un Jurado Popular por un delito de cohecho impropio, todo el interés informativo sigue centrado en encontrar el elemento último que desencadenó su dimisión, rompiendo un pacto que tenía prácticamente firmado con su partido para solicitar una sentencia de conformidad; en la figura de su sucesor al frente de la Generalitat , el alcalde de Castellón, Alberto Fabra, un hombre políticamente moderado y dialogante, cuyo gran problema es el apellido aunque no tiene ningún tipo de parentesco con el polémico presidente de la Diputación de Castellón, Carlos Fabra, procesado en varios sumarios, y en la herencia que deja el presidente dimitido después de meses y meses de enfrentamiento político con la oposición, y de parálisis del Gobierno valenciano…

Hasta ahora, ese elemento último para comprender la rocambolesca historia que vivió la Comunidad Valenciana el pasado miércoles, no se ha llegado a conocer. Para unos, es una última conversación que Camps mantiene con Rajoy, en la que el valenciano sospecha que después del paso que va a dar no tiene garantías de que le van a pedir, posteriormente la dimisión, lo que hace romper el pacto establecido, en el que durante días han trabajado el exministro Trillo y el actual presidente de las Cortes valencianas, Juan Cotino, por el cual el presidente valenciano se comprometía, junto con el resto de los procesados a reconocer su delito de cohecho y pagar la correspondiente multa. Esa decir que, a última hora, se da cuenta de que todo es una trampa.

Para otros, es la resistencia de Ricardo Costa, que se siente engañado por Camps, a aceptar la propuesta de Génova, lo que deja a Camps sin cobertura ya que son todos los implicados los que tienen que aceptar la sentencia de conformidad y no solo dos, Víctor Campos y Betoret, que cumplen con el pacto, firmando en el TSJ valenciano a primera hora de la mañana del miércoles.

La realidad es que con la dimisión de Camps desaparece parte de la tensión en la que ha vivido en los últimos dos años la Comunidad Valenciana, aunque tanto el PSOE como Compromis, van a seguir haciendo oposición con el escándalo de los trajes y con las implicaciones de la trama Gürtel en la financiación del Partido Popular y en el trato de favor por parte de varios de las conserjerías del gobierno Camps.

Un gobierno que deja una herencia nefasta en la Comunidad Valenciana: casi 600.000, desempleados, lo que significa una tasa de paro por encima del veinticuatro por ciento, casi tres puntos más que la media nacional, un PIB que ha ido decreciendo más que el nacional y, una deuda pública espectacular, cercana al 17,4 por ciento del PIB y fijada en 17.895 millones de euros, que se ha intentado reducir con los llamados “bonos patrióticos” que han recaudado mil millones de euros pero que no han sido destinados a pagar deudas pendientes.

En resumen: una herencia catastrófica en lo económico y envenenada en lo político, que Rajoy pudo encauzar en su momento, pero que dejó pudrir hasta unos extremos que pone en duda la capacidad del presidente del Partido Popular para enfrentarse con verdaderas crisis, y auténticos conflictos…