Los intentos de terminar con la “insurrección pacífica”

El “Movimiento 15 de Mayo” , de indignación y protesta, por la situación del país y por el comportamiento de los partidos, sindicatos y sus dirigentes, puede tener una influencia decisiva en los resultados de las elecciones autonómicas y municipales de este domingo, en la agenda política de los próximos meses, y en la estrategia próxima de todos los partidos aunque desde la Junta Electoral se intente acallar las protestas hasta después de las elecciones, prohibiendo las concentraciones, especialmente las que han tomado la Puerta del Sol como símbolo de esas peticiones de “Democracia Real, ya”.

El movimiento de los “indignados”, nacido en plena campaña electoral, ha sorprendido a todos los políticos y, hasta a los propios organizadores que desbordados por el éxito, no están dispuestos a dejarse utilizar por quienes son los grandes culpables (“PSOE y PP la misma mierda es” han estado gritando en todas las concentraciones ) de la actual crisis que están pagando los sectores más desfavorecidos, los mileuristas, los jóvenes sin ninguna esperanza de futuro, los parados de larga duración, los miles y miles de familias que tienen a todos sus miembros en paro, los que han perdido todo por una hipoteca que no pueden pagar, los que han visto desaparecer gran parte de sus ahorros en operaciones bancarias de alto riesgo de las que ni si quiera habían sido informados y, ahora, ven congeladas sus pensiones de hambre, los que creyeron en que se iba a reformar el capitalismo cuando ha sido el capitalismo el que ha terminado comprando a los políticos, incluso los que, en su momento, confiaron en un Zapatero que prometió solemnemente que el poder no le iba a cambiar y, ahora, se encuentran con que ha sido la dura realidad la que le ha cambiado a él.

Mientras desde algunos sectores de la izquierda, a setenta y dos horas de la jornada electoral y a cuarenta y ocho del día de reflexión intentan rentabilizar las protestas, apoyando unas reivindicaciones que van contra sus propios intereses, desde la derecha, especialmente desde el PP, -cuyo portavoz, Esteban González Pons, ha llegado a decir que todo es un montaje de los antisistema y que la verdadera protesta está en votar al Partido Popular,- se ha intentado salir en defensa de los políticos. Por su parte desde determinados círculos mediáticos extremistas se está extendiendo la tesis de que todo es un montaje de Rubalcaba, algo que parece haberse creído Álvarez Cascos cuando ha denunciado que el PSOE está detrás de las protestas.

Y Mariano Rajoy ha querido cumplir ese papel de defensor de los políticos, el mismo día en que, acompañado de Francisco Camps, en Valencia, reivindicaba la figura del imputado presidente de la Generalitat Valenciana, el único que se ha atrevido a presentar toda una lista electoral de implicados en numerosos casos de corrupción, tráfico de influencias, supuestos delitos electorales, prevaricación y un largo etcétera de anormalidades, excesos y tropelías. Algo poco defendible, e incompatible con todo lo que viene reclamando el movimiento “Democracia real, ya”.

Las protestas, que ha tenido una notable repercusión internacional (se están haciendo comparaciones incluso entre la Plaza de Tahir en El Cairo y la Puerta del Sol en Madrid, las movilizaciones en varios países árabes y que comenzó en Túnez, y el movimiento ciudadano que se produjo en Islandia contra una política gubernamental que, a favor de la banca, arruinó al país), parece que van a continuar, aunque la Junta Electoral Provincial de Madrid, invocando precisamente las elecciones de este domingo, haya prohibido las concentraciones de la “Acampada de Sol” porque “puede afectar a la campaña electoral y a la libertad de los ciudadanos en derecho al voto.”

La decisión de la Junta Electoral, prohibiendo las concentraciones de ciudadanos movilizadas por varios centenares de asociaciones de todo tipo, que no pertenecen a ningún partido político y que están luchando porque ningún partido se apropie de un movimiento que lo único que quieren es una regeneración de la democracia, no es la mejor respuesta a “la indignación” de miles y miles de ciudadanos que, por fin, han descubierto que empiezan a escucharles.