La gravedad del atentado de Marrakech

Por primera vez en la “revolución” pacífica que se está produciendo en el mundo árabe, un atentado, en Marruecos, en Marrakech, ha oscurecido la ola de manifestaciones que han sacudido el Magreb y el Oriente Medio y, ha llevado la inquietud, a una zona donde España tiene puestas las máximas esperanzas de normalización y democratización políticas según se han encargado de destacar las autoridades españolas, desde el presidente del Gobierno José Luis Rodríguez Zapatero hasta la ministra de Asuntos Exteriores, Trinidad Jiménez, que ha puesto a Marruecos como ejemplo del país que está en condiciones de abordar las reformas precisas para responder a las demandas de una población cada vez más ansiosa de reformas y de cambios.

Si algún país está preparado para hacer frente a los cambios que exigen sus ciudadanos, -es la tesis que ha venido defendiendo la diplomacia española,- es Marruecos, cuyo rey Mohamed VI, en su momento, emprendió una serie de reformas políticas que posteriormente se paralizaron y que, ahora, a raíz del movimiento del 20 de febrero se han intentado revitalizar con gran desconfianza de una oposición que defiende la necesidad de una monarquía constitucional que reine pero no gobierne y, sobre todo, que prescinda del poder religioso que tiene ahora y que le hace ostentar un papel que no se corresponde con lo que supone un país normalizado democráticamente.

El atentado de Marrakech, en plena plaza de la Jemaa, declarada por la UNESCO Patrimonio de la Humanidad, el principal centro turístico de la ciudad, y que ha causado, por el momento, 18 muertos, es el primero que se produce en el mundo árabe desde que estallaron las primeras manifestaciones en Túnez con la “Revolución de los Jazmines”. Ni en Túnez, ni en Egipto, ni en Yemen, ni en Bahréin, ni en Siria, ni siquiera en Libia, donde la intervención de la OTAN ha provocado una auténtica guerra civil de larga duración, y cuyo fin es imprevisible, se ha producido en los últimos tres meses un atentando de las características del de Marrakech, que, parece tener el sello del islamismo radical.

El atentado de Marrakech, que ha coincidido, además, con la presencia en España de media docena de ministros marroquíes que intentaban vender, a pesar de las manifestaciones, la normalidad existente en el país para la presencia de grandes inversores, y que se han reunido con las máximas autoridades españolas, incluidas Su Majestad el Rey Juan Carlos, abre una notable incógnita sobre las promesas de apertura política expresadas por el rey Mohamed VI, en su discurso dirigido al país el pasado 9 de marzo en el que anunció una profunda reforma constitucional, para la que ha nombrado ya una comisión, y en la que se delegará ciertos poderes al primer ministro, se articulará una regionalización del país que comenzará con el Sahara, y se hará frente a una reforma del status de los “walis” o gobernadores, que serán elegidos democráticamente.

A pesar de todas estas promesas, los integrantes del movimiento 20 de febrero, fecha en que comenzaron las primeras manifestaciones, siguen insistiendo en sus reivindicaciones, especialmente la que exige la desaparición de la autoridad religiosa del rey como jefe de todos los creyentes y descendiente del Profeta.

Siguen pidiendo una Constitución democrática nacida de la voluntad popular, disolución del Gobierno y del Parlamento, formación de un gobierno de transición, independencia judicial, juicio de los culpables de corrupción, de abuso de poder y de dilapidación de bienes públicos, reconocimiento de la lengua amazigh como lengua oficial y la liberación de los presos políticos.

En las cuatro esquinas del reino, los comités de organización del movimiento, compuestos por una cincuentena de personas por ciudad, se coordinan sobre la lista de eslóganes a corear y sobre la mejor manera de organizar las protestas.

Algunos reprochan al movimiento el que no tenga una estructura más representativa claramente definida a escala nacional, lo que contribuye, según ellos, a la poca claridad que les rodea. A estas críticas los jóvenes del 20 de febrero responden que el movimiento pretende mantener su independencia, y que seguirán manteniendo su espontaneidad. No se sienten manipulados por ningún partido ni organización. Sobre todo, no tienen nada que ver con Al Adl wal Ihsan (Justicia y Caridad), al que definen como el que mueve los hilos del movimiento por los medios oficiales. Una cosa está clara: las marchas del 20 de marzo se desarrollaron sin enfrentamientos ni provocaciones.

El atentado del jueves puede hacer cambiar todo.