Libia ¿Una intervención muy progresista?

Después de una semana de confusión, de enfrentamientos entre países europeos (Francia, Alemania e Italia), de ausencia de coordinación y de presiones del presidente de Estados Unidos, Barack Obama, la OTAN se hará cargo desde hoy de todas las operaciones de la guerra de Libia en la que está participando España aunque oficialmente se esté presentando no como una guerra, sino simplemente como una ayuda a los combatientes libios para que no sean exterminados por el coronel Muamar el Gadafi.

El actual jefe adjunto del mando aliado conjunto de Nápoles (Italia), desde donde se dirigen las acciones contra el país norteafricano, el teniente general canadiense del Ejército del Aire, Charles Borchard es el que substituirá al mando norteamericano y dirigirá todas las operaciones militares.

Todo este proceso final de traspaso que ha llenado de confusión e incluso de alarma, a la opinión pública mundial que todavía ignora si el verdadero objetivo de la guerra es terminar o no, con el coronel Muamar el Gadafi, es lo que, no muy afortunadamente, ha definido el periódico “The New York Times” como una “intervención muy progresista”, es decir una lección sobre como hacen los progresistas la guerra.

Según esa tesis, cuando la marea cambió contra la rebelión anti-Gadafi, el presidente Obama parecía determinado a mantener a Estados Unidos alejado de la contienda civil libia, pero resultó que el presidente estaba dispuesto a comprometer a fondo a EEUU en la intervención. Sólo quería asegurarse de que las cosas se hiciesen del modo más multilateralista imaginable y menos a lo cowboy.

Y su Administración lo ha logrado. Al menos en la fase inicial, nuestra guerra en Libia parece el bello ideal de una intervención internacionalista progresista. Ha sido bendecida por el Consejo de Seguridad de Naciones Unidas. Ha sido respaldada por la Liga Árabe. Ha sido impulsada por los diplomáticos del Departamento de Estado de Hillary Clinton en vez de por los militares del Pentágono de Robert Gates. Su propósito humanitario está mucho más claro que su conexión con la seguridad nacional estadounidense. Y no fue iniciada por los marines o las fuerzas aéreas de EEUU, sino por cazas de la República francesa.

Es una intervención sacada directamente del guión de Bill Clinton de los noventa. En otras palabras, un completo alejamiento de los métodos más unilateralistas de la Administración Bush. Aquí no hay “coalición de los dispuestos”, ninguna referencia despectiva a la “Vieja Europa”, ni frases como “o estás con nosotros o con los terroristas”. En su lugar, la Casa Blanca de Obama ha mostrado una exquisita deferencia con las instituciones internacionales y los Gobiernos extranjeros, que fueron arrollados o ignorados por la Administración Bush.

Pero la realidad es que esa “deferencia “que ha tenido con más de veinte naciones de cuatro continentes ,y con unos objetivos fijados en la resolución 1973 por Naciones Unidas no tiene nada que ver con esa versión progresista de las intervenciones militares y si con los intereses directos de Estados Unidos.

Y Libia, no forma parte de esos intereses ya que, en todo caso es un problema que afecta al patio trasero europeo, a los problemas energéticos e inmigratorios de Europa. Por eso Barack Obama no quería intervenir y quería que Europa lo hiciese, una Europa que sigue sin tener una política exterior común y escasa capacidad de respuesta militar sin los Estados Unidos.