Las improvisaciones y ocurrencias de Miguel Sebastián…

El Gobierno ha conseguido desviar el debate político y económico e incluso, en este momento,  el debate de nuestras relaciones internacionales, hacia la última ocurrencia del ministro de Industria, Miguel Sebastián, de multar a los ciudadanos que conduzcan a más de ciento diez kilómetros en autovías y autopistas.

Con la excusa de que hay que ahorrar gasolina por la crisis política que está viviendo Libia de donde procede algo menos del trece por ciento del petróleo que consume nuestro país, España se ha convertido en  el primer país europeo que ha decidido una medida tan impopular como improvisada. Italia importa más del treinta por ciento de su petróleo de su antigua colonia; Alemania supera también a España ,  pero solo aquí  se ha decidido aplicar esta medida obligatoria  que fue anunciada por el vicepresidente del Gobierno, Alfredo Pérez Rubalcaba al finalizar el último Consejo de Ministros.

Sin la presencia del ministro de Industria, que parece ser el autor de la peregrina  idea, el vicepresidente tuvo que improvisar unos datos de ahorro que han sido puestos en duda por los expertos, por los partidos políticos y,  sobre todo, por los ciudadanos, cada vez mas indignados por la progresiva escalada de  prohibiciones.

Hasta ahora,  el ministro Sebastián ni ha dado la cara, ni ha querido explicar el tipo de cálculo que ha hecho en lo que parece una ocurrencia más de una larga lista de despropósitos, que comenzó con la obsesión del coche eléctrico que iba a ser la gran solución para nuestros problemas de consumo de gasolina y gasoil, siguió con el demagógico gesto de la corbata para mitigar el calor y ahorrar energía en centros de trabajos y en centros públicos y cerro, hasta la genial idea del viernes, con el reparto gratuito de bombillas de bajo consumo  como gran solución para pagar menos en el recibo de la luz. Hay que decir que este año el recibo de la luz ha subido nada más y nada menos que el diez por ciento y  que poco podrán ahorrar los que se han acercado a las oficinas de Correos para recoger el pack de bombillas milagrosas.

De ese pack de veinte millones de bombillas que tuvo que fabricarse en el extrajero y que costó, nada más y nada menos, que cincuenta millones de euros, han sobrado  casi el setenta y cinco por ciento y en estos momentos siguen almacenados en las dependencias de Correos, ya que solo un veinticinco  por ciento de los vales han sido canjeados, sin que se sepa cuál será su destino final ya que gran parte de la población ni siquiera ha utilizado el vale.

La idea –estrella de las bombillas llegó hasta el Parlamento en un debate que se desarrollo entre chistes y risas,  hasta el punto que el señor Sebastián, indignado (su sentido del humor va parejo al de sus ocurrencias)  afirmó que no entendía  las burlas sobre las bombillas  y que tampoco sabía por qué  era divertido que España, como pionera,  se adelantase a la prohibición  de las bombillas incandescentes en todo Europa. Según él, la operación suponía una rentabilidad del 2.500 por ciento.

“En fin – fue su conclusión- seguiremos aguantando chistes  sobre las bombillas”. Lo malo es que a partir de ahora tendrá que seguir aguantando chistes sobre las pegatinas de quita y pon, sobre el coste de cada pegatina que se pondrán en las señales de prohibición que cuestan cada una algo más de cuarenta y dos euros, sobre las multas que se van a recaudar por tan peregrina idea, sobre quien se lleva el dinero de las chapuceras pegatinas, sobre cuánto van a durar y sobre cuanto costará quitarlas en su momento si deciden quitarla o cambiarla por otras más restrictivas si se complica la situación del petróleo en Oriente Medio y el precio del barril del  crudo.

Mientras estemos en esto,  no estaremos en otras cosas. Al encendido y cansino debate sobre la nueva Ley del Tabaco le ha sucedido ahora el debate sobre el límite de velocidad y…las pegatinas.