Egipto: ¿Salida a lo Suárez o a lo Arias Navarro?

El tsunami revolucionario y pacífico que se llevó por delante en Túnez , hace un mes, al régimen del dictador Ben Ali, ha contagiado al principal país de Oriente Medio y ha provocado la caída de Hosni Mubarak, el presidente egipcio que ha gobernado el país, con mano de hierro, desde hace casi treinta años, al tiempo que se abre un proceso de transición hacia la democracia, vigilado por el Ejército que en todo momento se ha negado a reprimir las manifestaciones contra el régimen corrupto de la familia Mubarak.

Hace una semana, el periódico “The Washington Post” en su análisis sobre la revolución egipcia y el proceso de transición que está intentado controlar Estados Unidos, dado el poder que tiene sobre su Ejército, y la ayuda militar que presta al Régimen, ponía a España como ejemplo del cambio pacífico que se produjo en España, hace ahora treinta años, tras la muerte del general Franco y la subida al trono del Rey Juan Carlos.

Para el periódico norteamericano, el ejemplo español era válido y, con muchos matices, podría servir para encauzar la autentica revolución pacífica. que está viviendo Egipto y que ningún analista había previsto, aunque allí, el dictador, aquejado gravemente de un cáncer, todavía no ha muerto y se ha venido aferrando al poder y, por ahora, no se vislumbra en el horizonte, una persona parecida a Adolfo Suárez ni nadie que pueda cumplir el papel del Rey.

El candidato de Estados Unidos es, o por lo menos ha sido hasta ahora en que los acontecimientos pueden desbordar todas las previsiones y análisis, Omar Suleiman, el jefe de los servicios de inteligencia, intimo colaborador de Mubarak, y, uno de los artífices de los acuerdos entre El Cairo y Tel Aviv para el reconocimiento del Estado de Israel.

Suleiman ha sido considerado internacionalmente como “uno de los más poderosos jefes de inteligencia del mundo”, mientras que el Foerign Policy Magazine lo ha calificado como el “jefe de inteligencia más poderoso del Medio Oriente”, por delante, incluso, del jefe del israelí servicio de inteligencia Mossad,

Pero, en todo caso Suleiman, no es Suárez, aunque, los dos, hayan hecho sus carreras políticas dentro del régimen, sino, en todo caso Arias Navarro, el antiguo hombre encargado de la seguridad del Estado, perseguidor implacable de los franquistas, y, al fin y al cabo, el albacea del Caudillo y de su legado.

Probablemente, hace varias semanas Suleiman hubiera tenido una oportunidad para pilotar una transición hasta el mes de septiembre en que están convocadas unas elecciones que tienen que ser limpias, abiertas y justas, pero, esa oportunidad la ha perdido por su empeño en que Mubarak siga en el poder, algo que la mayoría del país, y muchos especialistas en transiciones, han considerado imposible. Ya no solo han venido pidiendo su marcha. Exigen su enjuiciamiento por delitos de lesa humanidad, por enriquecimiento ilícito, y por violación sistemática de los derechos humanos más elementales, como ha comenzado a exigirse con intervenciones judiciales concretas de fiscales, contra ex ministros y empresarios que se han enriquecido durante estos treinta años.

Algo se había conseguido hasta ahora, pese a que Mubarak no hubiese abandonado el poder hasta este viernes… Los manifestantes habían obligado a Mubarak a renunciar a una reelección. Tampoco podría ser elegido ni su hijo, ni el propio Suleiman; se había abierto una mesa de diálogo en la que participbaa casi toda la oposición, incluidos los Hermanos Musulmanes, el gran enemigo que han acaparado el protagonismo de la oposición clandestina y que han sido superados por los jóvenes, la mayoría de ellos sin ideología; el partido en el poder había quedado prácticamente paralizado y diezmado y, hasta los empleados públicos habían conseguido la promesa de un aumento salarial del quince por ciento.

Pero queda mucho por hacer. Queda por disolver el Parlamento actual que ha salido de unas elecciones fraudulentas, levantar la ley de emergencia, formar un gobierno de salvación nacional, la puesta en libertad de todos los presos políticos, juzgar a los responsables de las muertes que se han producido a lo largo de las últimas semanas, garantizar el derecho a la libertad de información y de expresión en todos los medios de comunicación audiovisuales y electrónicos y modificar la Constitución con expertos independientes, imparciales e íntegros.