Un año y un futuro alarmante

El año termina con la anomalía constitucional de un país en “estado de alarma” y el nuevo año comienza con ese misma “estado de alarma” como resumen de doce meses en los que las malas noticias han sido las que han presidido la vida de los españoles.

Un año alarmante en lo económico (somos más pobres, hemos perdido bienestar y hemos tenido que afrontar los primeros sacrificios de un plan de ajuste que continuará en los próximos meses); alarmante en lo político (cada vez son más los españoles que piensan que la clase política es uno de los más importantes problemas del país) y, alarmante en lo social (se han agudizado las diferencias sociales y ha aumentado número de los españoles que están en el umbral de la pobreza)

Y, sobre todo, alarmante en todo lo que se refiere al grado de desconfianza de los ciudadanos en las Instituciones.

Por primera vez desde el final de la transición el sistema está dando los primeros síntomas de agotamiento, con unos partidos políticos que ante la situación de emergencia nacional como la que vive el país, carecen del patriotismo necesario para llegar a acuerdos, a pactos, sin los cuales es imposible ver el camino de la definitiva salida de la crisis.

Ni el comportamiento del partido en el poder, que contempla, impotente final de todo un ciclo que comenzó en 2004 con la llegada a la Moncloa de Rodríguez Zapatero ni el de la oposición, que no está dispuesto a prestar la mínima ayuda a quienes ven ahogarse en medio de la marejada y guardan los salvavidas para ellos mismos, contribuyen a la urgente normalización de la vida nacional, a pesar de las constantes especulaciones de un irremediable rescate por parte de la Unión Europea, que no ha llegado porque, según el Nobel de Economía, Paul Krugman “España es demasiado grande para caer pero, también, es demasiado grande para ser rescatada”.

Pero, mientras tanto, aumenta el riesgo-país, los intereses que estamos pagando por la Deuda Pública amenazan con llevarse por delante muchos de los esfuerzos que se están haciendo para reducir el déficit público, y los más importantes organismos internacionales, siguen insistiendo en que las reformas que se están haciendo no son suficientes.

Quieren más, mucho más, porque hemos tardado demasiado tiempo en acepar la gravedad de la crisis y, hemos hecho menos, mucho menos de lo que la situación del país reclamaba.

El causante de este desfase, por haber hecho menos, mucho menos, de lo que la situación exigía, es el presidente del Gobierno que, arrepentido de su vida anterior, ha hecho examen de conciencia y propósito de la enmienda y, ha decidido inmolarse en aras de los mercados “cueste lo que cueste” y, según él, le cueste lo que le cueste.

Por eso, ya tiene asumido todo el coste político de las reformas que le exigen los mercados, renunciando a un tercer mandato y salvando lo poco que queda de un PSOE desnortado, desconcertado, desanimado y dispuesto a entregar el poder a una oposición, que simplemente espera el desgaste del contrario.

Primero el poder municipal y autonómico, después de haber perdido las autonómicas de Galicia y Cataluña y las europeas, y en el 2012, el Palacio de la Moncloa.

Intentarán encontrar un candidato en unas primarias abiertas cuyo resultado puede ser tan incierto como el de Trinidad Jiménez, frente a Tomas Gómez en Madrid, pero la sangría es tan imparable que los resultados pueden ser muy parecidos a los de las primeras elecciones democráticas de 1977, con un Partido Popular enfrente con una mayoría absoluta superior a la que consiguió José María Aznar en el año 2000.

En este escenario el socialismo no volvería a tocar poder en muchos años, por lo menos hasta después de 2020. Eso es lo que se ha incubado en 2010 y esa es la perspectiva con la que se inicia 2011.