El Papa y Zapatero

El Gobierno y el partido socialista han reaccionado, hasta ahora, con prudencia a los pronunciamientos del Papa Benedicto XVI sobre el anticlericalismo radical agresivo, similar al que se desarrolló en España en los años treinta (proclamación de la República y Guerra Civil) y sobre las leyes del aborto y del matrimonio de los homosexuales, unas leyes, impulsadas por el presidente Zapatero, que han provocado un conflicto abierto con el Vaticano y que siempre son puestas por la jerarquía como ejemplos de ese relativismo moral que corre el riesgo de extenderse a otros países de Latinoamérica.

Frente a quienes pensaban que, dadas las actuales buenas relaciones de España con el Vaticano, especialmente después de que el Gobierno aparcase la “guerra de los crucifijos y la reforma de la Ley de Libertad Religiosa, (ver “La agitada visita del Papa”. www.republica.es), ha prevalecido el criterio de abordar, durante la visita, los temas que más preocupan a la Iglesia Católica respecto a un Gobierno con el que ha tenido tales enfrentamientos que, en vísperas de las elecciones generales de marzo del 2008, pidió, claramente, el voto para el Partido Popular.

En esas fechas la Iglesia, representada por la Conferencia Episcopal, decidía pedir el voto de los católicos para el Partido Popular, partido con el que había coincidido en diversas manifestaciones callejeras a favor de la familia católica y en contra de los matrimonios homosexuales la última de las cuales con la presencia, incluso, de los representantes máximos de la jerarquía: el cardenal arzobispo de Madrid Monseñor Rouco Varela y el arzobispo de Valencia Agustín García Gasco, así como, con la Asociación de Víctimas del Terrorismo

La declaración de la Comisión Permanente del Episcopado pidiendo el voto, para los partidos que no negocien con ETA (Adolfo Suárez, Felipe González, José María Aznar y Zapatero negociaron en su momento) ocultaba que monseñor Iriarte participó de mediador durante las conversaciones con la banda terrorista , en el mandato de José María Aznar, que Radio Vaticana cedió sus micrófonos a Batasuna para que se explicase y que, entonces, el Papa se alegró del proceso que se abrió con el penúltimo “alto al fuego”.

Era la primera vez en la ya larga historia de la democracia española, que el Episcopado adoptaba una actitud tan clara y comprometida con un partido político, hasta el punto que recordaba la posición de la Iglesia italiana durante la posguerra cuando, desde el pulpito, pidió el voto para los partidos que fueran “demócratas” y “cristianos”. La democracia cristiana italiana fue unos de los factores de la gran crisis institucional que terminó con la refundación de gran parte de los partidos políticos y el triunfo de “Forza Italia” y de su fundador Silvio Berlusconi.

Tras las últimas elecciones generales y, gracias a los esfuerzos de la vicepresidenta María Teresa Fernández de la Vega y el embajador en el Vaticano, Francisco Vázquez, se fueron limando muchas de las diferencias entre la Conferencia Episcopal y el Gobierno y, sobre todo entre el Ejecutivo de Zapatero y las máximas autoridades de la Iglesia, aunque, entre muchos cardenales persiste la idea de que el aumento del relativismo moral y la pérdida de muchos valores religiosos, se debe al presidente del Gobierno, al que los sectores más radicales miran como si fuese el “Anticristo” y el máximo responsable de la masonería.

La visita de Benedicto XVI a España, la segunda que realiza desde su designación como Sumo Pontífice (y ya se está preparando la tercera a Valencia donde presidirá la Jornada Mundial de la Juventud), ha transcurrido con normalidad, salvo pequeños incidentes provocados por colectivos que han criticado el coste de la visita, la actitud de la Iglesia sobre los sacerdotes pederastas, la posición de la jerarquía sobre el matrimonio homosexual, la ley del aborto, la enseñanza de la asignatura Educación para la Ciudadanía o la Familia, aunque en ningún momento las manifestaciones en contra han adquirido caracteres de incidentes como temían los que conocen la actuación de grupos antisistema como los que se movilizaron el pasado mes de septiembre en Barcelona, durante la huelga general y los que, incluso, contribuyeron en su momento, a suspender importantes actos, como cumbres de la Unión Europea, por el temor a no poder ser controlados.