La despedida de Fernández de la Vega

Después de catorce años de diputada en el Parlamento, la ex vicepresidenta del Gobierno María Teresa Fernández de la Vega, ha entregado su acta, ha abandonado su escaño, y se ha despedido de sus compañeros del grupo socialista, probablemente, sin comprender todavía, qué es lo que ha ocurrido en la última remodelación del Gobierno en la cual ella ha sido la principal perjudicada.

Sólo una semana antes de que Zapatero hiciese pública la composición del nuevo Gobierno, en la que era sustituida por uno de sus principales críticos, el Ministro del Interior Alfredo Pérez Rubalcaba, la ex vicepresidenta contaba a todo el que quisiese oírla, que el presidente sólo tenía la intención de sustituir a Celestino Corbacho como ministro de Trabajo y que afrontar, en estos momentos, una amplia remodelación gubernamental, como venían pidiendo algunos barones socialistas, suponía el riesgo de paralizar muchos proyectos que estaban en marcha y que eran importantes en el ecuador de la legislatura.

Su tesis, que daba a entender que era compartida por el presidente del Gobierno, era que había que hacer los mínimos cambios y que un cambio en profundidad del Ejecutivo podría suponer que muchas decisiones importantes, que además estaban condicionando toda la legislatura, quedasen aplazadas hasta que los nuevos ministros tomasen tierra y se adaptasen a la nueva situación.

Es más, en cierto modo, daba a entender que Rodríguez Zapatero, con el que entró en Moncloa hace más de seis años, le había confirmado en el cargo, a pesar de los rumores que, insistentemente, señalaban su salida de la vicepresidencia, ante acusaciones injustas, entre ellas que tenía paralizados muchos temas por su obsesión por el control y por una coordinación que era puesta en duda.

Se marchó, sorprendida, sin comprender tampoco cómo Rodríguez Zapatero podía prescindir del ministerio estrella que él había creado, el de Igualdad, y olvidando la paridad, para que hubiese el mismo número de mujeres que hombres, sentadas en el Consejo de Ministros.

En la toma de posesión de Rubalcaba, ni se emocionó públicamente como el ex ministro de Exteriores Miguel Ángel Moratinos, ni mostró el mínimo gesto de desagrado convencido, como dijo, que los ministros deberían estar preparados siempre para tener listas las maletas. Ella era consciente de que, desde hacía meses, dentro del partido (ella no milita en el PSOE), se había extendido la tesis de que había dejado de comunicar, que no se vendían bien los proyectos y los éxitos del Gobierno, y que la coordinación entre ministerios dejaba bastante que desear.

Ahora, en su despedida como parlamentaria (¡cuánto se echará de menos sus cara a cara con la portavoz popular Soraya Sáenz de Santamaría!) no ha hecho público el menor reproche, sino, al contrario, se ha ido proclamando su fidelidad a los valores y principios socialistas y pidiendo a sus compañeros que sigan trabajando “duro, con honradez y sinceridad” para ganar las elecciones generales de 2012.

En su discurso, De la Vega ha aludido a las “alegrías” y las “emociones” que ha compartido con todos sus compañeros. Desde que Zapatero en el año 2000 la nombró Vicepresidenta Primera del Gobierno. “Mis pensamientos, mis sentimientos, mis sensaciones y mi vida ha cambiado, ha crecido, ha madurado y se ha moldeado con vosotros”, ha explicado, a la vez que se ha confesado orgullosa de haber “tenido el honor y privilegio de representar a millones de ciudadanos” en estos años en el Congreso de los Diputados.

“Aunque ya no tenga escaño no puedo, ni quiero renunciar al proyecto socialista” ha declarado ante sus compañeros añadiendo que “las ideas que lo sustancian y los valores y principios que lo guían” siempre serán los suyos.