Una huelga Ni, Ni

Si algunos dirigentes sindicales, medios de comunicación extranjeros que han venido vaticinando el final de Zapatero, o simples ciudadanos, pensaban que la jornada de ayer 29 de septiembre iba a ser similar a la del 14 de diciembre de 1988, contra la política económica del ex presidente Felipe González y su plan de empleo juvenil, apoyada por todos los sindicatos, todos los partidos políticos y en la que participaron prácticamente el noventa por ciento de la población activa, cerca de ocho millones de personas, se habrán llevado una gran decepción.

Al margen de cifras, de las que se carecen de datos fiables, porque los sindicatos están manejando una participación irreal, del setenta por ciento y, el Gobierno, por primera vez, se niega a dar datos que tienen en su poder sobre el desarrollo de la jornada (“efecto moderado y seguimiento desigual” se ha limitado a decir el ministro de Trabajo Celestino Corbacho), la realidad es que la huelga ni ha sido general ni masiva y que solo ha tenido efectos parciales.

Quizás porque ni contaba con el apoyo de todos los sindicatos, al margen de UGT y Comisiones Obreras, ni la solidaridad de todos los partidos políticos, ni entre la ciudadanía existía, ese ambiente de paro y de movilización callejera, por algo que, como la reforma laboral, es en cierto modo inamovible.

Las dos principales centrales sindicales han tardado meses en convocar la huelga general, cuando tuvieron la oportunidad de convocarla mucho antes de que el Parlamento, que es la máxima representación de la voluntad popular, aprobase una reforma que estuvo en la mesa de diálogo de empresarios y sindicatos durante meses y meses.

Probablemente, nunca en las siete huelgas generales anteriores, que se han producido en España durante la democracia, los sindicatos han tenido más motivos para convocar una huelga general que han querido evitar por todos los medios, porque esos sindicatos durante casi seis años, han sido corresponsales de la política económica que ha provocado el espectacular aumento del déficit público y el inevitable plan de ajuste impuesto por la Unión Europea y el Fondo Monetario Internacional.

En el fondo, ni los sindicatos querían la huelga aunque se han visto obligados a convocarla, ni el Gobierno ha querido el fracaso de los sindicatos, procurando que se dejasen los menos posibles en la gatera. Ha sido una huelga “Ni, Ni” y el Gobierno, desde el mismo día de la convocatoria ha procurado que no haya vencedores ni vencidos.

Por eso, el comportamiento, hasta cierto punto inexplicable, del ministro de Trabajo Celestino Corbacho, en sus labores de portavoz del Gobierno, quien en sus tres comparecencias públicas en el Palacio de la Moncloa, ni ha aportado datos significativos, ni ha hecho una valoración de la jornada, ni, por supuesto, ha proporcionado la mínima información para que se pueda contrastar con la que han venido proporcionando los sindicatos.

“La huelga ha sido un éxito político para los sindicatos y un duro golpe para el Gobierno”, reconocía el presidente del Gobierno Felipe González, al día siguiente de otra huelga general que según “The New York Times” se convirtió en “la protesta más grande en España desde l934”.

En esta ocasión ni ha sido un éxito político de los sindicatos que han conseguido, con dificultades, salvar la cara, ni ha supuesto un duro golpe para un Gobierno que, intervenido por los organismos económicos internacionales, carece de capacidad de maniobra para hacer las rectificaciones que le han pedido los huelguistas en las calles y en las manifestaciones.

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Amplio eco ha tenido la entrega del IX Premio de Periodismo Rafael Calvo Serer, que concede la Fundación del desaparecido diario “Madrid” y que, en esta ocasión, ha recaído en el antiguo corresponsal de “Le Fígaro” en Madrid, en plena transición, Philippe Nourry

Nourry, experto en España, autor de una valiosa biografía sobre Don Juan Carlos (“Un Rey para los Republicanos”) y de una reciente obra sobre la capital española (“La Novela de Madrid” Editorial Planeta), recibió un autentico homenaje con ocasión del Premio que fue glosado por Jaime Arias, consejero de dirección y uno de los más veteranos periodistas de “La Vanguardia” (88 años) y, sin duda, uno de los mejores profesionales con el que cuenta el periódico catalán