Una imagen actualizada de la economía española (XIII)

Dentro de la descripción relevante (D), interpretación rigurosa (I), y prospectiva más verosímil (P), siguiendo el método del autor conocido como DIP, se incluyen hoy en esta décimo tercera entrega de la serie algunos aspectos de la demografía española. Concretamente, los movimientos migratorios exteriores, de tiempos en que España no tenía capacidad para ofrecer empleo a todos sus potenciales trabajadores, que se vieron abocados a la emigración. Y especialmente a partir de 1959, cuando el Plan de Estabilización elevó los salarios en la Europa transpirenaica casi un 50 por 100 sobre su nivel ya muy superior al de España. De esa emigración, visionamos la muestra literaria del libro de Ángel María de Lera “Hemos perdido el sol”, así como un mapa de las Américas, que entonces tenían aún cierta importancia para la salida exterior de los españoles, especialmente Argentina y Venezuela. Muchos años después, hemos visto un cambio radical de sentido, con la llegada a la Península Ibérica de los españoles de la otra orilla del Atlántico, especialmente dominicanos, colombianos, ecuatorianos, bolivianos, peruanos, y paraguayos. Menos inmigración hubo de otros países iberoamericanos como México o Argentina y Chile, estos dos últimos con gran llegada a España de sus ciudadanos en tiempos de las penosas dictaduras de ambas naciones.

Movimientos migratorios

Los movimientos migratorios se producen por diferencias de tensión demográfica sobre los recursos económicos disponibles, desde zonas donde la tensión es mayor a donde es menor. Esa diferencia se produce tanto en el interior (migraciones interiores), como respecto del exterior (migraciones exteriores). Lo veremos en los subapartados siguientes.

Migraciones interiores

La problemática de la población española se agudizó con la guerra civil 1936-39, tras la cual hubo una auténtica reruralización, llegándose a tener el 54 por 100 de la población activa en labores del campo. Una consecuencia de los cambios ocasionados por la guerra, y el racionamiento de alimentos, cuya disponibilidad era más fácil en las áreas rurales próximas a la producción agrícola.

Ulteriormente, el más fuerte crecimiento vegetativo de la España peninsular se dio en las regiones castellano-leonesas, gallega, man­chega, extremeña y en el interior de Andalucía y Murcia. Todas ellas zonas de menor renta per capita, siendo por consiguiente en ellas donde la alta tensión demográfica originaba la ma-yor emigración a las zonas de más fuerte desarrollo industrial1.

El conocimiento preciso del volumen y direcciones de las migraciones interiores es de máximo interés para ordenar el desarrollo económico, ya que las migraciones originan serios problemas de infraestructuras y viviendas en las zonas industriales, y de despoblamiento en los medios rurales. Román Perpiñá Grau calculó, con las cifras de los cinco primeros censos realizados en el siglo XX, que en 1950 una cuarta parte de la población de las provincias de inmigración procedía inmediata o mediatamente de la inmigración; y que, por el contrario, las provincias de emigración habían perdido, a lo largo de cincuenta años, el equi­valente a una sexta parte de su población de 19502. Por lo demás, sería muy complejo hacer una historia más amplia de las migraciones interiores en España, aunque volveremos a tocar el tema más adelante en este mismo capitulo, bajo el epígrafe de la España Vacía.

En las condiciones expresadas, el centro de gravedad de la población de la España peninsular se mostró en continuo desplazamiento hacia el NEE, marcando la senda de los sucesivos equilibrios de las fuerzas demográficas de la Nación, equilibrios que, naturalmente, guardan una relación muy estrecha con los que vienen expresados por los centros de gravedad de la renta y del ahorro3. Sin embargo, desde 1990, esa tendencia está cambiando, con más peso a favor del Sur y el Oeste.

Migraciones exteriores

En lo relativo a las migraciones exteriores, y según hemos subrayado anteriormente, la población española entró en una fase de fuerte movilidad a partir de 19594, cambiando además el destino de la emigración, que abandonó o cedió en sus direcciones tradicionales —América, Argelia5, etc.—, para tender a concentrarse hacia la Europa transpirenaica.

Los estímulos más fuertes para ello fueron, por un lado, los efectos del Plan de Estabilización (recesión de los años 1959-61) y la onda de fuerte prosperidad apreciada en Europa a partir de 1958 (año de entrada en vigor del Tratado de Roma por el cual se creó la CEE). Es interesante subrayar que la salida de un gran volumen de mano de obra española en los años de la recesión, supuso uno de los factores más importantes para el éxito a corto plazo del Plan de Estabilización.

Sin la espita de la emigración según corroboraremos en el capítulo 18, el paro en España se habría elevado a cifras muy importantes, las remesas de emigrantes no habrían alcanzado los altos valores que se obtuvieron, y tal vez se habría producido un retroceso en las medidas estabilizadoras. De hecho, eso fue lo que sucedió en los planes de estabilización de Chile y Argentina, realizados por el mismo tiempo que el español, y con parecidos asesoramientos, pero con resultados muy dispares; precisamente por la imposibilidad, en el Cono Sur de las Américas, de «dar salida» al paro potencial a través de la emigración a países próximos.

La información estadística sobre las migraciones ex teriores entre 2010 y 2019 es muy incompleta6. El hecho principal es que España se ha convertido en un país de inmigración neta, con un aumento de nuevos ave-cindados muy importante, como ya se señaló antes, y así seguirá sucediendo. Mas concretamente, En el plan presentado en 2021 por el presidente Pedro Sánchez, se manifestó que el bajo crecimiento vegetativo, o incluso negativo, obligaba a pensar, de aquí a 2050, en una cobertura de inmigración de no menos de 200.000 personas, netas, anual-mente, iberoamericanos en su mayoría.

Debemos hacer también referencia, aunque sea bre-ve, a las llamadas migra-ciones de temporada que tenían como acicate básico los salarios pagados en Francia por la vendimia, la campaña remolachera y la plantación de arroz. Una emigración de temporada que ha cedido hasta casi desaparecer (salvo para la vendimia), debido a la mecanización, y por la mayor baratura de la mano de obra de otros países.

Por último, hay que citar el importante crecimiento de la inmigración extranjera en España, en un proceso que afecta también a todo el entorno desarrollado. En ese sentido, de todos los países de la OCDE, España ha sido el que ha experimentado un mayor crecimiento de la población inmigrante, que si en 1990 no llegaba al millón de personas, en 2006 superaba los cuatro, el 9,3 por 100 del total empadronado. Las comunidades con mayor concentración de extranjeros son Baleares (16,8 por 100), Comunidad Valenciana (13,9 por 100), Murcia (13,8 por 100) y Madrid (13,3 por 100). Cataluña, Canarias y La Rioja también superan el 10 por 100.

Es preciso comentar a este respecto, las preocupantes dimensiones de la inmigración ilegal, sobre todo a la llegada de inmigrante a Canarias desde las costas de África Occidental, y sobre todo de Senegal, a bordo de navíos muy precarios (cayucos), casi siempre con viajeros subsaharianos del Sahel, con gran peligro de sus vidas. Siendo todavía más numerosos los intentos de ingresar en España ilegalmente en pateras desde el norte de África. De tal modo que como dijo el Papa Francisco, el Mediterráneo, desde Grecia a España, se ha convertido en una gran tumba marítima, por los numerosos naufragios.

Por lo demás, España adquirió una población inmigrante más tarde que otros países de Europa occidental, y de manera más rápida. En 1998 sólo había en el país 1,2 millones de residentes nacidos en el extranjero, en tanto que en 2010 ya se alcanzó la cifra de 6,6 millones (de una población total de 47,5 millones). Muchos regresaron a sus países de origen durante la Gran Recesión (2008-2013), pero no tardó mucho en aumentar su número a 7,2 millones en cuanto hubo cierta recuperación, los mayores contingentes de Iberoamérica7.

Señalemos, además, que el nuevo inmigrante (fundamentalmente el iberoamericano), además de mejorar su condición económica de origen, también busca en España unas condiciones de vida de mayor seguridad. Se percata de que «Europa ha promovido un desarrollo social único en el mundo, siendo el ciudadano el verdaderamente centro de la política, el primer objetivo de las euro-organizaciones, tanto nacionales como supranacionales de la UE y de España»8.

Dejamos aquí el tema por hoy, para seguir el próximo jueves. Y como siempre, los lectores de Republica.com pueden conectar con el autor en castecien@bitmailer.net.

1 Precisamente el tema de movimientos migratorios fue uno de los primeros trabajos abordados por el economista de Ramón Tamames, a partir del censo demográfico de 1960. Publicado en la Revista de Economía Política del Instituto de Estudios Políticos (1960), y después incluida en el libro Cuatro problemas de la economía española, Ediciones Península, Barcelona, 1961.

2 Que el tema como objeto de estudio es antiguo lo demuestra el trabajo de R. de Roda y Jiménez, La emigración de los campos a las ciudades, publicado por la Real Sociedad Matritense de Amigos del País, en 1928. Entre los trabajos posteriores explicativos y sobre los efectos de las migraciones, hay que citar los de Salvador Giner y Juan Salcedo, «Un vacío teórico: la explicación causal de la migración», en Agricultura y Sociedad, núm. 1, octubre-diciembre 1976, págs. 112-126; Antonio González Temprano, «Crecimiento económico y movimientos migratorios en España», en Revista de Economía Política, enero-abril 1975; J. Montes, «Coyuntura europea y transferencias de emigrantes», en Información Comercial Española, núm. 490, junio 1974, págs. 139-164; y Herber H. Karp, «Migración y expansión funcional: Un análisis ecológico de la redistribución de la población», en Revista de Economía, octubre-diciembre 1974.

3 Para una referencia más extensa a este tema, tanto en los aspectos metodológicos como en el análisis de resultados, puede verse el libro de R. Tamames Los centros de gravedad de la economía española, Guadiana de Publicaciones, Madrid, 1968, especialmente págs. 134 y sigs.

4 La obra más completa sobre migraciones exteriores hasta la década de 1960 fue la de J. García Fernández, La emigración exterior de España, Ariel, Barcelona, 1965.

5 Sobre emigración a Argelia, vid. A. L. Fernández Flórez, «Argelia y los españoles», en el Boletín de Emigración, vol. I, núms. 2 y 3 (1929-30) y vol. II, núms. 1 y 2 (1930-31).

6 Como referencia literaria sobre la emigración española en este período, la gran novela de Ángel María de Lera, Hemos perdido el sol.

7 “The tests of tolerance. The country needs immigrants. But does it still want them?”, The Economist, 4.XII.2021.

8 Rocío Colomer Flores, “La tierra prometida”, La Razón, 5.XII.2021.

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