Momentos decisivos de la conquista de Hernán Cortés (I)

El tema no puede ser más actual: la conquista de México por Hernán Cortés a lo largo de su V Centenario (1519-1521), está siendo cuestionada por muchos observadores influidos por la causa indigenista, que interpreta la conquista de México a su manera, denigrante de los conquistadores, con toda clase de rencores históricos. Precisamente, con el propósito de devolver en estos papeles al gran conquistador los rasgos de sus grandes hechos diplomáticos y bélicos, hemos pensado en hacer un compendio de tres entregas para los lectores de Republica.com. En la idea de proporcionar una perspectiva más cabal de lo que puede leerse estos días en la tergiversación histórica sobre la conquista de México. En ese sentido, nos fijaremos en tres momentos cruciales. El primero la llegada de Cortés a Tenochtitlán, la mágica capital de los mexicas, y su primer encuentro con el emperador, o tlatoani, Moctezuma. Una convergencia de lo más pacífica, que podría haberse prolongado en circunstancias más venturosas. Sin embargo, tras ocho meses de convivencia hispano-azteca, se produjo el gran enfrentamiento en la Noche Triste (…) de 1520. Que en esta serie constituye la segunda fecha crucial, que supuso la ruptura de cualquier evolución pacifica del encuentro, que se convirtió en choque de civilizaciones. Finalmente, en la tercera entrega, nos referiremos a la reconquista de Tenochtitlan, y si hablamos de reconquista, es porque Cortés consideraba que estaba luchando por algo que ya había poseído, al comprometerse Moctezuma en convertir a sus súbditos en los propios de Carlos V. Se trata de una historia con grandes convulsiones y proezas por ambas partes, de los indígenas del altiplano mexicano de entonces, y los españoles recién llegados bajo el pendón de Castilla y el mando de Don Hernán.

El primer encuentro Cortés/Moctezuma en 1519

El 8 de noviembre de 2019 hizo 500 años que Hernán Cortés y sus hombres, llegaron a Tenochtitlán, el centro del imperio mexica. El primer encuentro del emperador Moctezuma, y del gran capitán español, cabe compararlo a la convergencia de visitantes de dos galaxias diferentes tras una larga travesía del universo.

Moctezuma, conocedor de la inminencia de esa llegada, intentó disuadir a Cortés de su difícil y peligroso avance a Tenochtitlán: el tlatoani (emperador en náhuatl), envió preciosos regalos a los presuntos emisarios del dios Quetzalcóatl, más que nocivos según la leyenda, para convencerles de no alcanzar su ciudad capital. Pero todo fue inútil, y finalmente arribó un ejército compuesto por cuatrocientos españoles y miles de indígenas ya asociados a Cortés: totonacas, zautlatecas, cholultecas y, sobre todo, tlaxcaltecas.

La ruta de los españoles desde la Villa Rica de la Veracruz se había cubierto entre el 16 de agosto y el 8 de noviembre de 1519, en noventa y dos días de esfuerzos, mediando combates, penurias, e incertidumbre, con problemas de falta de agua y otros suministros esenciales. Sobrevivir y llegar a la ciudad lacustre constituyó de por sí toda una proeza, expresiva de la capacidad organizativa de Cortés y sus capitanes. Quizá lo más importante y decisivo, para el desenlace final de la gran aventura, fue que a lo largo de esa expedición, Cortés se granjeó la alianza con toda una serie de entidades nativas, que le reportaron miles y miles de hombres para su conquista. Eran los conglomerados antiaztecas, por las exigencias de éstos en materia tributaria, y sobre todo de seres humanos para los sacrificios humanos rituales en Tenochtitlán.

En una de las calzadas de acceso a la ciudad, Moctezuma esperaba al misterioso visitante, acompañado de unos doscientos señores de su corte: el tlatoani descendió de las andas en que le transportaban y se adelantó a recibir a su huésped, que bajó de su espléndido corcel.

Hubo parlamentos ceremoniales a través de los lenguas, o intérpretes, Aguilar y Malinche. Y en ese encuentro personal, Cortés le puso a Moctezuma un collar al cuello, de cuentas de vidrio, a lo que el anfitrión correspondió con uno de caracoles y camarones de oro de gran perfección. Después, la numerosa comitiva entró en la ciudad y Cortés y sus principales se instalaron en el hermoso palacio de Axayácatl, con sus amplios anexos, donde fueron obsequiados con viandas, servicios, y joyas.

Tenochtitlán era una gran ciudad, mayor que Valladolid o Granada, con canales cruzados por puentes, y calles que llevaban a la plaza central (el zócalo, donde están el Palacio Nacional o la Casa de Cortés y la propia Catedral), y se situaban los palacios y el Templo Mayor, teocalli, el lugar en que se realizaban los sacrificios humanos. Un camino real conducía al norte, a Tlatelolco, vasto escenario dominado por el templo de Huitzilopochtli, el dios de la guerra; y sede del más importante mercado, donde las compraventas se realizaban por trueque, o pagando con granos de cacao a modo de moneda.

De las casas que Moctezuma tenía en la ciudad, Cortés dijo que eran de maravilla, y que en España no había nada semejante. Y con especial delectación apreció la amplitud y belleza de un gran jardín zoológico, con estanques para peces y jaulas para aves; todos atendidos en sus necesidades, junto a casas de albinos y otros monstruos. De las faldas de las montañas, Tenochtitlán conseguía madera para construir, combustión, muebles, herramientas agrícolas y canoas. Y del nordeste, se obtenían sílex y obsidiana para útiles y armas.

Los sacerdotes aztecas eran ascetas y célibes, y ocupaban una posición social muy elevada. Al mando de todos ellos había dos sumos: uno al servicio de Huitzilopochtli y el otro, al de Tlaloc (dios de la lluvia). El tlatoani designaba a ambos, y él mismo era considerado como un ser semidivino. Tanto Moctezuma como su predecesor Ahuízotl, fueron sumos sacerdotes antes de convertirse en monarcas de lo que era una teocracia ubicua.

Cuando Cortés escribió su segunda carta de relación a Carlos V, en Segura de la Frontera, el 30.X.1520, narró sus conversaciones con Moctezuma, quien le explicó la historia de su pueblo. Citando a Quetzalcóatl y sus mensajeros, que se suponía llegaban de los mares de levante, para sojuzgar a los mexicas. Un parlamento que concluyó con la dramática confesión que hizo de su propia condición personal: “soy de carne y hueso, soy mortal y palpable”. Y Cortés, como enviado no de Quetzalcóatl, sino presuntamente de Carlos V, aceptó el efectivo dominio que se le ofrecía, con la asunción de que a partir de ese momento los mexicas eran súbditos del rey-emperador.

Adelantándonos a próximas entregas, en una semblanza rápida de Don Hernán, diremos que siempre brilló por su valentía como soldado junto a capitanes como Sandoval y Alvarado; con un coraje excepcional en la batalla de Otumba, que recondujo la previa tragedia de la Noche Triste. Y el conquistador supo acabar con cualquier pretensión, de los menos valientes, de volver a Cuba con el amargo sabor de la derrota.

A Don Hernán se le considera históricamente como un grande de la estrategia: por su reconquista de Tenochtitlán, en la que combinó la guerra naval de su armada de once bergantines, con la lucha de desgaste de cien días y cien noches, contra los valerosos mexicas.

Fue Cortés, igualmente un gran diplomático, que consiguió la alianza de las más aguerridas naciones indias originarias contrarias a los aztecas. Y asimismo se convirtió en un verdadero estadista, al fundar la Nueva España, que rigió directamente por casi cuatro años, como gran gobernante: abriendo caminos, creando monasterios, hospitales, puertos, nuevas ciudades, etc. Y respetando personalmente a los indios, a quienes había vencido y también admirado por su valor.

Y no lo menos importante, ejerció de puntual escritor de su propia andadura de conquistador. Con sus Cartas de Relación al rey-emperador: una narración espléndida, base de todos los relatos, crónicas y biografías ulteriores sobre tan asombrosos quehaceres como fueron produciéndose.

En definitiva, con el encuentro Cortés/Moctezuma un 8 de noviembre como hoy, comenzó una relación compleja de dos civilizaciones, con el inevitable enfrentamiento final.

Padre de la nacionalidad mexicana según Vasconcelos, e inventor de México según Miralles, de aquel entonces a hoy han pasado 500 años. Ahora, México es el mayor país hispanohablante con sus 124 millones de mexicanos.

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