Estructuras y Cátedras (y IX)

Ya anunciábamos la semana pasada que hoy jueves, 5 de agosto, terminaríamos la serie preparada para los lectores de Republica.com, sobre las andanzas del Autor en materia universitaria y de consultor económico. Y efectivamente terminamos hoy con una amplia referencia, que también se anunció, al rechazo que tuvimos en la Comisaría del Plan de Desarrollo, en Iberplan, de un dictamen encargado sobre acción regional, y que al final resultó una propuesta federalista. En cierto modo, Gonzalo Sáenz de Buruaga y el Autor, que firmaron ese dictamen, anticiparon lo que sería el Título VIII de la Constitución Española. Siguen después en esta entrega algunos temas complementarios de lo que era la España de entonces, ya con la democracia en el horizonte. Concretamente ante el nuevo plan de desarrollo de Cruz Martínez Esteruelas, y las previsiones que el Autor hizo a Salvador Paniker; en un libro de gran éxito que fue una auténtica exploración democrática. 

El rechazo del dictamen federalista

El dictamen, lo preparamos Gonzalo Sáenz de Buruaga y yo mismo –fue en 1970— y al final de su elaboración tuvimos que meter el acelerador, porque con José B. Terceiro teníamos que irnos a Cuba, los tres, de profesores a los cursos de verano en la Universidad de La Habana.

En el Dictamen, hicimos una crítica a fondo de las políticas seguidas hasta entonces, proponiendo un cambio radical del sistema, con una semifederalización de las regiones españolas a efectos económicos, para que todas y cada una aprovechasen a fondo las posibilidades del desarrollo endógeno. En ese estudio, analizamos a fondo la regionalización de la Segunda República con las autonomías, así como los trabajos llevados a cabo en la Comisaría del Plan de Francia, en las regiones autónomas italianas, en los Länder de Alemania, etc. 

El estudio fue en principio bien acogido, pero tras su lectura Javier Irastorza nos dijo un día, a Gonzalo Sáenz de Buruaga y a mí en visita que le hicimos a su despacho en el Paseo de la Castellana 3: 

-Queridos amigos, vuestro trabajo es técnicamente impecable. Habéis analizado el tema a fondo, pero sintiéndolo mucho, no se publicará: está claramente en contra de todas las tendencias del Plan. Habéis escrito como si viviéramos en otro mundo…

La verdad es que había gente en los últimos diez o quince años de la dictadura, que pensaban que el régimen de Franco iba a durar para siempre, algo que hoy puede parecernos inconcebible, pues según el aforismo de la máxima «no hay mal que cien años dure», todas las dictaduras se acaban en un momento dado. Pero en la Comisaría del Plan de Desarrollo –y sobre todo por López Rodó—, no se aceptaba que la propia complejización de la economía y la sociedad acabarían por exigir la llegada de la democracia.  

Esa misma tendencia a creer que el régimen de Franco iba a ser perpetuo la vi en otra persona algunos meses después. Concretamente, en 1974, cuando se supo que el nuevo ministro de Hacienda, tras la última crisis de gobierno de Franco, Antonio Barreda me había ofrecido un alto cargo en su Ministerio de Hacienda, que rechacé.

Lo que dijo Martínez de Esteruelas

Por esos días me encontré ya no sé dónde, con Cruz Martínez de Esteruelas, el flamante Ministro de Planificación, quien muy cordialmente me espetó:

-Ramón, ya me he enterado de que no quieres ningún cargo mientras no haya democracia… se ve que optas por la utopía…

-Cruz —le contesté—, la utopía es una cosa difícil, pero con esfuerzo podrá conseguirse, y un día la tendremos en España… en forma precisamente de democracia.

Menos de un año después de ese episodio, Pío Cabanillas dimitió como ministro de Información y Turismo, por estar acosándole los ultras del régimen, y Antonio Barrera, mi mentor, le acompañó en esa decisión: Antonio, siempre hombre listo, se expresó en términos históricos muy pertinentes:

-Me voy, porque no quiero que me enganchen al carro de María Antonieta…

Se refería naturalmente a que de seguir por más tiempo en el ministerio podría acabar, en sentido figurado, en la guillotina de los gerifaltes de un régimen que iba hundiéndose gradualmente.

Negros presagios por el libro de Paniker

En esos negocios y reflexiones estábamos, en la perspectiva fin de régimen, cuando mis declaraciones en el libro de Salvador Paniker, Conversaciones en Madrid, causaron gran revuelo. Entre otras cosas porque la publicación tuvo una espléndida tirada, y llegó prácticamente a todos los que estaban interesados en conocer qué estaba cocinándose en España. Y personalmente, me explayé en mis críticas al Régimen, proponiendo cambios revolucionarios para salir de medianías, con críticas muy claras a Franco.

Enrique Fuentes, con quien cené, en grupo, unos días después de publicarse el libro de Paniker, me dijo después que esa publicación había acabado con mi futuro político, y seguramente también académico en España. Y me dijo:

-Lo mejor es que te vayas al extranjero y explores nuevas técnicas, como las de input-output. Podría ser en Harvard, con Leontief.

-Eso no está mal como idea de pesquisas económicas, pero a otros efectos sería como enterrarme en mi propia tumba… 

Al salir a la calle, Carmen, que también había estado en la conversación, me comentó:

-Este Fuentes Quintana está siempre inquieto ante las posibilidades de un cambio, y voluntariamente o no, lo que quiere es trasmitir su temor a los demás… La verdad es que esa recomendación de irte a estudiar con Leontief, me pareció una especie de maleficio. 

Naturalmente, pasaron los días y vi que mis actividades podían seguir desarrollándose normalmente. Y que el fuerte impacto del libro de Salvador Paniker ya iba erosionándose por las circunstancias del día a día, y que en cualquier caso me había dado más aire entre mucha gente. Con el tiempo se me olvidó por completo lo que me había dicho Fuentes sobre marcharme al extranjero. 

No seré yo quien niegue a Enrique Fuentes Quintana sus valores y contribuciones a la docencia económica y a la elaboración de políticas económicas en España a lo largo de su vida profesional y política. Sin embargo, nuestra relación personal tuvo tintes de afecto/repulsa como sucede a veces entre las personas. En ocasiones, le vi propicio a ayudarme en mi carrera como docente, y profesional de la economía, e incluso como político. En tanto que en otros casos, me pareció que se dejaba llevar por la contra, en combinación con personas que se convirtieron, sin yo saber por qué, en notables perseguidores míos y por quienes nunca sentí la menor inquietud, por su zafiedad. 

Fuentes y yo podríamos haber sido grandes compañeros, como pareció que íbamos a serlo en varias ocasiones, cuando yo era miembro del consejo de redacción de Anales de economía —que él presidía— en el CSIC. O en la elaboración de un libro que él dirigió sobre el Informe del Banco Mundial de 1962 y que editó la Revista de Occidente. Y en otras muchas ocasiones… 

Por lo demás, esa relación fue bastante estrecha en los tiempos de la transición. Así, cuando estuve en la cárcel en 1976, los amigos del Cuerpo de Técnicos Comerciales del Estado, seguramente inducidos por el propio Fuentes, me ofrecieron un homenaje en el restaurante Jai-Alai —en mayo de 1976— con una cincuentena larga de colegas; corriendo el discurso de ofrecimiento a cargo del propio Enrique, que incluyó algunos párrafos muy afectuosos sobre mi persona. 

Y así terminamos la serie sobre andanzas del autor en los años 70, cuando la democracia estaba por llegar. Iniciaremos la próxima semana nuestra colaboración con Republica.com, con un tema más próximo en el tiempo, concretamente la maldita pandemia y sus consecuencias económicas, sociales y personales. 

Como siempre, los lectores de Republica.com pueden conectar con el autor a través del correo electrónico castecien@bitmailer.net.

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