Estructuras y Cátedra (V)

Siguen en esta quinta entrega las andanzas del autor, en lo que fue su acceso a cátedra de Universidad; en medio de toda clase de dificultades, por sus presuntas vocaciones políticas, que nunca llegaron a sustanciarse públicamente hasta poco antes de la democracia. Se relatan las vicisitudes de unas oposiciones. Con la fiesta nacional y brutal de la trinca entre candidatos, hoy desaparecida con una endogamia creciente y sin apenas lucha dialéctica en los accesos a cátedra. En esas sesiones difíciles del 1968, en las oposiciones que narramos, el candidato expuso su teoría sobre los centros de gravedad de la economía, incluyendo población, renta y ahorro.

Unas oposiciones a dos cátedras y cuatro opositores

A la convocatoria de cátedra, de sendas plazas para Barcelona y Málaga, nos apuntamos cuatro candidatos, quedando así claro que aquello no iba a ser un paseo triunfal como el de la adjuntía. Más bien serían unas oposiciones en la línea de lo que Gregorio Marañón llamó la fiesta bárbara de los españoles, junto a las corridas de toros. Porque las oposiciones entonces tenían una estructura de competición, con la crueldad de las célebres trincas entre los propios opositores, para criticarse unos y otros.

El primero de los cuatro ciudadanos concurrentes era José Díaz Pardo, ya catedrático de Escuelas de Comercio, y que pronto se dio cuenta de que iba a tener poco que hacer en la oposición. El segundo, Rafael Martínez Cortiña, discípulo de José Luis Sampedro, llegaba al nivel cátedra con una cierta formación, fruto de años al lado de su maestro. No vimos que tuviera sentido hacernos sangre entre nosotros, y asumimos que más bien lo que teníamos era un adversario común: el candidato procedente de Barcelona, Luis Verdú: hombre inteligente, con buena capacidad de expresión, y un buen teórico en redes algebraicas, pero no en Estructura Económica. Eso tuve que decírselo y repetírselo a lo largo de los ejercicios: «Sr. Verdú, se ha equivocado Vd. de cátedra. Esto no es lo suyo, le han aconsejado muy mal».

Pero el verdadero problema no era la mayor o menor sabiduría de Verdú o que apenas tuviera publicaciones. La cuestión fundamental radicaba en que un miembro del Tribunal, el Prof. Pifarré, de la Universidad de Barcelona, estaba claramente a su favor. Según se decía, debido a que Verdú era funcionario de la Delegación de Hacienda y Pifarré tenía un despacho de asesoramiento fiscal. Un contexto en el que de Pifarré se citaba una frase muy sonada, que yo no le oí, pero que todo el mundo le atribuía, en paralelo a la mecánica de Arquímedes sobre la palanca: «Dadme tres votos favorables sobre cinco, y haré catedrático a un poste de telégrafos». A Verdú también le apoyaban el Prof. Berini (falangista) y Fernández Pirla, más ecuánime y que sería, después, el primer presidente del Tribunal de Cuentas en tiempos de democracia.

Los otros miembros del Tribunal eran José Luis Sampedro, propicio a Rafael Martínez Cortiña, y Juan Velarde que apoyaba a su discípulo, ego sum. En definitiva había cuatro candidatos y un tribunal favorable claramente a uno de ellos, Verdú. Con dos catedráticos (Sampedro y Velarde) patrocinadores de sus respectivos candidatos, pero sin fuerza efectiva.

La noticia de que estaban convocadas las oposiciones a la cátedra de Estructura, corrió como la pólvora, en medio de toda clase de rumores sobre la posibilidad de que un presunto miembro del PCE pudiera llegar a formar parte de la academia universitaria. En ese sentido, los organizadores de lo que se presentaba como un espectáculo sonado buscaron un aula suficientemente grande para que cupiera todo el público que se preveía; no solamente de Madrid, sino también de Barcelona, Valencia, Sevilla, etc., de donde se fletaron, si no autobuses, sí numerosos coches de profesores y doctorandos para asistir a las «oposiciones de Tamames». El local elegido fue el gran auditorio del Consejo Superior de Investigaciones Científicas, en la calle del Duque de Medinaceli, frente al hotel Palace.

Las previsiones de concurrencia se cumplieron, hasta el punto de que desde el primer día se dispuso la formación de cola a la entrada de la Sala de Oposiciones. Todo muy disciplinado, por la presencia de cuatro o cinco grises, que hacían pasar lentamente a los asistentes, pidiendo el DNI a los que lucían barbas o melenas, que entonces eran muchos. Y dentro del auditorio, como después se vería, estaban situados policías de paisano de la brigada político-social, dispuestos a intervenir en cualquier momento; como así sucedió.

Ese ambiente, creo que reflejaba una serie de tensiones en torno a mí, dicho sea sin más petulancia de la inevitable. Porque normalmente, a las oposiciones a cátedra no solían asistir más de diez o doce personas, incluyendo los parientes de los opositores. Y si la cosa era muy endogámica, y solo había un concurrente a la convocatoria, entonces a veces sólo estaban el tribunal y el candidato.

Por lo demás, entre los centenares de asistentes a los ejercicios, predominaba la progresía, algunos, incluso con ganas de intervenir al menor indicio de que el tribunal diera preferencia a determinado opositor; tal como había corrido ya la voz del frente Pifarré/Verdú.

Los ejercicios y el Tribunal que decrece

Las oposiciones fueron muy largas. Empezaron a mediados de junio y no terminaron sino más de dos meses después, el 24 de agosto, en plena canícula madrileña.

Al empezar las pruebas, entraron paulatinamente en la gran sala los asistentes hasta llenarla, en lo que yo calculé serían unos 350 asistentes, aunque en los primeros días también hubo gente de pie.

El primer ejercicio consistió en la explicación del curriculum vitae de cada opositor, con todos sus trabajos, experiencia, etc. Es lo que en la jerga universitaria se conocía como el ¡Qué bonito soy! Y tras las exposiciones de los cuatro candidatos llegó la primera trinca, que discurrió como era de esperar con gran violencia dialéctica y en la cual Cortiña y yo intentamos pulverizar el exiguo currículum de nuestro contrincante principal. Este encajó bien el duro ataque, poniendo cara de póquer y respondiendo con firmeza; atacando después con virulencia, aunque se le veía que lo suyo no era el espectáculo universitario. Y como también era de esperar, el coro griego de los asistentes irrumpió varias veces, con aplausos, abucheos, etc. teniendo que amenazar el presidente con la expulsión del respetable

Lo peor vino cuando al terminar el primer ejercicio, el Tribunal se reunió para dar nota a cada candidato. Y en ese encuentro ya sin público debió organizarse el gran trifostio –palabra que yo no he inventado pero que no tiene ubicación en el Diccionario de la Academia aunque es muy impactante per se— entre los miembros del Tribunal. Más concretamente, José Luis Sampedro y Juan Velarde se debieron sentir humillados ante el bloque formado por los tres catedráticos dispuestos a darle la plaza de Barcelona a Verdú pasara lo que pasara. El resultado es que al finalizar el primer ejercicio y salir las notas (Verdú el primero, Tamames el segundo, Cortiña el tercero y Díaz Pardo en cuarta posición) se anunció también que se habían retirado dos miembros del tribunal; precisamente nuestros patrocinadores, Sampedro y Velarde.

En esos días, alguna explicación me dio Juan Velarde, en la línea de que la atmósfera en las deliberaciones del Tribunal se hizo irrespirable por la clara actitud del poderoso trío en sacar a su candidato, Verdú por encima de todo. E incluso no tanto Velarde como otros presuntos ayudantes suyos, José Luis García Delgado y Santiago Roldán, me plantearon que yo debía retirarme de las oposiciones, porque iban a ser verdaderamente indignas. Qué curioso: en cambio, a Cortiña no le dijeron nada.

Yo para mis adentros lo que pensaba es que lo verdaderamente indigno era el ambiente que se había creado y la postura de algunos dispuestos a hacer lo que fuera para que Tamames no fuera catedrático. En esa dirección no dije absolutamente nada, pero continué en la sórdida batalla, porque me daba cuenta de que después de haber esperado casi cinco años a que Lora Tamayo dejara de ser ministro, resultaría patético abandonar por un prurito de presunta dignidad, impuesto desde fuera. Nunca me arrepentí de seguir esa línea, por aquello de «Señor, protégeme de mis amigos, que de mis enemigos ya lo hago yo».

La trinca más memorable

El segundo ejercicio fue el concerniente a «Memoria, método y fuentes de la asignatura», para dar cuenta de las diferentes aportaciones a efectos del concepto de Estructura, al desarrollo de la misma, la organización de las enseñanzas en la cátedra, etc. En esta ocasión Díaz Pardo quedó fuera de combate, suponiéndose que su formación a efectos de catedrático universitario no era suficiente…

En este segundo examen, Verdú hizo una gran exhibición de sus capacidades matemáticas con la exposición de su teoría de redes, y fue entonces cuando yo le comenté, otra vez, en la trinca, que se había equivocado de cátedra, y que lo suyo eran las matemáticas y el fiscal; en alusión directa a sus habituales ocupaciones en Barcelona, según se decía, en combinación con Pifarré.

Por su parte, Verdú me acusó de plagio de algunos pasajes de mi Estructura Económica de España. A lo que respondí que teniendo el libro más de 1.500 citas, con 720 autores en la lista onomástica, carecía de sentido que yo hubiera ocultado dos o tres casos no citados. Y llegué a decirle aquello tan afrentoso de que «se cree el ladrón que todos son de su condición».

La trinca ganó más y más en ferocidad –otra vez: la fiesta bárbara del Dr. Marañón—, con las insuficiencias y errores de las obras presentadas, acerca de las escasas dotes como profesor, etc. Observaciones que eran festejadas o criticadas por el nutrido auditorio casi totalmente favorables a Cortiña y a mí, y que actuaban, en cierto modo, como contrapeso del tripartito del Tribunal. Hasta el punto de que en algún momento, Pifarré exigió compostura al público. Y en ese momento, un catedrático de Sociología de la Universidad de Madrid, Carlos Moya, que no tenía pelos en la lengua, se levantó y en la voz más alta que pudo le dijo con una peculiar forma de hablar que tenía, entre entrecortada y lapidaria:

  • ¡Eso, eso, Pifarré, eso! ¡Un poco más de compostura! ¡Aplícatelo a ti mismo!, que eres el presidente del tribunal y estás manejando esto como si fuera un cortijo de tu propiedad…

Se armó la gran algazara, y en ese momento, Pifarré que sin duda se esperaba un episodio así, con su dedo índice indicó a dos personas que había en las primeras filas, y que eran policías de la brigada político-social, que se apresuraran a llevarse fuera de la sala a Carlos Moya; lo cual hicieron cogiéndole de un brazo cada uno. El Presidente, aunque ya estábamos en la fase final del segundo ejercicio, aprovechó para suspender las oposiciones durante dos semanas, por ver si así se calmaban los ánimos. Pero reanudados los ejercicios, los episodios se sucedieron en la misma tónica. Y así llegó al final del segundo, que comporto una suspensión más, quedando la cosa pendiente para mediados de agosto; cuando las calles de Madrid estuvieran solitarias y en el aula de exámenes hubiera poca o nula concurrencia.

En el segundo ejercicio le dieron un poco más de puntuación a Verdú, para de ese modo validar su opción de ganar la cátedra de Barcelona, cuestión crucial para los intereses del Presidente del Tribunal.

Diré aquí a los descendientes de los Señores Pifarré y Verdú no me tomen nada de esto a mal, ni me pidan demostraciones. Aquí funciona lo de vox populi, vox Dei; todo el mundo daba por seguro los tejemanejes que se traían ambos próceres. Cosa que en cierto modo reconoció el propio Verdú a mi padre, Don Manuel, en una de las largas etapas de interrupción y tiempos de espera entre los ejercicios de las oposiciones; momentos en que extrañamente acabaron por convertirse en recíprocos paños de lágrimas. No sé si por parte de mi padre para actuar como confidente útil para mí, o si por el lado de Verdú, para contar con una cierta consolación de mi progenitor.

Tercer ejercicio: centros de gravedad

El tercer ejercicio era la lección magistral, el tema escogido por uno mismo del programa preparado ad hoc. Para lo cual yo elegí el tema en que pensé durante mi primer trabajo internacional, en Panamá: «Los centros de gravedad de la economía española». Se trataba de varios indicadores estructurales, a fin de apreciar el desplazamiento de cada uno de ellos, respecto al centro geográfico, ubicado en el Cerro de los Ángeles de Getafe, en las proximidades de Madrid. Así, expresé a través de los censos de los años 1940, 50 y 60, los desplazamientos sucesivos de los centros de gravitación, tanto el demográfico, como los de renta y de ahorro; extrayendo una serie de conclusiones sobre desarrollo regional y progreso o estancamiento de las distintas áreas de la economía y de la sociedad españolas.

La exposición del tema la hice con una serie de diapositivas preparadas por mi mismo, en cuya proyección me ayudó Gonzalo Sáenz de Buruaga. Quien por si acaso había problemas de funcionamiento, llevó nada menos que tres proyectores. Afortunadamente todo funcionó bien con el primero que puso Don Gonzalo.

Uno de los observadores de mi lección fue Enrique Fuentes Quintana, quien al terminar se me acercó, me saludó afectuosamente, y me dijo:

  • Muy bien, muy bien, Ramón. Eso es Estructura Económica: analizar los fenómenos con el aparato, matemático y estadístico más adecuado, para llegar a conclusiones y recomendaciones útiles a efectos de conocimiento de la realidad, y del tratamiento ulterior por la política económica…

Como siempre, los lectores de Republica.com pueden conectar con el autor a través del correo electrónico castecien@bitmailer.net.