Estructuras y Cátedra (IV)

En la serie que tenemos en curso sobre Estructura y Cátedra, con todas las andanzas del autor por esos pagos intelectuales de Dios, hoy nos ocupamos de los pasos sucesivos que llevaron a que en 1968, se produjeran la convocatoria y los ejercicios para dos cátedras de Estructura Económica, una en la Universidad de Barcelona y la otra en la Universidad de Granada y sede en Málaga. En el relato se incluyen las vicisitudes del caso desde la vocación del autor por la cátedra, a las coincidencias y discidencias profesorales de aquellos tiempos, con el acceso a Profesor Adjunto, primer paso hacia la Cátedra. Queda para la siguiente entrega lo que fue la batalla académica en que se vio empeñado el propio autor en “unas oposiciones moviditas”, que llegaría a decir la propia prensa.

Vocación por la cátedra

No recuerdo bien cuándo pensé que algún día podría ser catedrático. Debió ser en 1957, cuando entré de ayudante de clases prácticas con el Prof. José María Naharro, en Economía Política, en la Facultad de Derecho, con ocasión de haber emprendido con él el oficio de profesor ayudante de clases prácticas. Ese fue mi primer contacto con alumnos como docente, y me di cuenta de que me gustaba enseñar lo que sabía, o lo que estaba aprendiendo, a aquellas tiernas almas de no más de 17 o 18 años, a las que en general veía abrumadas por una enseñanza de la Economía Política que en Derecho era de lo más aberrante; por el empleo de matemáticas mal explicadas y peor aprendidas y que luego no les servían para nada.

Previa consulta con Naharro, que estaba en la misma actitud crítica que yo, adopté una visión más directa y práctica, empleando, eso sí, series estadísticas, gráficos, curvas de oferta y demanda, histogramas de frecuencia, esquemas y circuitos, algunas ecuaciones básicas, etc. Y puedo decir que el método fue muy bien acogido, y los alumnos, al final, salían sabiendo resolver los problemas que les planteamos en las clases prácticas, y expresarse con precisión oral y gráfica.

Una vez que se publicó Estructura Económica de España, en 1960, coincidiendo con la terminación de la carrera de Económicas, pensé que ya era tiempo de pasar a la Facultad de Económicas. Pero por entonces estaba empleándome a fondo en una serie de actividades del Ministerio de Comercio: los primeros pasos de una posible solicitud de acceso de España a la CEE, el ingreso en el GATT con largas negociaciones en Ginebra, así como la constitución de la UNCTAD durante lo que fue una estancia muy prolongada en la ciudad del lago Leman. De todo eso ya se hay referencias en estas Memorias, en páginas precedentes.

Entre José Luis Sampedro y Juan Velarde… con Juan

En 1964 me estabilicé ya un poco más en mis trabajos en el Ministerio, y fue entonces cuando finalmente pensé en optar a una plaza de profesor asociado dentro de alguna cátedra de Estructura Económica, la materia que desde siempre a mí más me interesaba. Hice un primer acercamiento a José Luis Sampedro, Cátedro de la materia en la Universidad de Madrid –que generosamente me había prologado mi Estructura—, pero no se me abrió ninguna posibilidad; argumentando, sin más, que ya tenía cubiertas todas las plazas.

En vista de la negativa de Sampedro, que a mí me pareció suscitada más bien por razones políticas —para no complicarse la vida situando en su cátedra a alguien de quien se decía que era miembro clandestino del PCE—, me fui a ver a Juan Velarde, ya catedrático en Madrid, después de haber pasado dos cursos en Barcelona. Con Juan ya había tenido alguna relación como profesor mío en la Universidad. Además, del Prof. Velarde enseguida adquirí el regusto por sus artículos de Economía, que tenían algo de detectivesco, de investigación sobre los centros del verdadero poder económico; por ejemplo, en el estupendo estudio publicado en la Revista de Economía Política sobre las actividades monopolísticas en el sector papelero.

La receptividad de Juan Velarde –desde su cátedra de Estructura II (la I era la de Sampedro)— fue muy alentadora. Enseguida asumí con él la función de profesor de clases prácticas, en 1964. Y de mi nuevo mentor universitario, recordaré un episodio que me parece significativo.

Cuando ya llevaba unos meses como asociado de Velarde, el runruneo sobre mi pertenencia al PCE estaba ya muy extendido, y un día, el Cátedro me llamó y me preguntó directamente si yo pertenecía a esa organización.

Yo no le podía decir ni que sí ni que no: decirle que sí, podría haber supuesto tal vez el final de nuestra relación, aparte que no tenía por qué decir nada sobre mi adscripción política; y decirle no, habría sido una mentira. Mi contestación fue de tercera vía:

  • Lo único que puedo decirte, Juan, es que yo estoy por la democracia, y no pienso participar en ningún proyecto de autoritarismos de ninguna clase. Mis ideas tendrán un origen u otro, pero, perdóname que te lo diga, ya me he expuesto algo como para mostrar que aquello a que aspiro fundamentalmente es que España sea un día un país normal, democrático, con libertades; con una Constitución para convivir todos libremente…

Ante esa contestación Juan reaccionó en el sentido más positivo:

  • Con eso me basta, Ramón, con eso me basta. Ya lo has dicho todo… ¡Hala, seguiremos trabajando juntos!

En el Caserón de San Bernardo, otra vez

Poco después, en noviembre de 1964, Juan Velarde tuvo algunos problemas de salud que le obligaron a suspender sus enseñanzas en la Universidad por un tiempo. Y como yo ya había publicado mi libro de Estructura, lo que me había dado un cierto renombre sobre sus distintos ayudantes, me llamó para pedirme, como gran favor, que me ocupara de dirigir la cátedra durante su obligada ausencia. Para mí fue un gran ofrecimiento, porque me situó en la punta de la actividad docente. Además, con la indicación de que explicara la asignatura como quisiera, con los métodos que me parecieran mejor, y empleando las fuentes bibliográficas que quisiera seleccionar… e insistió en que utilizara mi libro como texto básico. Así lo hice y fue mi primer curso como pleno profesor universitario, lo cual me llenó de entusiasmo.

La cátedra de Estructura Económica II todavía tenía sus clases en el viejo caserón de San Bernardo, en un aula que a mí me gustaba, porque era bastante silenciosa de entorno, y además tenía una inclinación fuerte, de manera que desde la tarima del profesor, se veía muy bien a todo el mundo. La clase la teníamos a primera hora de la mañana, y a base de recomendar puntualidad conseguí que, efectivamente, a las nueve en punto estuviera todo el mundo sentado y preparado para las explicaciones.

A lo largo de mis enseñanzas ese año 1964, tuve experiencias muy buenas con alumnos como Carlos Sebastián y José Ruiz Castillo. Este último hijo del editor propietario del sello Editorial Nueva, que había publicado las obras completas de Pío Baroja. Aquel año tuve otros alumnos, entre los cuales estuvo también Julio Segura, que luego fue Catedrático de Teoría Económica muy joven, y que tras ser consejero del Banco de España asumió la presidencia de la CNMV; y creo que también fue alumno mío Carlos Solchaga, Ministro de Economía y Hacienda durante casi ocho años en los gobiernos de Felipe González.

Así las cosas, en 1963, hice una aproximación al Ministro de Comercio, Alberto Ullastres, para plantearle la posibilidad de que influyera en el ministro de educación, Lora Tamayo, a fin de ver si se decidía a convocar las cátedras de Estructura Económica que tenía congeladas. Pero la buena gestión de Ullastres no tuvo ningún éxito, y creo que ya lo he explicado en otro lugar.

De Profesor Adjunto…

Surgió entonces otra convocatoria de menor rango, la de profesor adjunto, que el ministro no controlaba, porque era competencia exclusiva de la propia Facultad, por lo cual no tuve problema y me presenté a esas oposiciones. Y cuando estaba empezando a prepararlas, surgió una orden ministerial para evitar burocracias, determinó que en el caso de que a unas oposiciones a adjuntía sólo concurriera un candidato que el Tribunal estimara tener méritos suficientes —considerando los alegados— podría decidirse que la oposición no era necesaria.

Eso es lo que ocurrió: sólo me presenté yo, y por aquello que se denomina en lingüística ley del mínimo esfuerzo, solicité que se aplicara la referida Orden Ministerial. Y así se hizo, de modo que fui designado profesor adjunto de la Universidad de Madrid sin tener que pasar por examen alguno: placentero suceso.

El hecho de ser adjunto, ya me dio la posibilidad de asistir a la Junta de Facultad, donde sólo tenían acceso los catedráticos y los adjuntos; con posibilidades de intervenir en numerosos debates sobre problemas de enseñanza y organización de estudios. Eran discusiones muy largas y tediosas, y cuando ya tuve un poco más de confianza dejé de concurrir a tales encuentros, para dedicarme a actividades más provechosas.

Tras el cese de José Lora Tamayo como Ministro de Educación y Ciencia, en 1968, la previa amistad con José Luis Villar Palasí (por el Instituto de Estudios Políticos), el nuevo ministro de Educación, y con Secretario General Técnico en la persona de Alberto Monreal Luque (profesor como yo de la academia de técnicos comerciales), hizo posible que mediando mi encarecida petición, se convocaran las oposiciones a Cátedra por tan largo tiempo demoradas.

La verdad es que yo llegué a las oposiciones a cátedra ya mayor de lo que había esperado, con 33 años, cuando podría haberlo hecho con 27 o 28. Sin embargo, ese desfase me permitió ir con mejor formación, con lo cual en 1968 pensé que estaba en condiciones de alcanzar mis objetivos.

Como siempre, los lectores de Republica.com pueden conectar con el autor a través del correo electrónico castecien@bitmailer.net.