Estructuras y Cátedra (II)

En esta serie sobre nuevas andanzas del autor en el complejo mundo editorial y también de las cátedras de universidad, incluimos hoy una entrega sobre la publicación del libro Estructura Económica de España. Nos ocupamos de cómo se concibió y se editó ese trabajo evolutivo a lo largo de más de cincuenta años (25 ediciones), para convertirse en el manual de miles y miles de ulteriores economistas. La obra fue puesta en el mercado por la Sociedad de Estudios y Publicaciones del Banco Urquijo, cuyo gestor principal fue el gran poeta José Antonio Muñoz Rojas: un elegante andaluz, con virtudes de tolerancia, en tiempos que se evocaba todavía la reforma agraria. Al frente del Banco estaba Don Juan Lladó Sánchez-Blanco, cuyos hijos, José y Juan, siguen en el mundo empresarial español de hoy en día.

Mi editor y mis correctores de pruebas

En la primavera de 1960, la publicación del libro ya me empezó a parecer factible: estábamos en el segundo curso de la academia de técnicos comerciales del Estado, y creo que la calidad de los temas había ido para arriba; con todos los inputs bibliográficos ya comentados y mis propuestas de cambios estructurales en cada punto. Y fue por entonces cuando Naharro me prestó un apoyo decisivo.

  • Buena idea, Tamames. Un libro como ese, hace mucha falta. Así le dará una buena lección a Prados Arrarte –a quien se veía que no tenía grandes afectos—, que siempre anda presumiendo de saber más que nadie de economía española. Supongo que ya tendrá Vd. pensado el editor…

  • Pues no, Don José María… Se admiten sugerencias...

  • ¡Hombre! Pues claro que sí: el Banco Urquijo se lo podría editar, con nuestro sello de la Sociedad de Estudios y Publicaciones. Ya sabe, el mandamás de la cosa es el Secretario General del Banco… José Antonio Muñoz Rojas…

Pocos días después tuve una entrevista con Muñoz Rojas que además de sus importantes cargos en el Banco, pasaba por ser uno de los grandes poetas españoles del momento. Hombre enjuto, de vivos ojos negros, siempre sonriente, con un elegante acento andaluz que conservaba a pesar de sus muchos años en Madrid. Liberal convencido, se ocupaba de los mecenazgos del Urquijo, sin grandes alharacas, desde la Sociedad de Estudios y Publicaciones, atendiendo a personas como Xavier Zubiri, Pedro Laín Entralgo, Julián Marías o Vicente Aleixandre; así como a otras muchas que necesitaban de apoyos económicos en tiempos en que ser intelectual no era precisamente de lo más crematístico.

Ya puesto de acuerdo con la Sociedad de Estudios y Publicaciones se seleccionó un impresor, que casualmente tenía su taller cerca de mi casa, en un recoveco ya desaparecido de la calle Modesto Lafuente. La imprenta era auténticamente antediluviana, y en ella empezaron a componer el libro, la mayor parte con linotipia, aunque algunas partes, sobre todo los cuadros estadísticos, aún se confeccionaban por cajistas que actuaban con gran destreza manejando los tipos de imprenta.

Con especial delectación, visitaba yo de vez en cuando a los impresores, para ver cómo marchaba la cosa, y trabé conocimiento con los correctores de pruebas que eran de lo más cuidadosos: uno leía el original y el otro iba viendo las erratas que pudiera haber en las galeradas. Y además, en ese proceso, frase a frase, y sin pedirme permiso para ello, hacían enmiendas de estilo. Dos personas admirables, ya de bastante edad, que eran como mis ayudantes literarios… y también de contenidos. Porque más de una vez me hicieron observaciones muy atinadas:

  • Don Ramón, aquí en la página 85 se refiere al INI, y lo hace en términos contradictorios con lo ya dicho en la página 37. Debería revisar usted los dos pasajes para conciliarlos…

En otras ocasiones, las observaciones tenían otro cariz:

  • Don Ramón, tenga Vd. cuidado con lo que dice de la política agraria, porque todo eso no se lo va a pasar la censura… Podría dulcificarlo, escribir entre líneas…

La buena gente de la imprenta llegó a resultarme entrañable, y uno de los más pretenciosos, me dijo un día:

  • Nada, nada, Don Ramón, que su trabajo nos está dando mucha moral, porque vemos que Vd. va al grano y dice grandes verdades… Figúrese como apreciamos los tipógrafos algo así… Durante la guerra nos movilizaron a todo, incluyendo a los que no tenían ni 18 años, y nos descuartizaron: a unos en los frentes y a otros, en los primeros tiempos del régimen de Franco, con cárceles y depuraciones… Ya sabe Vd. que la mayoría de los tipógrafos votábamos socialista o comunista…

La productividad del Plan de Estabilización de 1959

Otro recuerdo de la imprenta, que he evocado bastantes veces se refiere a cómo la productividad puede dar grandes saltos: en la impresión de mi libro, trabajaban dos operarios con una máquina plana de sólo 16 páginas, a 750 golpes por hora según pude comprobar; imprimiendo únicamente por un lado, y teniendo que manejarla dos tipógrafos o aprendices de.

Tres años después, en la misma imprenta, ya disponían de una máquina supermoderna, importada de Alemania, una Heidelberg, que imprimía 16 páginas por cada lado, el doble que dos años antes. Y los 750 golpes a la hora se habían convertido en 3.000, cuatro veces. Y en lugar de dos personas, la máquina la manejaba una sola.

En pocas palabras, la productividad había crecido 2x4x2, es decir, 16 veces; o si se prefiere, un 1.600 por 100. Eso es lo que explicaba que, en el conjunto de la economía, al modernizarse el equipo de gran número de empresas con el Plan de Estabilización, iniciado en 1959, en los años 61 y 62 tuviéramos crecimientos verdaderamente chinos: del 12 por 100 del PIB anual; que se debieron, fundamentalmente, a la mejora del capital productivo.

Sin causa, la voz de un poeta

Por lo demás, y no obstante las inquietudes de mis amigos de la imprenta, no hubo problemas con la censura y a ser sincero, para nada me ocupé del tema, que lo resolvió el propio editor, de quien mi cátedro, siempre un tanto irónico, me dijo con no poca retranca:

  • Tamames, su editor, o sea José Antonio Muñoz Rojas, Secretario General de esta digna casa, me ha comentado que le gustaría verle para no sé qué cosas de su libro. Como ya tiene Vd. capillas de los primeros pliegos, será bueno que se las lleve y hablen tranquilamente…

Al día siguiente acudí al despacho de Muñoz Rojas, quien muy sonriente me ofreció un café, nos sentamos en una mesa baja delante de un sofá, y yo le hablé de que, efectivamente, ya había capillas. Me dijo:

  • Anda, déjame verlas, a ver cómo funciona esa imprenta, que nos han dicho que es pobre pero honrada…

  • Sí, sí que lo es. Y además tiene unos correctores extraordinarios… He hecho buena amistad con ellos.

Muñoz Rojas empezó a pasar las capillas con los pliegos ya pacientemente abiertos por mí, y en un momento dado llegó al capítulo de política agraria, decidiéndose a examinarlo con mayor atención. Sin duda porque siendo propietario de algunas fincas en su tierra natal de Antequera, todo lo agrario le interesaba de forma primordial.

  • Bueno, bueno, Ramón, esto tiene buena pinta –y siguió hojeando el libro hasta que algo le llamó especial atención—. Aquí está… ya me lo esperaba: «La reforma agraria de la Segunda República»…

Se paró un momento, leyó algunos párrafos, y después como resignado me dijo:

  • Me lo imaginaba conociéndote, Ramón… bueno, bueno, tendrías que haber vivido aquello para ver la inutilidad sin límites… al final la reforma se quedó en agua de borrajas, porque no sabían hacer la o con un canuto, y así llegó la guerra…

La Sociedad de Estudios y Publicaciones, una gran editora

Casi sin proponérselo, el distinguido poeta había hecho el mejor resumen de lo que fue uno de los proyectos de cambio más esperados de la República, que no tuvo ningún éxito, por la burocracia y la incompetencia. Y terminada la guerra, lo realizado de reparto de tierras (mucho más durante la contienda) se recondujo con la victoria: la contrarreforma de Franco puso las cosas como estaban antes.

Lo cierto es que Muñoz Rojas fue para mí un espléndido editor, y al salir la vigésima edición del libro, 40 años después, en el 2000 le visité en su tierra natal donde ya estaba jubilado. Me invitó a comer al Parador Nacional de Turismo de Antequera, porque tenía su casa en obras y le alegró mucho mi visita. Y aunque las referencias sean muy elogiosas para mí, transcribiré algunas de las observaciones que me hizo, cara a cara:

  • Ramón de tus variadas facetas, valoro especialmente una: que eres persona agradecida. Yo he hecho muchos favores en la vida a mucha gente, y sobre todo en la posguerra, cuando todo el mundo andaba buscando avales para defenderse de la represión. Y la verdad es que nadie se molestó en darme las gracias… salvo tú… y además, por meros temas editoriales.

  • Es que, José Antonio, además de buen poeta, eres hombre generoso… Sería difícil encontrar otro editor como tú, y quiero contártelo ahora aunque seguro que ya lo sabías: el Sr. Barba, tu ejecutivo en la Sociedad de Estudios y Publicaciones, me dijo un buen día: «Bueno, Sr. Tamames, los ingresos por ventas han sido de X, y los gastos ascienden a Y. Hemos restado, X-Y, y la diferencia queda para usted… Según mis cálculos, sus derechos de autor suponen el 32 por 100…de la venta».

  • Pues no está nada mal…

  • Además, antes de salir el libro, como tú sabías que iba a casarme ordenaste al Sr. Barba que me diera un anticipo de 30.000 pesetas, que entonces era como tres veces mi sueldo mensual de técnico comercial del Estado. Y que ahora –hablaba en el 2000— equivaldría a unos tres millones de pesetas, una cifra más que notable…

 Muñoz Rojas esbozó una amplia sonrisa de satisfacción:

  • Ya ves que los banqueros no somos tan mala gente como se dice…

  • En tu caso, desde luego que no. Y además, tuviste mucha perspicacia, pues cuando ya estaba para imprimirse la obra, preguntaste a José María Naharro qué tirada debía hacerse, y a qué precio. Naharro dijo muy serio que debían imprimirse 5.000 ejemplares y que como precio, 300 pesetas era razonable; bastante alto para entonces, y expresivo todo ello de que había plena confianza en el éxito. Y así se hizo, con tu beneplácito, resultando que la primera edición no duró ni siquiera un año. Después se sucedieron las versiones continuamente, hasta el día de hoy…

Como siempre, los lectores de Republica.com pueden conectar con el autor a través del correo electrónico castecien@bitmailer.net.