Estructuras y Cátedra (I)

ESTRUCTURAS Y CÁTEDRA (I)

Después de la serie sobre las andanzas del Autor por las Américas, como consultor de países en concreto y organismos internacionales, muy celebrada por los lectores de Republica.com, entramos hoy en la primera entrega de una nueva colección de artículos. Se trata de las actuaciones de Ramón Tamames en relación con la Estructura Económica de España, su opera prima; así como su esforzado acceso a Cátedra de Universidad. A través de unas oposiciones moviditas, cuando la trinca era una fiesta brava, que llegó a decir Don José Ortega y Gasset, a propósito de esas lides en el Alma Mater. A muchos lectores podrá interesarles los vericuetos de la vida del Autor, en el mundo de estudios y de controversia en tiempos de Franco.

Génesis y gestación de mi opera prima

Al ganar las oposiciones a técnico comercial del Estado en 1957, tuve un tiempo de felicidad casi total, y fue entonces cuando mi gran coach —como se dice ahora— Luis Enrique Álvarez Llopis, me ofreció participar como profesor en la academia de preparación de los futuros opositores al Ministerio de Comercio; que funcionaba, por las tardes, en el local de un colegio de religiosos que alquilaban sus aulas para tales menesteres en la madrileña calle de Almagro, muy cerca de casa de mi padre de General Goded, donde yo seguía viviendo.

Acepté animosamente esa oferta, y empecé a preparar los temas relativos a estructura económica de España, con base en mis apuntes y toda una serie de complementos que fui introduciendo, en la idea de que ese cúmulo de textos y anotaciones serían el embrión de mi primer libro, según la idea que tuve en la cárcel de Carabanchel en 1956. De modo que en la redacción de los temas, ya iba incluyendo citas a pie de página con la bibliografía utilizada, de obligada cortesía científica por la labor de quienes nos precedieron en la búsqueda de cualquier conocimiento. El resultado fue que al final de mi primer curso en la academia, 1958, ya tenía un tocho de unos 80 temas sobre economía española, auténtico antecedente de Estructura Económica de España.

El cuadro de profesores de la academia atendía a una buena veintena de alumnos, entre ellos al Carpojo (Juan Antonio García Díez, que llegó a Vicepresidente del Gobierno para Asuntos Económicos con Leopoldo Calvo Sotelo), y a Carlos Bustelo, que sería Ministro, de Industria y Energía, y luego presidente del Instituto Nacional de Industria, el INI. Sin embargo, para mí, el alumno más destacado y extrovertido siempre lo vi en José Jerez, que a cualquier hora tenía preguntas que hacer, así como objeciones que plantear.

En relación con los apuntes que publiqué en la academia, uno de los alumnos se me acercó un día al final de clase, y me dijo:

  • Don Ramón, aquí le traigo el ejemplar de un tema de las oposiciones, de su área de economía española, de otra Academia. Creo que usted mismo podrá apreciar cómo le han copiado todo el texto, sin citarle para nada… En realidad es una chapuza, porque en la edición multicopiada quedan las llamadas a las notas a pie de página, aunque éstas, luego no figuran: se ve que las han quitado para ahorrar… ¡Qué cara tienen!... Estos papeles me los dio un amigo mío que es un alumno de esa academia…

La edición de la Estructura por la Sociedad de Estudios y Publicaciones

Me quedé estupefacto, e inmediatamente entré en comunicación con Luis Enrique Álvarez Llopis que de hecho actuaba como director de la academia. Y juntos, una mañana, nos fuimos a ver a los plagiarios con quien mantuvimos una conversación bastante acalorada al principio. Pero al final llegamos a un acuerdo, de modo que nos transferirían derechos de autor: un 10 por 100 de lo pagado por sus alumnos por nuestros apuntes; en los cuales, además hubieron de citar que estaban preparados por Ramón Tamames. Así lo hicieron los directores de la academia, cumpliendo estrictamente el convenio.

Cuando fui avanzando en la preparación de la Estructura Económica de España mi padre me compró unas estanterías de bricolaje –entonces no se decía así— que instalé en el cuarto de estudios que tenía con mis hermanos en la casa de General Goded 6. Allí acumulaba informes y papeles de todas clases, todo lo que iba consiguiendo en oficinas públicas y centros de estudio. Recolecta de la que tengo muy buenos recuerdos, que corroboraban aquello de que «los datos existen, lo difícil es encontrarlos, y para ello, hay que buscarlos».

La primera de mis visitas fue al Instituto Nacional de Colonización, donde me atendió el funcionario responsable de la gestión de la Biblioteca, a quien pregunté si era visitable algún archivo de la reforma agraria de la Segunda República. El hombre me sonrió muy significativamente, seguro que por estar al corriente de mis andanzas políticas. Me dijo que sí con un cierto secretismo, me llevó a un cuarto próximo donde había un armario cerrado con llave, que abrió para mí:

  • Aquí tiene, Sr. Tamames: lo poco que queda, por lo menos aquí, de los archivos del Instituto de Reforma Agraria, el IRA.

Aquello fue como una mina de oro. Durante varias tardes seguidas estuve examinando los boletines del IRA y otros muchos papeles, extrayendo una serie de informes que después se reflejaron en el capítulo correspondiente de mi Estructura, con toda una serie de estadísticas que hasta entonces nunca se habían publicado; en especial la referente a los grandes de España, que fueron expropiados en 1932 sin ninguna clase de indemnizaciones –salvo alimentos en caso de pobreza manifiesta; por estimarse que el estrato más alto de la aristocracia, de una u otra forma, había participado en el intento de golpe de Estado del General Sanjurjo contra la República en agosto de ese año (la Sanjurjada).

Ese capítulo de mi libro sirvió en mayor o menor medida de base para toda una serie de estudios sobre la cuestión. Y entre ellos, desde luego, los de Edward Malefakis, el hispanista norteamericano, que seguramente por influencias de mis queridos enemigos (los tuve desde muy joven), se cuidó muy mucho de no citarme ni una sola vez en su libro. Práctica que luego han seguido sistemáticamente otra serie de tan impresentables como mediocres personajes, cuyos nombres no voy a reflejar aquí; para no darles ningún mérito, rogando se me perdone la petulancia de esta apostilla, pero todo tiene sus límites.

La segunda visita pro-Estructura que referiré, también relacionada con la parte de Agricultura, surgió con los temas de concentración parcelaria, una política con antecedentes desde 1907 (gobierno de González Besada), y planteada desde 1952 por el mejor ministro de Agricultura que tuvo el régimen de Franco, Rafael Cavestany. Se trataba de corregir la perniciosa fragmentación de las pequeñas explotaciones en gran número de parcelas, que tenían una larga serie de consecuencias negativas para el cultivo.

Para entrar a fondo en la cuestión, un buen día, como de costumbre sin ninguna clase de pre-avisos, me presenté en el Servicio Nacional de Concentración Parcelaria, en la calle de Alcalá, entre Cibeles y la Plaza de la Independencia. Allí me recibieron con gran cordialidad dos especialistas del tema, el ingeniero agrónomo Miguel Bueno, y el economista Fernando Cruz Conde, con quienes a partir de ese momento mantuve una muy buena amistad. Miguel Bueno, murió joven, y en cuanto a Cruz Conde —con ese nombre no puede ser otra cosa que cordobés— mantuve contacto ya para siempre. Buen conversador, también lo es su esposa, de origen ruso, Irina, a la que a veces me dirijo en lo poco que recuerdo de la lengua de Pushkin.

La valiosa ayuda del Prof. José María Naharro

En el Banco Urquijo había un buen Servicio de Estudios, del que en mis tiempos juveniles era director José María Naharro, a quien tuve de profesor de Hacienda Pública en la Facultad de Derecho de Madrid, y a quien en 1957 solicité, consiguiéndolo, que me designara profesor ayudante de clases prácticas. Lo que significó mi entrada en la Universidad como docente en octubre de 1957, con 23 años, tras los episodios de la rebelión estudiantil. Naharro estuvo en la guerra civil en el Ejército Popular de la República, y nunca fue adicto al régimen de Franco. Por eso creo que —incluso cuando en 1956/57 a los “alborotadores y jaraneros”, se nos hizo algún vacío— siempre me vio con simpatía a diferencia de otros, que me consideraban como rojo peligroso.

Naharro actuó como director de mi primera tesis doctoral, en la Facultad de Derecho, sobre “Legislación antimonopolio”, que presenté en marzo de 1958. Y también encauzó mi libro de Estructura Económica de España que fue editado por la Sociedad de Estudios y Publicaciones, una empresa del holding del Banco Urquijo.

Esas buenas relaciones con Naharro, se gestaron en el rito semanal de preparación de las clases prácticas, reuniones que teníamos todos los sábados por la mañana en el Banco. Un hermoso edificio al comienzo de la calle Alcalá.

En esos encuentros, discutíamos los temas a explicar a los alumnos y los ejercicios que estos habían de realizar. Terminada la labor, Naharro nos invitaba a Frigo, una cafetería próxima, excursión en la que se nos unía Leopoldo Calvo Sotelo, amigo del cátedro, quien trabajaba como director de una empresa filial del Urquijo, Perlofil, que tenía una fábrica de nilón en El Escorial. Calvo Sotelo, sería más adelante el segundo Presidente del Gobierno de la Democracia en 1981 y 82.

Para conectar con el autor, los lectores de Republica.com pueden hacerlo a través del correo electrónico castecien@bitmailer.net.