En torno a las Américas (y X)

El autor se complace en informar sobre las andanzas del autor por las Américas, como consultor sobre integración económica, está siendo muy comentada por los lectores de Republica.com. Y aparte de algunas consideraciones sobre temas de integración, a propósito de la ALALC en Montevideo, terminamos hoy el relato en cuestión, mencionando las actividades de búsqueda de una gran finca en la Amazonia. Con toda una serie de vicisitudes que deben situarse en el contexto de aquellos tiempos.

En Montevideo y Buenos Aires: sobre integración

Dejá vu: En Río de Janeiro todavía permaneció Carmen unos días, y luego retornó a España. Yo me quedé terminando mi estudio sobre Brasil. Y cuando vi que había agotado literalmente mis posibilidades de obtener más información, retorné a Buenos Aires, a la sede del INTAL; pasando previamente por Montevideo, para ver a Gustavo Magariños, el Secretario General de la Asociación Latinoamericana de Libre Comercio (ALAC), quien había leído mi libro Formación y desarrollo del Mercado Común Europeo, apreciando el enfoque global que di a la evolución del concepto y de su efectivo desarrollo en Europa.

Con Magariños y otros colegas de la ALAC tuvimos una espléndida cena en la playa de Carrasco, al borde del mar. En ese encuentro, Don Gustavo –me parecía una figura patriarcal, tranquilo pero al tiempo imaginativo y muy hispanófilo— se explayó:

  • Y no sé, Ramón, qué pasará con nuestra integración latinoamericana, pero de lo que estoy seguro es de que no va a llegar nunca, al nivel europeo, o por lo menos yo no lo veré [entonces debía tener unos 65 años]… Es muy difícil que con tantos oligarcas como tenemos, entreverados ahora en dictaduras militares, podamos alcanzar un designio común…

Y fue entonces cuando, yo creo, Magariños sintió una punzada de patriotismo pan-hispánico:

  • Tú, Ramón Tamames, te has echado mucha responsabilidad al haber sentado cátedra con tu libro. Pero recuérdalo… una cosa es Europa y otra bien distinta el Nuevo Mundo… España tiene mucho que ayudarnos, y nosotros le deberemos mucho un día… pero recuerda que viniendo del mismo tronco, ahora tenemos nuestra propia personalidad.

Magariños y yo quedamos muy amigos y años después ALALC me encargó un nuevo trabajo, en 1973. Como última actividad en Uruguay en 1968 aproveché para visitar Punta del Este, una esplendida ciudad balnearia, que entonces no atravesaba su mejor momento pero que había sido y volvió a ser una escala obligada del gran turismo internacional.

Desde Montevideo volé a Buenos Aires, y allí estuve un par de semanas en el INTAL, ocupado en terminar mi estudio. Casi cada párrafo del estudio fue analizado con mi ya amigo José María Aragao. A él le gustaba que yo comentara lo que había visto en el largo viaje y a veces hasta casi se emocionaba con lo que iba diciendo del largo recorrido:

  • Ramón, eres el español que seguramente mejor conoce Brasil, y te vas dando cuenta de lo que constituye el freno de su desarrollo: ese dualismo, pobreza de los más y riqueza de unos pocos, del que hablamos los estructuralistas latinoamericanos. Y que constituye una auténtica barrera para seguir avanzando. Poner fin a todo eso, es fundamental. Y ahora lo más importante es acabar con las dictaduras…

Aún llevaría años que esas dictaduras terminaran, pero no cabe duda de que dentro de ellas –con toda clase de restricciones— estaban formándose los núcleos del cambio, en lo cual Celso Furtado fue un adelantado: hasta los militares le miraban con respeto. Aragao me comentó lo que había sido la controversia Furtado/militares:

  • Pero si Vds. quieren que yo les informe sobre la economía del país –les dijo un día— Vds. mismos tienen que poner fin a esta dictadura que Brasil ya no puede soportar por más tiempo…

  • Profesor, tiene Vd. toda la razón, pero nosotros también tenemos nuestras responsabilidades y si establecimos la dictadura fue para poner fin al caos y la desesperanza…

Mi conexión a Celso Furtado, el gran economista brasileño, databa de años antes, cuando se publicó la traducción española de su libro «La formación económica de Brasil» en el Fondo de Cultura Económica. Entonces tuve ocasión de hacer una recesión de la obra para la revista Anales de Economía, y la discutimos en la reunión mensual de la revista que presidía Enrique Fuentes Quintana. Allí expuse un día las tesis principales de Celso Furtado y mis observaciones particulares. Recuerdo que Fuentes, me dijo:

  • Ramón seguro que irás un día a Brasil para ver de cerca todo eso. Es interesante, y como dices, Brasil dejará de ser país del futuro para hacerse una gran potencia.

  • Puedes estar seguro… de las dos cosas.

Lo que no imaginé es que sería solamente dos o tres años después de esa conversación.

En Buenos Aires 1968, volví a ver a los amigos de mi anterior estadía en la ciudad, Nicolás Sánchez Albornoz y Nelson y Edith López del Carril. Y continuamos nuestras largas conversaciones sobre pasado, presente y futuro. Uno de los temas más frecuentes en esas divagaciones, más o menos históricas, que manteníamos por puro amor al arte, fue bastante arduo: si la conquista y colonización de las Américas por España en el centro y el sur, fue mejor o peor que la anglosajona en el norte.

También, surgió el tema subsiguiente: por qué EE.UU. amplió su territorio y alcanzó rápidamente mucho poder tras su independencia, en tanto que la anterior América española sufrió una fragmentación casi total y un siglo XIX perdido en cuanto a progreso económico. Sería muy largo extenderse sobre todo ese espacio histórico, sobre el cual escribió tanto mi antiguo colega de la London School of Economics, Claudio Veliz.

Nicolás Sánchez Albornoz andaba buscando por entonces la clave de nuestra gran resaca nacional tras la pérdida de la América continental. No he llegado a leer sus conclusiones sobre el tema e ignoro si realmente llegó a escribirlas.

Retorno a Brasil: en busca de la gran fazenda

En conversaciones con mi ya citado amigo Belarmino Fernández Iglesias, en uno de sus viajes a España, un grupo de amigos se mostró muy interesado por hacer una inversión en tierras de la cuenca amazónica, considerando que los precios eran bajos, y las perspectivas buenas, con espacios todavía absolutamente vírgenes en zonas de bosque húmedo tropical.

A partir de tal idea, formamos un núcleo de emprendedores, que algunos llegaron a llamar bandeirantes, y convocamos a una treintena de amigos, para con una aportación de 30.000 pesetas cada uno, formar una sociedad civil, con un capital de un millón de pesetas. Proyecto al que dimos el eufónico nombre de IberBras, destinada a emprender la búsqueda del célebre territorio a colonizar.

Debidamente documentados por nuestra base operativa de Sao Paulo, viajamos a Brasil Dionisio Martín Sanz, un viejo falangista que fue el primer subsecretario de Agricultura que tuvo el régimen de Franco, y uno de los creadores del Servicio Nacional del Trigo; José B. Terceiro, profesor de Estructura Económica en la UCM y consocio mío en la consultora Iberplan; Félix López Palomero, Dr. ingeniero agrónomo y economista; y yo mismo.

Al llegar a Sao Paulo, Belarmino lo tenía ya todo muy organizado, y al día siguiente embarcamos en un avión fletado ad hoc y con capacidad para ocho personas, incluida la tripulación que componían dos jóvenes nisas (japoneses de segunda o tercera generación en Brasil). Y como todo entusiasmo pusimos rumbo a las inmensidades de las cuencas del Paraná y del Amazonas.

Nuestra primera escala fue en Corumbá, en Matto Grosso do Sul, donde planificamos una serie de visitas, a base de la información de fincas en venta que ya tenía Belarmino. Allí tuvimos una cena de trabajo a orillas del río del mismo nombre, por el que remontaban los españoles cuando aquella parte de Brasil no había caído aún en manos de los voraces hermanos lusos, que se metían por cualquier lado. Y nuestros lejanos compatriotas al no descubrir oro en cantidades significativas, abandonaron el territorio para los bandeirantes, que llegaban falando portugués del hoy estado de Sao Paulo; cuyo puerto, Santos, fue fundado por el jesuita español Padre Anchieta, en ruta hacia las reducciones jesuitas de las actuales repúblicas de Paraguay, Bolivia, Argentina y Brasil.

En días sucesivos estuvimos visitando, con escala en aeródromos de tierra batida en claros de la selva, o en el área de El Pantanal; seguramente la más extensa zona húmeda del planeta, formada por los ríos que forman el inmenso Paraná. Un área que en 1973 ya tenía un carácter ganadero, con precios de la tierra comparativamente altos. Y por eso seguimos nuestro largo viaje por el estado de Rondonia para después entrar en el de Acre, territorio que en tiempos fue de Bolivia, pero que en 1867, pasó a la soberanía de Brasil, por las actividades secesionistas de un español, de nombre Luis Gálvez Rodríguez de Arias. De modo que actualmente, Bolivia reclama el retorno de esas tierras, sin ninguna posibilidad de recuperación.

Tanto en Rondonia como en Acre estuvimos en varias fincas en venta, a precios verdaderamente irrisorios, de algo así como 50 dólares la hectárea; unas 6.000 pesetas al cambio, el equivalente a no más de 200 euros en términos constantes. Por 200.000 euros, con los cuales no se puede comprar en Madrid ni siquiera un pequeño piso, en aquellos tiempos (1973, recuerdo) se hacía uno con una finca de mil hectáreas en Brasil.

A lo largo de nuestra expedición pudimos ver muchas cosas y hablar entre nosotros, inquietos por lo que íbamos viendo. Por todas partes había ofertas de tierras, casi siempre mal deslindadas, sin títulos de propiedad, y en general relacionadas con generales del Ejército brasileño. Además, se hablaba de que era necesario ocupar esas fincas rápidamente, antes de que se crearan reservas para las poblaciones amerindias locales, generalmente del tronco tupí guaraní.

Ni en Acre ni en Rondonia encontramos nada verdaderamente definitivo, por lo cual giramos hacia el norte de Matto Grosso, y finalmente por allí pudimos ubicar una finca de 100.000 Ha., 1.000 km2, una superficie como la mitad de la provincia de Guipúzcoa, para hacernos una idea:

  • Esto es el filet mignon de las tierras en Brasil en estos momentos, teniendo en cuenta el precio al que se nos ofrece. Creo que tenemos la pieza a adquirir para Iberbras –dijo Belarmino.

En el largo recorrido en todoterreno que hicimos por parte de la finca, pudimos hacer observaciones interesantes, empezando por la profundidad del humus, de no menos de cinco metros. Además, la vegetación era espléndida, con ejemplares magníficos de los mejores árboles madereros de Brasil: ceiba, caoba… y con temperatura en el interior de la floresta no mayor de 22/23º, que resultaba muy agradable. El territorio era llano, estupendo para ulteriores usos ganaderos y agrícolas.

Las pautas para hacer fincas agropecuarias a partir de tierras vírgenes seguián una secuencia, en la que primeramente se llamaban a los hacheros; generalmente paraguayos, gente muy aguerrida en tales menesteres, que con grades hachas que afilaban continuamente (en una época en que las motosierras aún no se habían difundido en la zona) hacían la derruba: abatían los árboles medianos y el matorral, de modo que se generaban un gran cúmulo de materia vegetal, que en pocas semanas quedaba completamente seca, y que pasaba a ser el carburante para pegarle fuego. Los árboles grandes no se abatían: resultaba antieconómico, por el enorme esfuerzo que habría representado; además, durante el incendio quedaban sin ramaje, completamente pelados, listos ya para ser cortados, con su madera incólume.

Finalizada la quema, la selva pasaba a tener un aspecto patético, como pudimos apreciar en algunas de nuestras escalas sobre tierras todavía humeantes: un paisaje desolador que producía verdadera pena, pues de la belleza primigenia de las florestas, que evocaban imágenes propias del Edén, se pasaba a escenarios dantescos de árboles en pie ennegrecidos, rodeados de la tierra calcinada, hasta la más minúscula brizna de hierba, que ardía por el sofoco de la enorme caldera formada de los árboles y matorrales secos anteriormente quebrados por los hacheros paraguayos.

Deforestadas ya las fincas, el paso siguiente era el aprovechamiento de la mejor madera. A base de los previos trabajos de una serie de artesanos que en pocos días montaban en las facendas aserraderos elementales pero muy eficientes; con máquinas de vapor que utilizaban el carburante que en mayor abundancia y baratura se deba en la zona: el carbón vegetal generados por las actividades previas de desbroce y quema.

Con esos materiales se alimentaba los hogares de las calderas, fuerza que luego se aplicaba a las sierras para cortar las mejores piezas en tableros; ya en condiciones de salir al mercado, en gabarras flotantes por los ríos, hasta las zonas con posibilidad de transporte en camión.

Una vez despejada la tierra de sus últimos árboles testigo, todo quedaba listo para la siembra del pasto colonión, que crecía rápidamente hasta superar la estatura de una persona normal. El paso final era la entrada del ganado para engorde con unos primeros años formidables de pastizal, sin necesidad de fertilizantes… lo que podrá pasar luego, era una incógnita.

De vuelta en Madrid, una decisión muy saludable

Los grandes espacios en transformación que estábamos visitando, empezaron a parecernos tremendos a algunos de los viajeros, y al comentarlo entre nosotros mismos, comenzamos a dudar del proyecto, todavía sin una idea definitiva de qué deberíamos hacer.

  • Lo que está sucediendo en este país, es un total dislate –enjuicié yo mismo—. Toda la puesta en valor de estas tierras podría hacerse de otra manera, preservando lo fundamental de ellas, y aprovechando la gran variedad de toda clase de productos que pueden obtenerse de una selva bien trabajada sin alterarla en lo fundamental.

Félix López Palomero y José B. Terceiro estuvieron de acuerdo conmigo y, en cierto modo, sin saberlo, entre los tres, enunciamos la teoría de la sostenibilidad de los bosques húmedos tropicales y el respeto a las poblaciones indígenas. Porque precisamente en la zona más intrincada de Matto Grosso, oímos narraciones sobre qué estaba sucediendo con las poblaciones autóctonas, expoliadas e incluso exterminadas por los nuevos bandeirantes: los colonizadores que no se paraban en barras para tomar posesión de nuevas propiedades, expulsando o matando a sus anteriores ocupantes indígenas, muchos de los cuales huían despavoridos más al interior de la Amazonia.

Después de retirarnos de IberBras sus tres principales promotores, la empresa siguió adelante, pero la crisis del primer choque petrolero de 1973 –agudizada en 1979 por la crisis de los ayatolás de Irán— y con la década perdida de 1980, el proyecto acabó por perderse. Por lo demás, nuestros peores augurios sobre el devenir de la Amazonia –en términos ecológicos y humanos— se confirmaron: las derrubas se intensificaron fuera de toda lógica, y las ocupaciones de tierras de los aborígenes se multiplicaron. La ley de la jungla, y nunca mejor dicho, acabó imponiéndose en aquellos territorios. Y en paralelo, con esa política de deterioro de los mejores recursos naturales, Brasil siguió creciendo hacia su futuro.

Seguiremos la próxima semana, y en el interim, los lectores de Republica.com pueden dirigirse al autor a través del correo electrónico castecien@bitmailer.net.