En torno a las Américas (VIII)

Seguimos hoy con las aventuras del autor en sus tiempos juveniles por Iberoamérica, cuando siendo Técnico Comercial del Estado, se le reclamó para una serie de estudios de integración económica, debido a la difusión previa de su libro “Formación y desarrollo del Mercado Común europeo”, que fue su tesis doctoral en la Facultad de Ciencias Económicas en 1964. Hoy nos corresponde la fase de sus trabajos en Brasil, con toda una serie de referencias que irán desglosándose.

Brasil y sus vecinos

Por aquellos tiempos, en Brasil, gobernando los militares, estaba en curso toda una polémica sobre si había que mantener el fuerte crecimiento demográfico del 3 por 100 anual –lo cual permite duplicar la población en 23 años—, o si por el contrario habría de irse ajustando esa tasa de expansión; a fin de contar con mayores posibilidades de dar trabajo, educación, vivienda, y sanidad a todos los ciudadanos.

La discusión se produjo sobre todo entre los economistas Roberto Campos, vinculado a los generales en el poder y natalista, y Henrique Simonsen, vituperado como neomalthusiano por sus adversarios y de tendencia política enmarcable en la socialdemocracia. Con ambos tuve la ocasión de hablar a lo largo de mi estudio, y Simonsen participó directamente en las jornadas de discusión de mi trabajo en la Fundación Getulio Vargas.

El relativamente escaso interés de Brasil por la integración, no impedía, sin embargo, que el Itamaraty tuviera una visión muy ambiciosa respecto al proceso integratorio. Entre otras cosas, porque la diplomacia brasileña, desde los tiempos del Imperio de los dos Pedros, inmediatamente después de la independencia de Portugal, se convirtió en una casta de funcionarios de indudable calidad y habilidad, conscientes de la grandeza potencial del país.

Todo eso, recrecido por el paso de los años, pude apreciarlo por las conversaciones con varios funcionarios del Ministerio, que tenían bien clara la idea de Brasil como potencia dominante de todo el área. Y cuando ganamos en confianza, algunos de esos funcionarios se permitían bromas sobre los países vecinos, considerando que Uruguay, Paraguay, Bolivia, e incluso Perú, no tenían entidad suficiente para verdaderamente considerarlos como Estados. O hacían burlas, algunas casi sangrientas respecto de Argentina y Chile.

  • La mejor inversión que puede hacerse –me dijeron entonces en una mofa luego muy difundida—, es «comprar un argentino por lo que realmente vale, y venderlo por lo que él dice que vale…».

También circulaba por entonces lo que dijo un funcionario de Itimaraty, que estaba en una reunión en la que había varios funcionarios chilenos, superactivos, y que de hecho estaban marcando las pautas del encuentro. En esa circunstancia, el diplomático se atrevió a decir:

Chile e um bicho pequeno demais para falar tanto...

Durante mi tiempo de residente en Río de Janeiro, la ciudad no me pareció tan alegre como tantas veces se dice. Nadie va a negar la belleza de sus playas que todavía me sé de memoria en su configuración de norte a sur y de este a oeste –Flamingo, Botafogo, Copacabana, Ipanema, Riofrío—, y menos aún pondré en duda la belleza de la Floresta de Tijuca, un relicto maravilloso de la mata atlántica en el centro de la aglomeración fluminese. Como tampoco cabe discutir la grandiosidad de los promontorios del Corcovado y del Pan de Azúcar, con la figura excelsa, en el primero, del Salvador; en expresión misteriosa e inspiradora. Todo eso es una gran hermosura. Pero también está el otro lado de la la moneda: una ciudad acosada por la miseria de las favelas, de los niños de la calle, la delincuencia generalizada.

Conviviendo con los cariocas, con alguna dificultad que otra…

He vuelto bastantes veces a Río, una de ellas en 1992, con ocasión de celebrarse allí la Cumbre de la Tierra, formando parte de la delegación del Club de Roma que presidía Ricardo Díez Hochtleiner. Y en esa ocasión, fue la primera vez, y espero que la última, en que me atracaron con peligro de mi vida.

Sucedió cuando después de cenar tranquilamente en Ipanema, al fresco, con algunos amigos de la conferencia en curso, fui a darme un paseo por la playa delante del hotel. Y viendo el espectáculo de la bóveda celeste –y en la mayor imprudencia—, me tumbé sobre la arena, para plácidamente contemplar las estrellas. Pero el éxtasis que sentí duró bien poco… pasados escasos minutos, se prestaron tres mozalbetes: el mayor no tendría más de quince años, los otros dos apenas doce o trece. Los tres portaban facas de cozinha, cuchillos de hoja ancha y muy afilada, como de 25 o 30 cm. de largo, casi como para cortar costillares; y pusieron esas armas en el abdomen, antes de que pudiera levantarme:

  • ¡O dinheiro o a morte!

Fue lo que me dijeron con voz trémula, completamente infantil todavía. Pero al mismo tiempo sentí la intencionalidad bien clara de aquellos meninos da rua de que su amenaza no era vana. Me instaron a levantarme de mi relax playero, y cuchillos en mano me exigieron todo el dinero que pudiera llevar. Les di 80 dólares que portaba en billetes en el bolsillo, e igualmente me quitaron un reloj TAG-Heuer comprado un año antes en un viaje a EE.UU. También quisieron arramplar con las gafas, pero les dije que a ellos no les iban a servir para nada, y que a mí me resultaban indispensables, y con un resto de racionalidad me las devolvieron, incluso con una especie de deje cariñoso.

Retornando ahora a la narración de mi primera estadía en Brasil en 1968, fui avanzando en mi estudio, y como en otras ocasiones, planteé a la dirección del INTAL que para apreciar mejor las potencialidades del país, sería bueno tener un más amplio conocimiento de su territorio. Les hice un presupuesto de lo que sería el viaje que tenía in mente, y en pocos días llegó el beneplácito del INTAL; José María Aragao estaba convencido de que mi exploración de su continente sería buena. Me dijo ulteriormente:

  • Ramón, es bueno que los europeos como tú, trabajadores e imaginativos, conozcáis el país del futuro

  • Sí, sí… ya lo sé. Eso es lo que dijo Stefan Zweig hace ya más de 25 años… y sigue siéndolo…

Como en otros viajes anteriores, pensé que el recorrido planeado debería hacerlo con Carmen, aprovechando que el estudio ya estaba vencido, y que ella podría pasar por lo menos un par de semanas conmigo.

Viajando por la Amazonia

El recorrido que diseñé para el mejor conocimiento del país fue largo e interesante. Salimos de Río, en vuelo directo a Manaos, la capital de estado de Amazonía, el mayor del país. Una ciudad legendaria por los xeringuerios, los buscadores del caucho en la selva, que entre 1900 y los años treinta sangraban los heveas brasilensis para obtener el caucho, fuente de riqueza extraordinaria; sobre todo en los años de la Primera Guerra Mundial, para la producción de neumáticos, en lo que fue la primera contienda motorizada de la historia. Riqueza cuyo monopolio perdió Brasil cuando los británicos les robaron semillas del célebre árbol, y establecieron las bases de una producción masiva en sus plantaciones de Malasia, que rápidamente se convirtió en la primera productora del mundo.

En Manaos recorrimos los igarapés del Amazonas, mezcla de meandros y canales que se cruzan y entrecruzan en el entorno del gran río, con una formidable riqueza de flora y fauna. Alquilamos una motora en el puerto, donde se veían buques de gran porte directamente llegados del océano, y que seguían navegación río arriba hasta el puerto colombiano de Leticia o el peruano de Iquitos.

Una de las visitas inexcusables fue al Palacio de la Ópera, construido durante el gran boom de los xeringueiros, y que durante mucho tiempo estuvo sin funcionar, para resurgir después como ave fénix de sus cenizas, y que el día de nuestra visita ofrecía La Bohême de Puccini.

En Manaos, previamente advertidos desde el BID en Río, visité las oficinas de la Superintendencia para el Desarrollo de la Amazonia (SUDAM), donde se respiraba el más vivo nacionalismo brasileiro: «Integrar para nao entregar» era la consigna oficial, en la presunción de que en EE.UU. estaba planeándose toda una invasión económica e incluso militar de la inmensa Amazonia. En las paredes del SUDAM estaban los mapas, con los proyectos de carreteras, rodovías futuras para atravesar la selva en todas las direcciones. Presumir allí de ecologista era bastante peligroso.

Tras nuestra presencia en Manaos, emprendimos viaje hacia la desembocadura del gran río, con escala en el aeródromo de Santarém, donde vimos gran número de avionetas, de los fazendeiros locales, que se desplazaban por aire utilizando aeródromos de piso de tierra batida.

Nadie hablaba en aquellos tiempos de tráfico de drogas ni de robos para la biotecnología a partir de la medicina de los pobladores de la cuenca del Amazonas; ni estaba tan generalizada aún la derruba: la corta de la maleza en la época más seca para luego pegarle fuego y crear así zonas ganaderas. En realidad, la frontera de expansión de los cultivos en Brasil se situaba entonces muy al Sur, en el entorno de Matto Grosso do Sul, según pude comprobar en ulteriores visitas.

Desde Santarém volamos a Belém de Pará, capital del estado del mismo nombre, justo enfrente la isla de Marajó, que actúa como redistribuidor de aguas, más que como delta del Amazonas; con una extensión equivalente a la de Suiza. Por allí discurrían lentamente hacia el mar las caudalosas aguas del Amazonas.

Belém era entonces una ciudad de apariencia colonial, de pequeños edificios con mucha vegetación circundante. Y a poco de llegar, y siguiendo las recomendaciones que llevábamos, visitamos el grande y antiguo mercado, con gran avituallamiento de productos tropicales: flores, frutos, tubérculos, plantones. De la mayoría de los cuales no teníamos ni idea que existieran. Había también un espacio dentro del mercado dedicado a animales salvajes de la propia Amazonia, cuando aún no estaba en vigor el Cites, el Tratado de Washington de 1973, que actualmente impide el tráfico de especies en peligro de extinción.

Allí vimos, entre otros muchos, especimenes de pequeños cocodrilos, o yacarés, aves de todos los colores, algunas de ellas parlanchinas, y sobre todo un mono de un tamaño no mayor de 20 centímetros, con una larga cola, y con un aspecto más humano, a mi juicio, que los gorilas o los chimpancés; lo que me dio una sensación inquietante, de jibarización del cuerpo humano. Preguntamos el precio y yo le propuse –en broma— a Carmen que compráramos uno dentro de su pequeña jaula. Pero el guía que nos acompañaba nos desaconsejó tal adquisición:

  • Os macacos tem todus a sífilis…

Con esa inquietante suposición, terminamos hoy la entrega sobre las andanzas de un joven economista en la Sudamérica de los años 60 y 70 del siglo pasado. Y para conectar con el autor, los lectores de Republica.com pueden hacerlo a través del correo electrónico castecien@bitmailer.net.