En torno a las Américas (VII)

Parece ser que esta serie sobre los recorridos que el autor hizo por las Américas en tiempos más juveniles, está teniendo un cierto regusto entre los lectores de Republica.com. me alegro de ello, porque son escritos de un pasado ya lejano, en que el mundo se veía como una gran esperanza de cambios a mejor. Los ha habido, como también en dirección contraria. En cualquier caso, es un testimonio, en esta entrega de hoy, de mi primer paso por Argentina y Brasil, con figuras tan específicas como el Che Guevara, Stephan Zweig, y Americo Belissimo, el gran novelista brasileño. Seguiremos la semana próxima.

Vuelta a España y muerte del Che Guevara

En mi retorno a Madrid, hice escala en Sao Paulo, para visitar a Belarmino Fernández Iglesias, gallego de cerca de Monforte de Lemos, en la provincia de Lugo, que emigró muy joven a Brasil y allí se asoció con un iraní, lector de Omar Kayyam, el autor del gran poema sobre el vino y los placeres de la vida, Rubaiyat. Y juntos pusieron un restaurante con el nombre del citado poema. Ulteriormente, el iraní se marchó de Brasil y Belarmino se quedó al frente del negocio, que entró en fase de crecimiento con nuevos restaurantes en el propio Brasil, en Buenos Aires, y finalmente en Madrid, ya en el 2006, siempre con gran éxito.

Esos primeros contactos que tuve con Belarmino y su esposa Aglaé, y sus tres hijos —el del mismo nombre que el padre, y Fernando y Carlos—, fueron el comienzo de una larga amistad, que continúa al día de hoy.

A partir de Sao Paulo, y en esa especie de intento de verlo todo en un mismo viaje, llegué a Brasilia, la única vez que he estado allí. Y acompañado por un diplomático de la Embajada de España visité la ciudad concebida por Juscelino Kubitschek que configuró urbanísticamente y en su arquitectura Oscar Niemayer. Y después pasé a Río de Janeiro, desde donde di el salto a Madrid, y llegué a casa, después de tres meses de ausencia; hogar, dulce hogar, pero…

El 7 de octubre de 1977, el mismo día de inaugurarse el curso, yo tenía en clase no menos de trescientos alumnos, por ser el momento en que la carrera de Económicas más atraía a los estudiantes, que pensaban que como economistas se situarían en los mejores cuerpos del Estado; o como ejecutivos de empresas, a fin de ganarse la vida de la manera más desahogada.

Acababa de llegar de Argentina, y la noticia de la muerte del Che se difundió llegó ese día de octubre, en la mañana. Almorcé en casa, descansé un rato, me puse una corbata negra, y me fui a clase. Allí saludé a los alumnos de la tarde en el día de su incorporación, y les informé que antes de empezar la exposición sobre el temario del curso, de vez en cuando haría una intervención para comentar los episodios más señalados que fueran produciéndose. Y como suceso de ese día inaugural estaba claro que el tema era el Comandante Ernesto Che Guevara, Doctor en Medicina, muerto por las fuerzas armadas de Bolivia, por su intento de expandir la guerrilla en ese país. Dije más o menos:

  • Al Doctor Ernesto Che Guevara, lo conocí en Ginebra, hace solamente tres años, cuando él estaba al frente de la Delegación de Cuba en la sesión fundacional de la Conferencia de las Naciones Unidas sobre Comercio y Desarrollo, la UNCTAD, que estudiaremos este curso. En tanto que yo formaba parte de la Delegación Española. Allí el Prof. Ullastres nos presentó un día al Che y durante nuestra común estancia en Ginebra, tuvimos algunos encuentros más.

Pero no se trataba de hacer gala de mis mayores o menores conocimientos personales, sino de explicar cómo había sido la relación entre la España de Franco y la Cuba de Castro en términos de intercambios comerciales, desde 1958, en diciembre, cuando la llegada de los barbudos a La Habana, hasta el año en curso, 1967: el intercambio se mantuvo normal, en contra de lo sucedido con EE.UU., que viendo a la nueva Cuba como un peligroso vecino, por sus cada vez más estrechas conexiones con la Unión Soviética, practicó desde 1960 un embargo comercial en perjuicio de todos los intereses de los cubanos.

El desarrollo del comercio entre España y la que había sido una de sus últimas posesiones ultramarinas, emancipada en 1898, tras la guerra hispano norteamericana, si no modélica, sí fue expresiva de la observancia por parte del régimen de Franco de la llamada Doctrina Estrada. Según la cual, sin perjuicio de cuál sea el régimen político, económico y social de los países iberoamericanos, siempre deben mantenerse relaciones entre ellos; en función del pasado común en términos históricos, lingüísticos y culturales.

A continuación en mi obituario, señalé alguna de las actividades del Che Guevara en su propósito de “crear diez, cien, Vietnams a lo largo del mundo, en lucha contra el imperialismo”. No me pronuncié sobre el fondo del tema, pero dejé constancia de que el líder argentino de la revolución cubana había mantenido siempre una postura muy crítica al hegemonismo de EE.UU. del que decía, en su papel de gendarme internacional:

  • Zorro libre entre gallinas libres…

Esa intervención mía en la Universidad sobre Che Guevara fue seguida con respeto por todos. Y al terminarla, pasé a explicar, como resto de la clase, el contenido del curso que iniciábamos aquel día. Al concluir, se acercaron al estrado estudiantes de las más diversas ideologías: los que se veía que eran del PCE, y también falangistas, que manifestaban su interés por la lucha contra el hegemonismo de EE.UU.; incluso se congratularon de mis palabras de obituario algunos carlistas y juanistas

En la estela de Stefan Zweig… con sotaque carioca

Al terminar mis oposiciones a cátedra en agosto de 1968, tenía pendiente la realización de un nuevo trabajo para el Instituto de Integración de América Latina, INTAL, tras el realizado sobre la República Dominicana. Esta vez sería sobre Brasil y sus relaciones con la integración latinoamericana, y a ese respecto debió ser decisiva la opinión de José María Aragao, el director de estudios del Instituto.

  • Ahora, Ramón, vas a tener un campo de actividad mucho mayor. Ya lo sabes: Brasil es un continente, uno de los mayores países del mundo, con grandes expectativas…

El amor de los brasileños a su país, sean de la condición social que sea, no tiene medida. Todos hablan del continente, de lo mayor del mundo, del futuro, etc. Y quien mejor supo resumir esa especie de patriotismo inconmensurable, y al mismo tiempo la demora de muchos años por convertirse en gran potencia, fue el escritor austriaco Stefan Zweig, quien en 1941, publicó su libro Brasil, el país del futuro. Un trabajo admirable, puesto que sólo muy poco antes había llegado a él huyendo de la persecución de los judíos en Europa.

Yo lo leí cuando era todavía era muy joven, pero lo vi con un nuevo enfoque en una visita que hice a Río el año 2004, para un seminario comparativo Brasil/España organizado por el Itamaraty (el Ministerio de Asuntos Exteriores de la República por el nombre de la calle en que se ubicaba en Río de Janeiro), que por el lado español organizó Guillermo de la Dehesa. En esa ocasión, aproveché un día libre para conocer un lugar en el que a pesar de mis frecuentes viajes al país del futuro nunca había estado: Petrópolis, la ciudad imperial de Brasil, a unos 60 kilómetros de Río de Janeiro, en una bella zona montañosa, todavía con algunas muestras de mata atlántica, la floresta compuesta por el pau Brasil, el árbol conocido por los primeros colonizadores portugueses en la lengua originaria indígena, de la que precisamente procede el nombre del país.

Allí estuve visitando el antiguo palacio imperial de los dos Pedros (I y II, emperadores de la Casa de Braganza), dentro de una ciudad anclada en el tiempo, por mucho que fueran apreciables no pocos desatinos urbanísticos de ruptura de la homogeneidad que un día debió tener. Y precisamente por aquellos días se podía visitar una exposición sobre Stefan Zweig, que se avecindó allí en 1940 con su segunda esposa, Lotte Altmann, en razón al clima más suave de la montaña. Y aunque intentó superar la psicosis que le acosaba por el avance de las tropas nazis en Rusia, su mujer y él no pudieron resistir más y se suicidaron juntos el 22 de febrero de 1942.

Zweig pensó que el derrumbamiento de los ejércitos de Stalin era inevitable, por la fuerza alemana, de modo que la conquista del imperio soviético garantizaría el dominio mundial de los nazis. Sin embargo, la historia sería muy diferente, a partir de la derrota de Hitler en Stalingrado en diciembre del mismo año. Lo que significó un cambio total en la tendencia de la guerra.

  • Si hubiera esperado unos meses más, Stefan y Lotte Zweig no se habrían suicidado.— Eso nos dijo el guía de la exposición a los visitantes.

Volviendo a mi primer trabajo en Río, en octubre de 1968, para el BID/INTAL, me instalé en un despacho en el Banco Central, en el distrito financiero de la antigua capital de Brasil, donde me asignaron una oficina bastante amplia y con toda clase de facilidades de trabajo. Y sobre la base de una lista realizada por mi secretaria, una joven economista muy espabilada, fui visitando a una serie de colegas brasileños para apreciar la situación económica del país –por entonces no era nada gloriosa—, y analizar en qué medida el país estaba obteniendo ventajas reales del proceso de integración latinoamericano.

Me alojé en el Hotel Gloria, en la playa de Botafogo, relativamente antiguo, muy tranquilo, con una playa a la que bajaba temprano todas las mañanas para el tonificante baño de mar. Y pronto me acostumbré a ir a mi despacho, no en el coche oficial del banco, sino en autobús, mezclado con toda clase de pasajeros, de lo más expresivos y gesticulantes.

En el Banco Central de Brasil

El Banco Central, situado en la parte antigua de la ciudad, me permitía vagar a mediodía por una zona de librerías donde se tenía ocasión de hojear cualquier clase de publicaciones. Así, con las lecturas que fui haciendo, avancé en mis conocimientos de portugués, la lengua de Camoens bastante transformada en Brasil; en la que leí A sangue fria, de Truman Capote, cuando lo lógico habría sido hacerlo en inglés. Pero la verdad es que la cadencia del libro traducido en Brasil, tal vez con una sensualidad distinta que en inglés, agregó una considerable dosis de interés a la lectura. También me hice con varias obras de Americo Veríssimo, atractivo escritor brasileño, por sus novelas de índole política, sobre todo Senhor Presidente; en la que vi huellas de otra narración que me produjo gran impacto en mi primera juventud, El engranaje, de Jean Paul Sartre.

Cayeron en mis manos igualmente algunas de las novelas de Jorge Amado, seguramente el más importante novelista brasileño de todos los tiempos; con la narración antológica dedicada al General Prestes, el gran artífice del Partido Comunista Brasileiro, donde se relata la larga marcha por el sur del país, en un intento de revolución que no llegó a triunfar, pero que sí alcanzó la resonancia de verdadero libro de caballería: O cavalheiro da esperança. Nunca he podido explicarme cómo no se concedió el primer premio Nobel en lengua portuguesa a Jorge Amado, y se dio en cambio a Saramago.

En Río fui progresando en la elaboración del estudio, que en algún momento de disparatada osadía, estuve pensando escribir directamente en portugués con la ayuda de la economista que me había asignado el Banco Central. Pero, tras pensármelo dos veces, me pareció que iba a ser un trabajo hercúleo, por lo cual desistí de ese propósito: ya vendría más tarde la versión en portugués que hizo el propio INTAL en 1969. Y sobre cuya base hubo una amplia sesión de trabajo en la Fundación Getulio Vargas de Río de Janeiro unos meses después.

Centrándome ahora en ese tema, diré que la atención prestada en Brasil a los temas internacionales y a los específicamente integratorios era más bien reducida, por comparación con la situación actual, cuando el país es uno de los cinco miembros de los BRICS (Brasil, Rusia, India, China y Sudáfrica), la élite de los países emergentes; y cuando dispone ya de un largo número de empresas multinacionales que invierten en todo el mundo. Si bien es cierto que por entonces los brasileños ya intuían un futuro grandioso, por la posibilidad de producir de todo, lo cual no era óbice para que ellos mismos se tomaran a broma muchas veces sus propias ideas de grandeza. Un día en que estábamos comiendo con vistas al mar, un amigo carioca del Banco Central, me dijo:

  • ¿Ves ese gran barco fondeado en la bahía?

  • Sí, claro…

  • ¿Qué es?

  • Parece un portaviones…

  • Sí, efectivamente… de segunda mano. Se lo compramos a EE.UU. y oficialmente se llama Minas Gerais… pero ¿sabes cuál es su nombre más popular…?

  • Non se.

  • A Divida Frotante, la deuda pública flotante, como expresión de nuestras miserias presupuestarias y nuestro gran endeudamiento internacional.

Y como siempre, los lectores pueden comunicarse con el autor a través del correo electrónico castecien@bitmailer.net. Seguiremos la próxima semana.