En torno a las Américas (VI)

Seguimos hoy, 5 de mayo y el día después de las elecciones a la Asamblea de la Comunidad capitalina, con la evocación, de los años 60 del siglo pasado, de las andanzas del autor de esta serie por las Américas. Con un largo viaje saliendo de la República Dominicana –ya vimos cuál fue su actividad allí en estudios de integración económica continental—, para recalar en Perú y Chile, en visitas más bien turísticas, con el trasfondo histórico de la conquista, emancipación y evolución ulterior de esas dos naciones del Pacífico, donde tenía grandes amigos hoy ya desaparecidos. Para después continuar a Buenos Aires, mi primera estadía en Argentina, donde pude apreciar la grandeza de un país que no acaba de encontrarse a sí mismo. Y que combina periodos cortos de cierto entusiasmo, con lapsos muy largos de crisis y estancamiento económico, cuando no de regresión.

Ministro de la República, nada menos… Una inspiración en Caracas

Terminada la misión que se me confió en Santo Domingo, mi esposa Carmen y yo emprendimos viaje a Buenos Aires, con destino final en la sede del Instituto de Integración de América Latina (INTAL). Con una primera etapa en Caracas, donde cuatro días antes se había producido un grave terremoto, que había tumbado edificios muy importantes de la capital. A pesar de lo cual, no suspendimos nuestras jornadas caraqueñas, para encontrar, otra vez, a Jipi Bustelo y su mujer, María Dolores, que nos esperaban, otra vez, en el aeropuerto de Maiquetía, en esta ocasión no para hospedarnos en su casa, sino para llevarnos esta vez al esplendoroso, entonces, hotel Tamanaco.

Fue una estancia muy distinta de la anterior, más breve, y tensa por la situación en que se encontraba la ciudad, todavía con el miedo a las réplicas del movimiento sísmico. Federico Luchsinger, que durante la guerra civil fue presidente de una compañía del gobierno republicano llamada Campsa Gentibus –que se dedicaba a operaciones de comercio exterior en combinación con las estrategias del esfuerzo de guerra—, nos ofreció nuevamente una cena en un restaurante francés, donde yo creo que aquella noche todo el mundo acabó en avanzada intoxicación etílica, para descargar la tensión creada por el terremoto. La alegría de sobrevivir y el deseo de gozar de la vida, fue traduciéndose en una voluminosa ingesta de vinos y otras bebidas.

Precisamente esa cena con Luchsinger fue en cierto modo el preámbulo de un encuentro, mucho después, en París, donde Federico, previa discusión dentro del Gobierno en el exilio de la República española, me ofreció ser Ministro de Economía. Naturalmente, la propuesta no tenía sentido, y ni siquiera la tomé en consideración. La Segunda República quedaba muy atrás, con su historia de más sombras que luces, o frente a una España todavía franquista, pero que empezaba a revivir en todos los aspectos políticos: “Muchas gracias, Federico, yo estoy más bien en otra España más nueva, que todavía no ha conquistado la democracia, que es nuestro principal objetivo” … Una Constitución que llegaría diez años después, en 1978.

Lima, Cuzco, Machu Pichu

El caso es que desde Caracas seguimos a Lima, donde yo había de tener algunos contactos sobre temas de integración, con gente del Tratado de Cartagena, por el cual se creó el Mercado Común Andino, ahora más conocido como CAN, Comunidad Andina de Naciones. Y allí, en Lima, nos atendió Agustín Hidalgo de la Quintana, que también había sido alumno mío en la academia de preparación de técnicos comerciales y que entonces era el jefe de la Oficina Comercial en la capital de Perú.

Agustín no sólo nos paseó por Lima para ver los monumentos hispánicos —la catedral, la Plaza de Armas con la Casa de Pizarro, algunos relictos virreinales transformados en restaurantes —como El camino real, etc.—, sino que además nos ayudó a organizar el viaje al Cuzco, para seguir a Machu Pichu, dos de los grandes objetivos de nuestro segundo viaje por las Américas.

Al Cuzco volamos en el avión de la Compañía Andina de Transportes Aéreos, y en una fase del viaje, como las cabinas no estaban bien presurizadas, tuvimos que ponernos las máscaras de oxígeno. Creo que fue una de las últimas veces en que se hizo tal cosa, pues tales equipos dejaron de usarse muy poco después, al llegar nuevos aviones bien presurizados.

En Cuzco, estuvimos un par de días visitando las muestras más interesantes de la civilización inca y de la etapa hispánica, y muchos años después, cuando leí la novela de Isabel Allende Inés del alma mía, recordé aquellos recorridos; con el aliciente, en las afueras de Cuzco de una pequeña orquestina quechua, tocando los instrumentos de extraña sonoridad, transportados a nuestro tiempo por Simon y Garfunkel a la célebre canción El cóndor pasa.

Desde el Cuzco a Machu Pichu, el viaje lo hicimos en un ferrocarril que subía a las alturas máximas en zigzag, y que luego bajaba por el desfiladero del Urubamba, ya en plena vertiente amazónica; un río caudaloso y turbulento.

Llegamos en el tren cerca de Machu Pichu, donde nos esperaban varias camionetas militares, que nos llevaron hasta la entrada de la vieja ciudad descubierta por Hiram Bingham en 1911, y los militares que iban con nosotros en la caja de los camiones, agarrados a barras de sujeción, estuvieron fanfarroneando bastante sobre cómo habían acabado con la guerrilla en pocos meses en las montañas andinas, empleando para ello incluso napalm.

Machu Pichu nos pareció deslumbrante. Ya lo tengo dicho en otra parte de estas Memorias: Venecia y las célebres ruinas andinas son los dos mayores espectáculos de la arquitectura y de la arqueología universal.

Camino de Chile: evocaciones de Almagro y Valdivia

Volamos después a Santiago de Chile, para unos días en el país más largo de las Américas. Un viaje del que me he acordado mucho durante la pandemia, viendo la serie –basada en una novela de la Sra. Allende— sobre Valdivia y la conquista de la Araucania, con tantas dificultades como poéticamente se refleja en el gran poema épico de Ercilla. Como también recordé las frustraciones de Almagro, sus disputas con Pizarro, la muerte dramática de ambos, una guerra civil de españoles en el territorio de los incas recién conquistado. A la que sólo el luego virrey Lagasca pudo poner término, con toda su inteligencia para acabar con las disidencias pizarristas.

En Santiago de Chile nos alojamos en el Hotel Carrera, entonces el mejor de la ciudad. En cuyo gran vestíbulo había una escenificación de la llegada de Valdivia y sus tropas al lugar donde hoy está asentado el Santiago que fundó aquel bravo capitán, que se enfrentó a los araucanos. Con el dato anacrónico en la escenificación de ese trance, en el hotel, de que los españoles llegaban portando una bandera bicolor; la establecida por Carlos III en 1787, mucho tiempo después de la fundación de Santiago por Valdivia en 1541.

En Santiago de Chile visité la sede de la Comisión Económica para América Latina (CEPAL) de las Naciones Unidas, donde mantuve una larga conversación con Narciso Mayorga, que me fue presentando a los estudiosos que en esos momentos trabajaban en la sede cepalina; que fue el núcleo de elaboración y reelaboración de las doctrinas del estructuralismo latinoamericano, al cual Raúl Prebisch contribuyó con sus tesis sobre centro y periferia y desarrollo del subdesarrollo.

Carmen y yo hicimos también una excursión en tren a Valparaíso, una ciudad que nos dio la sensación de cierto estancamiento; como oxidado lucía el puerto de Valparaíso, donde había gran cantidad de pelícanos, esas aves maravillosas que pescan con toda precisión, y que cuando vuelan en picado asemejan cazabombarderos. Viña del Mar, mejor mantenida que Valparaíso, albergaba aquellos días su festival sudamericano de cinematografía.

Tuvimos algunas conversaciones con amigos chilenos, a través de un consejero de la Embajada, con gran insistencia por parte de ellos de que el ejército en Chile era democrático. Lo oí varias veces en pocos días, y ya vimos como esa apreciación no era tan realista; o quizá muchas cosas cambiaron después de nuestro paso por Chile, porque en 1973 llegó la dictadura de Pinochet, con las consecuencias que todos conocemos.

Volvería a Chile en 1973, precisamente cuando gobernaba Salvador Allende, con quien tuve una larga conversación en su casa de Tomás Moro, entre las 12 de la noche y las 3 de la madrugada. Era un enamorado de España en todos los sentidos, pero su experiencia como presidente fue bien triste, con un gobierno de coalición que no supo gobernar ni prevenir el golpe de estado que daría Pinochet. El triste fin de Don Salvador lo lamentamos todos, pero personalmente no me extrañó mucho que todo terminara así por las complejidades e ineficiencias de su gobierno, y la contra que le hizo el estado soberano de la ITT (el título del libro de Anthony Sampson).

Seguimos nuestro viaje hacia Buenos Aires con escala, ya en Argentina, en Mendoza, donde tuvimos que pasar la inmigración y también la aduana. Una provincia argentina de unos 150.000 km2 (casi el doble de Portugal, con sólo dos millones de habitantes), que dicen ahora quiere independizarse del resto del antiguo virreinato del Río de la Plata.

Buenos Aires, Metrópoli del Sur

En Buenos Aires, nos alojamos en el Hotel Bristol, en la calle Cerrito, cerca de la avenida 10 de mayo, por razón de comodidad, pues precisamente en esa calle estaba por entonces la sede del Instituto para la Integración de América Latina, el INTAL, donde yo iba a trabajar todos los días de nuestra estancia en la metrópoli del sur.

En Buenos Aires, en la semana larga en que Carmen estuvo todavía conmigo, hubo muchas escapadas de todo tipo, empezando por un asado argentino al que nos invitaron en las afueras de Buenos Aires, en el campo de un colega del INTAL, donde calculaban para cada comensal 750 gramos de carne. ¡Y vive Dios que se lo comieron todo... y yo también!

Luego, con el Director del INTAL, Gustavo Lagos, y su esposa, Marta, hicimos buena amistad Carmen y yo. Gustavo era un hombre admirable, educado, de buena presencia, elegante, y que hablaba de todo, y se interesaba por sus amigos, conversando sin terminación posible. Nos prestó gran atención y nos invitó a su casa, junto un cierto número de colegas. Y allí estuvimos bailando la cueca, el baile nacional de Chile, que se danza emparejado y moviendo un pañuelo con un son que algo recuerda el vals peruano.

En Buenos Aires reanudamos amistad con Nelson López del Carril y su mujer, Edith, a quienes habíamos conocido en Madrid, un día que me llamó el Prof. Manuel Varela –recuérdese, uno de los artífices del Plan de Estabilización 1959/1961— para preguntarme si podría asistir a una conferencia sobre temas iberoamericanos que iba a pronunciar Nelson en su Cátedra de Organización Económica Internacional de la Universidad de Madrid, que aún no se llamaba Complutense. La intervención de Nelson fue interesante y yo le pregunté varias cosas, y en los días que aún permanecieron en Madrid volvimos a encontrarnos más de una vez.

Con Nelson y Edith en Buenos Aires almorzamos un día en el Country Club, para luego pasear La Boca, el barrio porteño de Buenos Aires donde está el campo de fútbol del Boca Juniors, al que todo el mundo llama la bombonera.

Nelson y Edith montaron una reunión para nosotros en su casa, en la que estuvieron los argentinos más significativos en Ciencias Sociales: el sociólogo José Luis de Imaz, que había escrito un libro bien interesante sobre la oligarquía argentina, Los que mandan. También concurrieron tres economistas: Arnaldo Musich, que luego figuró bastante en un gobierno justicialista, así como Mario Brodersen y Aldo Ferrer.

Con Nelson y Edith mantuvimos desde entonces una muy buena amistad, con la circunstancia de que ellos venían a Europa de vez en cuando, y nosotros aparecíamos por Argentina también de tiempo en tiempo; siempre con la posibilidad de reencontrarnos. Hasta el punto de que en el año 1999, estando nosotros fuera de Madrid, aparecieron por la Villa y Corte y nos dejaron un recado de que habían querido vernos, pero que se marchaban a Roma, dándonos la referencia del hotel concreto donde iban a alojarse. Les llamamos por teléfono, cogimos un avión al día siguiente, y nos fuimos a Roma a estar dos días con ellos.

De ese encuentro romano surgió la idea de aprovechar mi primera visita a Argentina para proponerme como Doctor Honoris Causa de la Universidad de Buenos Aires, previsión que se cumplió en el 2001. Y también para participar en la Feria del Libro de la capital argentina de ese mismo año, presentando mi novela La segunda vida de Anita Ozores, así como en la Academia de Letras, donde se organizó una tertulia literaria sobre La Regenta de Clarín y mi propia novela.

Al año siguiente, en 2002, en un curso que dirigí en San Lorenzo de El Escorial, dentro de las actividades estivales de la Universidad Complutense, Nelson y Edith participaron activamente. Edith con gran éxito en medio de toda clase de especialistas sobre Clarín, por su voz cantarina y el encanto que emanaba con su mera presencia. Desgraciadamente, en 2004 tuvimos la noticia de que Edith había contraído un cáncer que puso fin a su vida en pocos meses.

Volví a Argentina en el 2006, estuve de nuevo con Nelson y sus hijos, y hablamos de nuevas posibilidades de colaboración que, con el tiempo se fueron diluyendo. Si bien Nelson es uno de esos amigos que se tienen siempre en la cabeza como perpetuos, mientras haya vida. De ese encuentro, recuerdo un grato almuerzo, otra vez en el Country Club, donde probé las mejores ostras que he conocido, procedentes de la Península Valdés.

Viviendo en el Río de la Plata: con Jiménez Asúa y Sánchez Albornoz

Volviendo a 1967, desde Buenos Aires Carmen marchó para España, y yo me quedé varias semanas más, ocupado en la redacción final de mi informe sobre la República Dominicana. Como también dediqué un tiempo a la corrección de pruebas de imprenta de mi libro Introducción a la economía española que se iba a editar, por primera vez por Alianza Editorial; como compendio de la Estructura Económica de España. Aproveché la circunstancia para hacer un prólogo fechado en Buenos Aires, en donde me permití hacer algunas consideraciones inspiradas por la distancia a la Península.

Ya sólo en Buenos Aires, intensifiqué algunas relaciones, entre ellas, con Nicolás Sánchez Albornoz, que al enterarse de que estaba en la capital argentina me llamó un día al INTAL y quedamos para almorzar juntos. Y a partir de ese día nos vimos con cierta frecuencia, y alguna vez fuimos a cenar a Los carritos, viejas carretas ubicadas en la orilla del río, donde se asaba carne y salchichas. Establecimientos que en viajes posteriores ya se habían transformado en grandes restaurantes.

Nicolás me llevó un día a casa de Don Luis Jiménez de Asúa, el viejo patriarca del Derecho Penal español, que llevaba residiendo en Argentina desde el final de la guerra civil. Fue una tarde muy amena, pues Don Luis era buen conversador con gran sentido del humor. Recuerdo que nos invitó a una pequeña merienda con lo típico de la España de los pueblos, con copitas pequeñas con vino dulce o anís.

Contó muchas cosas de sus amigos de la República, del atentado que le hicieron los falangistas de José Antonio Primo de Rivera, si bien se refirió a este último con afecto; poniendo de relieve su gran amistad con Indalecio Prieto. Pude haber visto también a Don Claudio Sánchez Albornoz, pero siempre que se lo planteé a su hijo, me dijo que su padre estaba con una salud muy mala y que no le gustaba recibir visitas.

El caso es que en el INTAL trabajé muy a gusto sobre todo por la amistad que forjé con su director de estudios, José María Aragao, un brasileño que hablaba perfectamente español, y que me ayudó mucho en mis tareas; dándome consejos: “Ramón, no se trata de hacer un informe excesivamente largo; hay que centrarse en lo verdaderamente importante, y ser lo más incisivo en ello”.

Por aquel tiempo, 1967, Argentina era un país sumamente culturalizado por comparación con España, aunque se situaban en un larguísimo estancamiento económico, a causa —esa fue siempre mi explicación—, del peronismo: trató de convencer a los argentinos, para ganar votos, de que se podía vivir mucho mejor trabajando menos, a base de redistribuir riqueza y renta. Lo cual puede hacerse durante cierto lapso, pero tan pronto como se absorbió lo acumulado, la receta se acabó definitivamente.

En contraste, se veía que el crecimiento español estaba lanzado desde 1961, tras Plan de Estabilización: con una media del 7,7 por 100 de crecimiento acumulativo anual, que duraría desde 1961 hasta el primer choque petrolero en 1973; un periodo de 12 años, el de mayor acumulación de toda la Historia de España, al multiplicarse el PIB en términos reales por 2,25 veces.

Seguiremos la próxima semana con nuevas etapas viajeras por las Américas. Fueron recorridos formidables, en los que aprendí mucho. Y ahora los revivo, cuando escribo estas notas para los lectores de Republica.com. Cualquier cosa, pueden Vds. escribirme al correo electrónico castecien@bitmailer.net.