En torno a las Américas (V)

Seguimos hoy con las andanzas del autor por las Américas en sus años juveniles, después de haber visto, con bastante detenimiento, su estadía en la República de Panamá. Con tantas evocaciones, además, de Venezuela y Colombia, en la escapada que con su esposa hizo a esos dos países. Y terminado el estudio sobre integración económica de Panamá con los países de Centroamérica, reconstruimos aquí, en esta entrega, el retorno a España a través de México y EE.UU.

Retornando a España: en México

En nuestro viaje de vuelta a España, en México estuvimos alojados en un excelente hotel en la Avenida de Insurgentes, la calle más larga del mundo; e hicimos gran cantidad de correrías con algunos colegas, de quienes yo llevaba las direcciones y que ya sabían de nuestra llegada. Fundamentalmente, Tino Lastra, persona de gran humanidad, siempre con una sonrisa medio triste, con una bella mujer más joven que él, hijos de muy buen aspecto, y que hablaba un español pausado ya con resonancia mexicana.

Junto con otros españoles, entre ellos un hijo del General Vicente Rojo, jefe de Estado de la República durante la guerra civil en España, y también con el estudiante Sbert, de los tiempos de la dictadura de Primo de Rivera, estuvimos visitando Taxco y también el hermosísimo monasterio barroco de Tepotzotlán. De donde en el momento en que entramos nosotros salía una rondalla de estudiantes, similar a las tunas; «en la misma línea de las estudiantinas de Salamanca en el Siglo de Oro».

Nos causó gran admiración el Zócalo, con su inmensidad, comprendiendo la mayor catedral de todas las Américas, y la Casa de Cortés, la residencia del presidente de México. Y allí recordé la frase de Humboldt, en 1803, en su viaje por la América española, cuando manifestó que habida cuenta de sus proporciones, México acabaría siendo «la verdadera capital del mundo».

Especialmente encantadora, y empleo esa palabra muy pocas veces, fue la visita que hicimos a Cuernavaca, para estar todo un día recorriendo la pequeña ciudad, la plaza con el Palacio de Cortés renacentista, para terminar con un almuerzo inolvidable en Las mañanitas, un restaurante con gran parque, donde sonaban los mariachis y las marimbas. En un ulterior viaje lo visité de nuevo, pero en un entorno que ya no era el mismo, muy degradado por las nuevas construcciones en sus aledaños. Simplemente, porque cuando estuvimos en México, en 1966, el país tenía unos 40 millones de habitantes. Ahora (2012) menos de cuatro décadas después casi se ha triplicado la población a 112 millones.

Desde México volamos a Nueva York con una larga escala técnica en Nueva Orleans. Y antes de aterrizar, sobrevolamos la gran ciudad de la que vimos, con gran nitidez, sus canales y grandes parques, quedándonos con ganas de visitar la antigua capital de la Luisiana española entre 1760 y 1801, y que tanto sufriría en el 2003, a causa del huracán Katrina. Luego leería algunas historias sobre la ciudad, entre ellas una narrada por John Kenneth Galbraith al ocuparse de O´Reilly, irlandés al servicio de España, primer gobernador que fue de la Luisiana; recordando cómo en 1776, al llegar a Nueva Orleans, se propuso hacer efectiva la autoridad del Rey Carlos III. A base de controlar a los latifundistas franceses, para lo cual una noche invitó a una cena a los más díscolos; los trató a mesa y mantel como señores, y después les propuso recibirles, uno a uno, para hablar tranquilamente. En su momento fueron pasando a otra estancia, y allí un matarife fue dando cuenta de sus vidas. Un poco como el episodio de Pedro de Aragón, según se relata en la obra de Antonio Cánovas del Castillo, La campana de Huesca.

New York, New York (con fondo musical de Sinatra) y Washington DC

Al llegar a Nueva York, aterrizamos en el recién bautizado aeropuerto John F. Kennedy, y vimos un anuncio de transporte por helicóptero a la ciudad. De modo que con el mayor entusiasmo juvenil, nos metimos en uno de aquellos artefactos y volamos sobre las avenidas de Manhattan hasta el helipuerto próximo al Hotel Waldorf Astoria, donde precisamente habíamos hecho nuestras reservas.

Pasamos cuatro días en la ciudad, visitando todo lo visitable: el Museo de Ciencias Naturales, el de Arte Moderno, el Guggenheim, la Hispanic Society (con todos los frisos de la España de Sorolla), Central Park, la Quinta Avenida, Broadway, las grandes librerías de la Sexta, el Rockefeller Center, el Village, el Parque de la Batería, la estatua de la Libertad. E incluso una tarde no sé muy bien por qué –tal vez una reminiscencia de mis lecturas sobre la Gran Depresión y el New Deal de Roosevelt—, decidimos ir a Coney Island, la playa superpopular que aparecía en tantas películas, con sus largas terrazas sobre el mar con piso de madera.

Siendo nuestra primera visita a EE.UU., nos acercarnos a Washington D.C., donde estuvimos, como turistas, entrando y saliendo también por todas partes: la Cámara de Representantes primero y luego el Senado, donde desde la tribuna asistimos a una sesión en la que precisamente se estaba hablando de las negociaciones en el GATT. Hablaban dos senadores muy conocidos por entonces en temas comerciales, uno de ellos Ted Kennedy, flamante en su puesto después del asesinato de sus dos hermanos, John F. y Robert.

También estuvimos en la Casa Blanca, en la parte que por entonces podía visitarse, y en la tarde de ese día, aprovechamos para ir a Mount Vernon, la que fue residencia de George Washington, para luego pasar la tarde en Williamsburg, ciudad-museo recordatoria de la forma de vida de las Trece Colonias, con los artesanos trabajando en sus puestos en antiguos talleres de calzado, textil, tonelería, etc.

Vuelta a España

El retorno a Madrid después de tres meses de ausencia, me dio nuevas fuerzas, al reincorporarme a los trabajos ministeriales, y pensando en las oposiciones a Cátedra. Precisamente a propósito de ellas, debo recordar que estando en Panamá, entre los muchos libros que estudié en relación con mis trabajos, había un hermoso Atlas Nacional, preparado por un cartógrafo español, Tomás Guardia, exiliado después de la guerra civil.

El Atlas tenía excelente información, y entre ella, el citado cartógrafo había calculado el centro de gravedad de la población panameña y su movimiento a lo largo de tres décadas. Se me encendió la bombilla, y en ese momento decidí cuál sería el tema de la lección magistral de mis oposiciones a Cátedra: Los centros de gravedad de la economía española que luego, en 1968, editaría Ignacio Camuñas como libro en Guadiana de Publicaciones. Además del demográfico, calculé para España los centros de gravedad de renta y el de ahorro. En definitiva, mi primer viaje transatlántico tuvo toda clase de buenos resultados; entre ellos —y no el menor— la idea básica de la lección magistral por excelencia.

En el Banco Interamericano de Desarrollo (BID)

En 1967, en el mes de marzo, recibí una carta del Instituto de Integración de América Latina (INTAL), del Banco Interamericano de Desarrollo (BID), en la que conociendo mis trabajos sobre los temas de integración, —mi libro Formación y desarrollo del mercado común europeo, y también el recientemente publicado sobre Asociación de Panamá al Mercado Común Centroamericano— me planteaban la posible colaboración con la entidad para llevar a cabo un trabajo similar al de Panamá, en esta ocasión para la República Dominicana. País que después de la caída de la dictadura de Rafael Leónidas Trujillo (1961), seguía sufriendo toda clase de traumas en su difícil retorno a la democracia. Todo lo cual desembocó en una cruenta guerra civil, de la que los dominicanos sólo habían salido poco tiempo antes, con la elección in extremis del presidente Joaquín Balaguer, que había colaborado con Trujillo, pero que aceptó entrar en el intrincado proceso de la democratización.

Así que nuevamente emprendí viaje. Pasando primero por Washington D.C., por la petición que me habían hecho del BID de visitar a su presidente, Felipe Herrera, a quien fui a ver a la sede del BID, en el cogollo de la capital de EE.UU., un edificio de vistosa fachada de piedra muy clara, donde Don Felipe me recibió en un despacho de gran amplitud, con excelentes vistas. Estuvimos hablando al menos dos horas de toda clase de cosas, desde sus aficiones cuando iba a España –«siempre que puedo»—, hasta los problemas interamericanos y el proceso de integración para el cual él no veía que hubiera gran entusiasmo:

  • Precisamente por eso mismo tenemos el INTAL, para fomentar el espíritu de la integración. Pero creo que los egoísmos nacionales van todavía muy por delante de los afanes integratorios. Esto no es Europa, y no lo va a ser en mucho tiempo…

La conversación continuó en el comedor del banco, junto con algunos de sus directores, lo que me permitió obtener una panorámica bastante completa de lo que estaban haciendo en la institución en toda la América al Sur del Río Grande. Felipe, toda una institución en las Américas, era venerado por la contribución del BID al desarrollo económico en forma de préstamos a largo plazo, para obras de infraestructuras, urbanismo, vivienda, etc.

  • Dicen que somos una dependencia de EE.UU. Pero lo cierto es que la mayor parte de nuestros recursos los allegamos fuera de la órbita estadounidense…, España incluida, donde estamos colocando buena parte de nuestras emisiones de bonos.

Con los años, a Felipe le sucedería Enrique V. Iglesias, nacido en Asturias y de nacionalidad uruguaya, que estuvo largo tiempo dirigiendo el BID y con quien, después de finalizar varios mandatos, volvió a España para ser Secretario General de las Conferencias Iberoamericanas.

En la República Dominicana

Cumplidos mis compromisos en Washington D.C., me embarqué en vuelo hacia Santo Domingo, donde estuve dos meses, para realizar un trabajo sobre la República Dominicana y la integración centroamericana. Me instalé en el Banco Central donde trabé amistad con algunos de los miembros de su oficina de estudios, a quienes reencontré pasados 35 años cuando volví en una visita en 2002, invitados por el Obispo Agripino —Rector de la Universidad Madre y Maestra—, y designado por el Congreso de los Diputados de su país para promover el estudio de la reforma constitucional.

La mecánica de mi estudio en la República Dominicana fue muy similar al realizado en Panamá, en un ambiente distinto, por los efectos de los traumas del difícil paso de la dictadura de Trujillo a la Democracia; incluido el miedo a hablar en voz alta de política o de cualquier tema relacionado con el poder, pues a lo largo de la guerra civil, se habían creado condiciones verdaderamente patéticas. Así me lo explicaron los hermanos Armenteros –a uno de ellos, Carlos, le conocía de Madrid—, cuando una noche estuvimos con ellos Carmen y yo, al final de nuestra estadía en la isla, en una cena y velada.

El Armenteros más residente en la República Dominicana –su hermano mayormente vivía más en España—, extrajo de su bodega una botella de excelente aguardiente de Ojén, que fuimos trasegando con el resultado final de que lo que era una conversación muy precavida acabó en la más absoluta franqueza. Los dos hermanos manifestaron su inquietud por el futuro del país, tal como había quedado después de la dictadura avatares subsiguientes, no obstante contarse ellos entre los empresarios más activos. Una situación que luego fue registrada en la novela de Mario Vargas Llosa, llevada muy bien al cine, con el título de La fiesta del chivo, por el director Luis Llosa.

El estudio de la República Dominicana fue avanzando, con numerosas entrevistas, y para relacionarlo con la realidad, tuvimos una reunión en el centro de la isla, en lo que los dominicanos llaman La Sierra, en una especie de parador, donde estuvimos dos días, con una noche entre medias, disfrutando de una temperatura muy benigna por comparación con el calor habitual de la costa. Allí, en un ambiente relajado, fueron exponiendo sus opiniones representantes de toda una serie de segmentos de la sociedad. Y pude apreciar que sobre el tema que me había llevado al país, había el máximo escepticismo. Porque Santo Domingo estaba acostumbrado a tener el 90 por 100 de su comercio con EE.UU. y poco más; sin apenas relaciones con Cuba, ni Centroamérica, como puse de relieve en mi estudio, proponiendo una serie de posibles mejoras de ese estado de cosas, a base de diversificar la actividad económica y el comercio en particular.

La situación era muy diferente en la vecina isla de Puerto Rico, con la que Dominicana mantenía bastantes intercambios, por lo cual hube de visitarla, apreciando la gran diferencia de los niveles de vida entre ambos países. Recordé una frase de Fidel Castro: «Puerto Rico, paraíso del colonialismo perfumado»., cosa que no era enteramente cierta, puesto que en la Universidad, en sus campus de Rio Piedras y Hato Rey, tuve ocasión de conocer a una serie de nacionalistas puertorriqueños, nada castristas; y demócratas que cabalmente reivindicaban las supremas libertades para de su patria, tiempo atrás provincia ultramarina de España.

Visitando, entonces y más veces, la antigua La Española

En Santo Domingo, cuando llegó Carmen –en un rito iniciado en Panamá y que luego seguiría en otros viajes— hicimos el recorrido de los monumentos del centro histórico; con la Casa de Colón, que se conserva perfectísimamente, y donde se ve lo que era una construcción sólida de los primeros tiempos de la conquista, con un sistema realmente admirable: sin necesidad de aire acondicionado el ambiente era fresco, gracias a los gruesos muros y a las ventanas estratégicamente combinadas. También estuvimos en la catedral, gótica, la primada de las Américas, impresionante.

A lo largo de la preparación de mi estudio tuve una visita al presidente de la República, Joaquín Balaguer, que para entonces estaba quedándose invidente. Mi impresión fue que él mismo se daba cuenta de la penosa situación del país, y habiendo colaborado durante años con el dictador luego ser elegido por unos comicios en los que fue acusado de fraude. Pero percibí en Balaguer un fondo de hombre bueno, que buscaba soluciones para el futuro, lejos de dictaduras, y también de quimeras; como las del prometedor presidente Bosch con sus luego penosas querencias procastristas.

A la postre, tras varios mandatos, en 1996, Balaguer pasó los poderes al presidente Leonel Fernández, y se alegró ostensiblemente al dejar la presidencia en manos de un hombre joven. A Leonel tuve ocasión de conocerle en mi segunda visita a la República Dominica, en febrero de 2002, cuando Monseñor Agripino Núñez, obispo presidente de la Universidad Madre y Maestra, pontificia en Santo Domingo, nos invitó a un grupo de españoles a opinar sobre la ulterior reforma constitucional del país; todo por impulso de Fermín Prieto-Castro, el hermano de Carmen, que por entonces era Embajador de España en Santo Domingo.

Luego volví a Santo Domingo en otra ocasión, en 2012, invitado por el Presidente de la República, Leonel Fernández, en su tercero y último mandato. Presidió un seminario en el que yo fui ponente, sobre temas de la crisis internacional de 2007–2012, y pude apreciar como la inteligencia dominicana había crecido desde 1967, y como también era perceptible el alto grado de libertad con que hablaba todo el mundo.