En torno a las Amérecas (IV)

Continuamos hoy con algunas referencias del primer viaje del autor por las Américas. En lo que fue una experiencia mantenida luego durante más de diez años, para realizar estudios económicos, fundamentalmente de políticas de integración. Y más concretamente en esta entrega de la serie, podrá recorrerse en la lectura la República de Panamá, con algunos viajes que desde allí hice a América del Sur. En tiempos en que no se podía sospechar lo que acabaría sucediendo en Venezuela con el chavismo a partir del año 2000; ni que Colombia fuera a llegar a la paz con las FARC, actualmente en grave peligro de retornos a la violencia.

Carmen en el istmo, y en Venezuela y Colombia

Desde ciudad de Guatemala, después de haber acumulado gran cantidad de información para mi trabajo, volví a Panamá en avión, y tuve la satisfactoria novedad, ya comentada, de encontrarme con «Panamá, la verde», tras las copiosas lluvias de temporada.

Ya tenía reunidos prácticamente todos los elementos básicos para la redacción de mi informe, nueva fase a la que me entregué con entusiasmo. En la previsión de que Carmen llegaría en pocos días para quedarse conmigo ya el resto de mi estadía panameña, y viajar juntos a varios países hacia el Sur. Jované y Rubén Darío, mis dos ayudantes, se esforzaron un tanto, igual que dos secretarias que se me asignaron, que según ellas nunca habían tenido tanta faena:

  • Pero Doctor, ¿es qué quiere Vd. escribir la Biblia en solo unas semanas? Aquí llevamos las dos tecleando sin parar, y Vd. erre que erre, ahí dándole al bolígrafo con esas abreviaturas y signos suyos que hemos tenido que aprendernos… la Madre de Dios…

  • No hay más remedio, queridas mías, las cosas, o se hacen así, o no se hacen.

Y finalmente, llegó Carmen al Istmo, y en vez de seguir en el pequeño hotel en que estaba alojado, el Lux, próximo a mi oficina, y al lado de la Plaza de España, donde estaba nuestra Embajada, dirigida por Emilio Pan de Soraluce, uno de los mejores jefes de misión que he visto en mi vida. También cerca del Banco Nacional, todo como un oasis en medio de la abigarrada Ciudad de Panamá, con las calles siempre llenas de gente, chiringuitos de todas clases vendiendo chicha, zumos de frutas, empanadas, tamales, y comidas para cualquier hora del día; además del continuo tránsito de las chivas, o pequeñas guaguas, o microbuses si se prefiere, multicolores, y de colectivos, donde la gente entraba y salía en itinerarios creados sobre la marcha; en alguno de los cuales participé, por el mero interés en ver cómo viajaba la gente en el país.

El avión de Carmen aterrizó en el aeropuerto de Tocumen, y se quedó tan impresionada, como yo, al ver el monumento en el borde de una pista con la leyenda de «República de Panamá, centro del mundo, corazón del universo, espejo de las Américas». Nada más y nada menos, todo debido, naturalmente, a la circunstancia de ser el canal la vía marítima de mayor tráfico naviero del planeta.

Con Carmen en Panamá recibimos invitaciones de todas partes para participar en cenas y otros saraos. Entre ellos, la Embajada de España, la Residencia del Ministro de Exteriores, Fernando Eleta, la casa de Chapman, alguna sesión con Ramón H. Jurado, y con un profesor de Derecho Mercantil de la Universidad –su nombre ya en la niebla—, que era catedrático exiliado de España después de la guerra, y que produjo gran alegría a Carmen, por la circunstancia de haber sido compañero de su padre, Leonardo Prieto-Castro.

Ya con mi informe terminado en primera versión y difundido a multicopista por varios centros del Gobierno, decidí que era el momento de tomarnos unas breves vacaciones, y también para esperar, además, las reacciones de los lectores del estudio. Y con el previo arreglo que había hecho de las visitas, Carmen y yo nos fuimos en avión primero a Caracas, y después a Bogotá.

En Venezuela con Jipi Bustelo

En Maiquetia, el aeropuerto de Caracas, nos recibió Jipi Bustelo —técnico comercial del Estado de la misma promoción que yo— con su mujer, María Dolores, y pasamos tres días espléndidos en la capital de Venezuela; que entonces era de una actividad y alegría desbordantes, con toda clase de proyectos en marcha. Y en nuestra estancia entramos en contacto con un antiguo amigo español, muy próximo a mi padre, de origen suizo, Federico Luchsinger; con quien salimos a cenar, los Jipi y nosotros, apreciando que en la Caracas la nuit de entonces, el dinero corría a raudales. A pesar de que el crudo estaba a meramente dos dólares el barril.

Entre los conocimientos que hicimos en Venezuela de la mano de Jipi, uno fue el del Prof. García Pelayo –de quien yo había leído algún libro publicado en Revista de Occidente— y de su ayudante José Luis Rubio. Después nos reencontraríamos en la vida política en España, el primero como Presidente del Tribunal Constitucional; con un episodio bien triste durante su mandato, al no haber defendido la imparcialidad de la Corte que presidía con ocasión del asunto Rumasa; accediendo a las pretensiones de Felipe González. José Luis Rubio sería el primer Secretario General del Congreso y después llegó a Presidente del Consejo de Estado.

En una de las excursiones desde Caracas, visitamos la casa del Cacao, sede que fue de la Compañía Guipuzcoana que en el XVIII, el de las Luces, desarrolla gran actividad agrícola y comercial. En tiempos en que Miranda, el maestro de Bolívar, ya empezaba a moverse por la independencia de la América española.

Pasados unos días en Caracas, nos fuimos en avión a Cartagena de Indias —maravillosa ciudad, la que defendió Blas de Lezo contra la armada vencible del Almirante inglés Vernon que quedó sumido en la más negra derrota en 1742—, y desde allí pasamos a Barranquilla y Santa Marta; para luego volar a Bogotá, donde por primera vez tocamos tierra en el aeropuerto de nombre mágico, Eldorado. En el que vimos mucha policía y soldados con metralletas, algo que no dejó de asombrarnos. Era una muestra más de la violencia que se inició en 1948 por la muerte de Jorge Eliécer Gaitán, que originó el Bogotazo, con todas las secuelas que de allí arrancaron para más de medio siglo de verdadera guerra civil.

Primeras impresiones de Colombia

En la antigua Santa Fé nos esperaba Eduardo Octavio de Toledo, el Consejero Comercial de la Embajada y técnico comercial del Estado, comme d´habitude en nuestros viajes, quien nos orientó en tierras colombianas. Con la sorpresa en Bogotá de su barrio, de villas estilo inglés y clima muy fresco en la noche, se encendían las chimeneas de estilo francés por la noche.

En aquellos días visitamos el Museo del Oro, que ya era una muestra de la sofisticada joyería prehispánica, fundamentalmente chibcha, con la que se encontró Jiménez de Quesada, fundador de Bogotá y uno de los conquistadores más cultos que hubo en tiempos. Visitamos también la espléndida catedral de la Sal de Zipaquirá, y Eduardo nos prestó su coche con conductor para bajar desde Bogotá hasta Puerto Girardot, sobre el río Magdalena, en la tierra caliente, donde pasamos el día en un hotel en medio de la selva; con unos jardines más que muy frondosos, donde estuvimos nadando toda la mañana en una hermosa piscina.

Dejamos Santa Fe de Bogotá con un deje de tristeza, de la grandeza de su catedral, de algunos de sus museos que visitamos, como el de la Casa de la Moneda, antigua ceca española; hoy en parte transformado en Museo Botero, según pude ver en otro viaje, en 2007. Y también supimos apreciar el comercio de vivo colorido de la ciudad, con su hotel extraordinario, el Tequendama, que pasaba por ser el mejor de Sudamérica; donde compré, en una de sus tiendas de antigüedades, algunos estribos de caballeros españoles del siglo XVII. El hotel Tequendama, como el Tamanaco de Caracas, eran realmente excepcionales para su tiempo.

Adiós a la cumbia

Retornamos Carmen y yo a Panamá, y allí tuve una semana bastante trabajosa de últimas consultas y reuniones, con toda clase de comentarios a mi estudio. Observaciones que en gran parte recogí como expresión final de mi trabajo, y que en la última entrevista que tuve con Fernando Eleta, mi jefe, se me ponderó de manera reconfortante. Era el primero de mis estudios en las Américas al cual seguirían otros cuatro: República Dominicana, Brasil, integración entre países de menor dimensión económica, y evaluación de los mercados latinoamericanos de integración económica.

En ese trance de trabajo intensivo, y para aliviar las esperas de Carmen mientras yo terminaba mis tareas, ella se fue en avión anticipadamente a Guatemala, a pasar unos días en casa de nuestros amgios de la familia Jerez, donde la atendieron muy bien y la llevaron a visitar Chichicastenango y al Lago Atitlan; que yo sólo conocería mucho después, en 1994, cuando juntos fuimos otra vez a Guatemala, a dictar conferencias en el Instituto Guatemalteco de Cultura Hispánica, y también en la Universidad Mariano Gálvez.

Panamá entre la democracia y la dictadura

Tras mi estadía en Panamá de 1966, en 1967 se convocó una jornada sobre integración centroamericana, para debatir mis propuestas de asociación del país al MCCA. Un encuentro del que recuerdo que mis tesis, recomendando una asociación paulatina al MCCA, fueron generalmente bien aceptadas, haciendo yo especial hincapié, en las características particulares de la economía panameña; muy ligada en todo al tráfico del canal, con una gran amplitud de posibilidades comerciales, y una tradición de liberalismo económico. Algo bien diferenciador de las economías mucho más estatificadas e intervenidas en el resto del istmo de América Central.

Debe advertirse que los panameños no se consideran centroamericanos, que son los cinco países que con su independencia de España pasaron a formar parte del imperio mexicano con Agustín Iturbide al frente; aunque a la caída de éste, formaron en 1823 las cinco provincias unidas de Centroamérica (Costa Rica, Nicaragua, Honduras, El Salvador y Guatemala), una federación centroamericana, que finalmente se disgregó en 1838; fragmentándose ya el istmo centroamericano en cinco países diferentes, que ahora pretenden formar una federación vía integración económica. Aunque lo cierto es que las oligarquías locales frenan ese proceso por la idea de que perderían sus poderes y privilegios.

El momento más destacable de aquella jornada fue la invectiva que me dirigió un joven universitario, que en un momento dado y sin venir muy a cuento, y sin conocer mis tendencias políticas, me espetó:

  • ¿Y no le resulta extraño, Doctor, que en España estén soportando vergonzosamente la dictadura de Franco? ¿No tienen Vds. envidia de democracias como la nuestra?

La verdad es que me sorprendió una salida así, de pata de banco, porque habiendo estado tres meses en Panamá nunca había pasado por una experiencia ni lejanamente parecida. Pero tampoco me produjo mayor sobresalto y traté de contestarle:

  • Sus observaciones no me parecen muy procedentes. Primero, porque no sé si Vd. está al corriente de que yo no soy partidario del régimen hoy vigente en mi país; y me ahorro contarle lo que fue la rebelión de la Universidad de 1956 en la que tuve el honor de participar. Y segundo, que si en España hay una dictadura es porque antes hubo una democracia, la Segunda República, que fue destruida por una guerra civil monstruosa, que duró tres años con más de 300.000 muertos y un millón de víctimas, juntando los exilios, además de años de cárcel de cientos de miles. Tal vez haya sido la dictadura cuya implantación tuvo la más larga y tenaz resistencia popular, y que sólo por la ayuda de la Alemania de Hitler y la Italia de Mussolini consiguió aplastar una democracia por la que se luchó casi tres años...

Me sentí muy afectado por aquella crítica más que nada por insolente y extemporánea, por lo cual, en un silencio en que se oía volar una mosca, proseguí:

  • Además quiero decirle, joven señor, sin ofender a nadie en esta hospitalaria República de Panamá, que lo de Vds. no me parece precisamente una democracia, al menos por lo que yo he visto. Con el debido respeto, que Panamá es más bien una escenificación democrática con oligarquía y caciquismo, como la que hubo en España en otros tiempos, es decir, con muchos caciques y oligarcas. Y si no, que se lo pregunten al Dr. Arnulfo Arias que fue depuesto por dos veces de su cargo de elegido Presidente de la República por los militares. Y ya veremos si el Doctor Arias, que es candidato por tercera vez consigue perdurar… El día menos pensado pueden estar Vds. entrando en una dictadura pura y dura…

Mis palabras tuvieron un cierto efecto de catarsis y la inmensa mayoría de los asistentes me aplaudieron durante un buen rato. Hasta el punto de que el joven universitario se esfumó de la reunión sin que nadie tratara de retenerlo. Por lo demás, mi referencia resultó casi profética, porque meses después se celebraron las elecciones presidenciales tras terminar el período de Marco Aurelio Robles; y Arnulfo Arias, el eterno candidato, fue elegido presidente… y de nuevo depuesto por los militares, iniciándose así la dictadura de Omar Torrijos.