En torno a las Américas (III)

Dentro de mis andanzas juveniles, todavía en mis años 30, el recorrido por Centroamérica me llenó plenamente de una naturaleza todavía virgen en muchos espacios; y con una vida en general plácida, tanto por la pobreza asumida, como en un orden social aquietado por represiones de diferente naturaleza. Panamá aparte, pues fue una escisión de la República de Colombia (1904), Centroamérica estuvo unida entre su independencia y los años 30 del siglo XIX. Para entrar luego en una serie de convulsiones de las que nacieron cinco repúblicas independientes. Con los subsiguientes intentos de integración económica, el Mercado Común Centroamericano, que fue la razón de mi primer viaje a las Américas. Dentro de ese propósito me propuse viajar para conocer territorialmente las seis naciones de América Central. Sigue mi crónica de esa travesía.

Panamá, la verde

En la oficina, como enlace directo con el gobierno de la República, había un funcionario, de nombre Herman Rodríguez, que me respetaba mucho y con quien nunca llegué a tener verdadera amistad. Herman cumplía al pie de la letra lo que yo le pedía, y me hacía observaciones puntuales sobre temas concretos de mi estudio, pero nunca tuvimos esa intimidad que permite bromas sobre cualquier cosa. Y fue el que, siguiendo mis indicaciones, organizó un largo viaje en coche, en carro, para atravesar todo el istmo centroamericano.

Ese viaje duró unos diez días, desde Panamá hasta Guatemala. Para ello visitamos primero una serie de ciudades panameñas como Aguadulce, Santiago del Estero (así llamado por tener en su proximidad toda una serie de bajíos marinos), y David, capital de Chiriquí. Y la verdad es que me quedé con las ganas de llegar a Bocas del Toro y el Golfo de Mosquitos en la orilla Atlántica, por entonces provincias muy poco pobladas y con poca actividad económica, pero actualmente con cierto desarrollo turístico por su gran belleza tropical.

Mi impresión de Panamá es que tenía un campo, y creo que sigue teniéndolo, muy castigado por una agricultura poco racional. Como decía un agrónomo con quien tuve ocasión de hablar sobre el tema, «aquí se cultivan los montes y se dejan las llanuras para pastos». Con un sistema entonces muy primitivo de siembras y plantaciones, sobre tierra generalmente quemada para desbrozarla de las hierbas recrecidas después de anteriores cosechas y fuegos. En los llanos, en cambio, lo que predominaba era la ganadería de vacuno europeo con cruce de cebú como en casi todo el trópico de las Américas.

En contra de lo que yo pensaba, la época de seca en Panamá es muy larga y dura, lo cual alejó de mí en cierto modo la imagen que tenía del país a través del libro de Blasco Ibáñez, La vuelta al mundo de un novelista, en donde se refería a «Panamá, la verde». Verde, verde, sólo en época de lluvias y eso sí que lo experimenté en toda su intensidad al volver desde Guatemala en avión, quince días después de haber salido. Comprobé que en tan breve tiempo la estación de las lluvias había cambiado por completo el paisaje para hacerse todo un continuo de color esmeralda.

En la provincia de Chiriquí, vimos las grandes extensiones de platanales para la exportación, de la Chiriquí Land & Fruit Corp, una filial de la famosa United Fruit, muy activa desde Ecuador a Guatemala; y famosa por sus plusvalías comerciales; con salida del producto hacia EE.UU. a un valor declarado de 100, y de 500 a su entrada en los puertos gringos… eran los llamados precios de transferencia.

En Costa Rica: la hermosa naturaleza

La frontera entre Panamá y Costa Rica la atravesamos por Paso de Canoas, con un denso bosque húmedo tropical muy bien conservado, con numerosos estanques donde las nutrias jugaban saltando en el agua. Un paisaje originario que en Panamá es posible encontrar en la frontera con Costa Rica, la mayor parte del Darien y en las zonas ya mencionadas del Atlántico, en la provincia de Bocas del Toro.

En Costa Rica avanzamos por la carretera panamericana primero por la tierra caliente, con algunas desviaciones para visitar determinadas áreas que nos interesaban, como la bahía de Coronado y la ciudad de Palmar Sur. Para luego ir ascendiendo hacia la capital de la tierra templada, atravesando el parque nacional Filippo, vía la ciudad de Cartago, en un momento en que después de muchos meses, el gran volcán Arrazú, de 3.430 metros de altura, estaba sembrando de ceniza toda una amplia comarca.

En la capital San José, nuestra primera escala en el recorrido, visitamos al Ministro de Comercio y Asuntos Centroamericanos, donde aprecié que el entusiasmo por la integración económica del istmo estaba muy por debajo de lo que yo esperaba. Incluso noté un cierto desdén hacia los demás países del Mercado Común Centroamericano (MCCA), pues los costarricenses se consideraban algo especial dentro de la América Central; por sus circunstancias democráticas y también por su predominio de la raza caucasiana, aunque de esto, por razones obvias, se hacía menos gala públicamente.

San José me pareció una ciudad plana y abigarrada, con poca gracia, eso sí con barriadas ricas de grandes villas residenciales; y ya por entonces con un tráfico endemoniado y con mucha gente a todas las horas del día. Y de allí salimos para seguir viaje, orillando el Golfo de Montoya (siempre del lado del Pacífico) y la ciudad de Punta Arenas, donde visitamos algunas fábricas, a modo de estudio de casos de la integración industrial centroamericana, concretamente de cemento y bloques de construcción.

Nicaragua tras el terremoto, y con los Somoza

Seguimos después, ya camino de la frontera con Nicaragua, donde entramos por la ciudad de Peñasblancas, a orillas del amplísimo y hermoso lago de Nicaragua, cuya orilla sur no forma frontera con Costa Rica, puesto que los nicaragüenses tienen una estrecha franja de toda la orilla; como también mantienen el uso exclusivo del río San Juan que desagua en el Atlántico. Esa situación de posesión unilateral, ha hecho que de tiempo en tiempo las autoridades de Nicaragua evalúen la posibilidad de abrir un canal sin esclusas, esto es, a nivel del mar. Sin embargo, primeramente por razones económicas, y después también por razones ecológicas, ese proyecto no se abordó nunca.

En Nicaragua, al pasar por la ciudad de Granada, a orillas del gran lago, mis amigos Herman Rodríguez y su ayudante me llevaron con gran misterio hasta el extrarradio, y allí entramos en una casa muy modesta… que resultó ser el lugar natal de Rubén Darío, conservándose una cama de hierro de dudosa antigüedad, donde se nos dijo que había visto la luz el gran poeta.

Llegamos poco después a Managua, una ciudad mediocre, aparte de algunos monumentos antiguos de la época de la Capitanía General de Guatemala del dominio español. Además, la pobreza era manifiesta por todas partes, que directamente se relacionaba con la dictadura de los Somoza, aunque ya para entonces, ninguno de los familiares estaba en los altos cargos de la República, porque para esos menesteres la familia habían designado a sus testaferros, en ese momento al presidente Schick.

En Managua hicimos visitas análogas a las de San José de Costa Rica, a los responsables del área del Mercado Común Centroamericano, en varios ministerios, y obtuve la impresión de que en el país se tenía más interés por el proceso de integración que Costa Rica, aunque tampoco le asignaba una trascendencia decisiva. Lo decisivo es que el país entero constituía un gran cortijo de los Somoza. Quienes en la obscena jerga de Washington D.C. eran considerados unos auténticos hijos de puta. Pero como dijo un senador, en cierta ocasión:

  • Sí, que lo son… pero son nuestros hijos de puta...

Después de pasar un par de días en Managua —que en 1972 se vería arrasada, por un fortísimo terremoto—, seguimos viaje hacia Honduras, bordeando el lago de Managua, hasta la segunda ciudad más importante de Nicaragua, León, donde apenas paramos sino para un breve refrigerio. En la idea de ese mismo día en la tarde llegar a Tegucigalpa, como así fue. Allí todo el mundo hablaba del gran crecimiento de San Pedro Sula, con salida al mar por Puerto Cortés, que ya por entonces empezaba a convertirse en la primera ciudad industrial del país. Sobre todo, por las inversiones norteamericanas en la industria de la confección.

Dejando Tegucigalpa que me causó una sensación un tanto deprimente, volvimos a bajar hacia el Océano Pacífico, y por Goascorán, a orillas del amplio golfo de Fonseca, entramos en la República de El Salvador, admirable por la hermosura de sus parques nacionales, y sus pequeñas ciudades, de aspecto mucho mejor que Nicaragua u Honduras. Y donde tuvimos muy interesantes encuentros con varios empresarios, que por lo limitado de su país ya tenían como área de negocios todo el mercado común centroamericano.

Guatemala y la gran ciudad de Antigua

La etapa final fue Guatemala, sin duda el país más hermoso de todo el istmo; por su cordillera de la Sierra Madre de Chiapas, que se prolonga hasta la propia capital, con bosques formidables por doquier: un verdadero jardín de clima templado, por la altura.

En Ciudad de Guatemala visité la Secretaría de la Integración Centroamericana (SIECA), en la que permanecí durante todo un día consiguiendo gran cantidad de información, con la ayuda del director de la oficina, a la sazón el economista Gert Rosenthal. Y también, disfruté de la ayuda que me prestó José Jerez, el Consejero Comercial de la Embajada de España, que había sido alumno mío en la Academia de Formación de técnicos para el Ministerio de Comercio en que fui profesor entre 1957 y 1958.

Estando en Guatemala hice, lógicamente, mi primera visita a Antigua, la primera capital de la Capitanía General durante el imperio español, muy castigada que fue por varios terremotos y erupciones volcánicas. Hasta que finalmente, se decidió abandonar la ciudad para establecerse en un lugar sísmicamente más tranquilo.

 Antigua me pareció una maravilla, por lo que demostraba su arquitectura de los tiempos iniciales de la conquista. Además, esa primera vez que estuve en Antigua, había en ella muy poca población y la ciudad tenía un encanto formidable, con su aire cristalino, los dos volcanes en la distancia –el del Agua y el del Fuego— y la resonancia de las marimbas en los muros cubiertos por la vegetación… Años después, cuando he vuelto (1973 y 1994), la vi mucho más poblada, sin aquel aspecto sensacional del pasado. Ahora, entreverados con las iglesias y los monasterios de clarisas, franciscanos y jesuitas, hay hoteles, pensiones, bares y restaurantes… y muchas academias para enseñar el español a los gringos.