En torno a las Américas (II)

Continuamos hoy con la etapa más hispanoamericana del autor, en la que se incluyen los trabajos realizados por éste en la República de Panamá. Contratado por el gobierno constitucional del presidente Marco Aurelio Robles, antes de que Panamá entrara en el vértigo de las dictaduras. Aquella República tenía grandes diferencias sociales, con mucha riqueza arriba y más que pobreza abajo. Pero con un talante global de gente con ganas de divertirse, y con una naturaleza espléndida, casi originaria en el sur, en todo el Darién, y con selvas maravillosas en las zonas fronterizas con Costa Rica, en las provincias de Chiriquí y Bocas del Toro. Reanudamos la narración para los lectores de Republica.com…

Fernando Eleta y Marco Aurelio Robles

En los días siguientes a mi llegada, fui resolviendo los trámites para iniciar el estudio que tenía encomendado, con una primera visita al Ministro de Asuntos Exteriores, hombre de buen carácter, con una esposa de espléndida belleza y gran inteligencia, Graciela. Y a los dos les volví a ver varias veces en sus viajes a España, cuando venía a sus numerosas conexiones familiares en la Península y Baleares, hasta que murió en el otoño de 2011. También conocí a Carlos Eleta, hermano del Ministro, quien por entonces había perdido a su esposa, el gran amor de su vida, a quien dedicó el mejor de los boleros que se compusieron por aquél tiempo: Historia de un amor.

Al presidente Marco Aurelio tuve ocasión de conocerlo y tratarlo, y era un personaje singular. Antes había sido vicepresidente, y en una ocasión en que su presidente hubo de viajar al exterior, él quedó en funciones, por no más de quince días. Pero decidido a aprovechar la situación, como preparación de su ulterior campaña electoral, y realizó una gira por todo el país, a lo largo de la cual expuso sus percepciones sobre cualquier clase de asuntos, pasando por las más diversas situaciones. Entre ellas, una que referiré, y que circulaba entre los panameños, siempre bromistas, y dispuestos a reírse hasta de su misma sombra.

El viaje premonitorio del vicepresidente

Inició el presidente su gira por varias provincias interioranas de la República, y una noche en que estaba lloviendo a cántaros, en la provincia de Chiriquí, iba con su esposa en el coche oficial por una carretera secundaria y solitaria, y hete aquí que en un momento dado, en el borde del camino, vieron a un niño que penosamente andaba bajo el aguacero…

  • Mira mujer –dijo el presidente a su esposa—, ¿por qué no paramos y recogemos a ese niñito?

  • ¿Cómo no? –contestó la señora presidenta, como a ella le gustaba que le llamaran en aquellos días en funciones de su esposo. Y sin más se dirigió al chófer:

  • Ándale, Neftalí, para el carro que vamos a recoger a ese pobre niñito…

  • Sí, señora presidenta, a la orden…

El carro se detuvo y el niño se situó junto a la puerta expectante y esbozó una ancha sonrisa cuando se dio cuenta de quienes eran los señores que querían recogerle. Le abrieron la puerta y entró en el coche, sentándose entre la presidenta y el presidente. El automóvil se puso en marcha y el niño fue acomodándose, mirando a uno y a otro lado, mientras le secaban como podían. Y estando los dos presidentes muy satisfecho de su hazaña, él se dirigió al niño:

  • Y dime, mi hijito, ¿sabes con quiénes vas en este momento?

  • Sí, señor, ¿cómo no voy a saberlo? Me di cuenta desde el principio…

Muy ufano el vicepresidente de ser tan conocido en la República, quiso cerciorarse de que todo era según él suponía y fu entonces cuando preguntó al niño:

  • Y, pues, mi hijito, ¿cómo te sientes con nosotros?

  • Me siento muy bien, señor… como el niño Dios

Tanto el presidente como la presidenta se sorprendieron de una salida tan ocurrente. Y después de reponerse de su sorpresa, el presidente en funciones se dirigió de nuevo al mocito:

  • Y, pues, mi hijito, ¿a qué se debe eso de que te sientes como el niño Dios…?

La contestación no se hizo esperar. El niño era muy expresivo, y dirigiendo la vista primero al uno y luego a la otra, sentenció con toda solemnidad:

  • Porque estoy sentado… entre la mula y el buey… igual que el niño Dios en el portalito…

La madre patria y Muñoz Grandes

Sobre mi vida y trabajos en Panamá, tuve dos encuentros con el presidente de la República, Marco Aurelio Robles, en los que le puse al corriente de los avances en mis tareas. Y en el último de ellos, en el propio palacio presidencial situado en la parte vieja de la ciudad, con un jardín delante con una fuente con dos cisnes, estuvo inquiriéndome un buen tiempo sobre los diversos aspectos del trabajo:

  • Bueno, bueno, Doctor Tamames, tenga en cuenta que Vd. viene de la Madre Patria, y que debe hacer lo mejor por este pequeño país de Hispanoamérica.

  • Naturalmente, señor Presidente, para eso estoy aquí…

Por lo demás, Marco Aurelio Robles me recordó casi con emoción cómo España había ayudado a Panamá en momentos de suprema dificultad. Concretamente, en 1964, cuando hubo grandes disturbios por la cuestión del canal, con varios muertos por la acción de la policía norteamericana de la zona del canal; con el resultado de que bancos retiraron capitales del país, provocando una seria falta de liquidez. En esa ocasión, el Presidente Chiari pidió ayuda a España, y el general Muñoz Grandes, entonces Vicepresidente del Gobierno con Franco, dio orden de transferir de inmediato al ejecutivo panameño la cifra solicitada; pequeña hoy pero muy significativa entonces: cuatro millones de dólares.

Trabajando como un negro

Recuerdo también, que estando en Panamá, ya con Carmen en su visita al marido emigrante, como yo le decía, hubo una conspiración contra Marco Aurelio Robles de un grupo de extremistas, con tiroteos en la ciudad, hasta que en pocas horas fue reprimida. En esa ocasión, el presidente se dirigió a la nación por radio, supongo que también por televisión, aunque yo no le vi, en un mensaje en el que empleó varias veces el término Hispanoamérica, y nunca el de América Latina, el indebidamente más utilizado en esa parte del hemisferio occidental.

En los primeros días de mi estancia en Panamá —o estadía como dicen allá—, me instalé bien en una de las oficinas del Ministerio de Asuntos Exteriores, en donde se me asignaron dos ayudantes, uno muy alto y de raza negra, de nombre Jované, y otro más bajo, y mulato, de nombre Rubén Dario; nombre muy frecuente en toda el istmo interamericano, obviamente por el gran poeta nicaragüense. Ambos tenían buen talante, y desde que me vieron por primera vez hasta mi despedida, no me apearon nunca el tratamiento de Doctor; con gran respeto a mi persona, y una dedicación absoluta, claro que en los términos habituales del trópico, trabajando algo más lentamente de lo posible.

Con ambos colegas establecí muy buena relación, y siempre joviales conmigo, no daban importancia a casi nada. Así lo vi un día en que yo había ido a trabajar muy temprano, y a las ocho de la mañana, cuando ellos llegaron, se quedaron impresionados de que yo me encontrara ya en plena actividad. Jované, que era el más comunicativo, se dirigió a mí:

  • Así Doctor que ya está Vd. aquí desde hace un buen rato. ¡Hay que ver que trabajadores son ustedes los españoles!

  • Aquí estoy, Jované, trabajando como un negro

Apenas terminada la frase me di cuenta de mi lapsus, pero él y Rubén Darío, esbozaron una amplia sonrisa como diciendo «no se preocupe Vd., maestro –como me llamaban también—, porque nosotros ya nos damos cuenta de que Vd. dice esas cosas sin ninguna mala intención».

Guillermo Chapman y el tratado del Canal

En la misma oficina en que me habían instalado, trabajaba Guillermo Chapman, economista como yo, con el que desde un principio tuve gran sintonía. Guillermo es buen conversador –hemos mantenido la buena amistad hasta el día de hoy— y formaba parte del equipo que estaba negociando la devolución de la amplia Zona del Canal, de soberanía entonces de EE.UU.

Esas negociaciones se interrumpieron cuando se produjo, a pocos meses de terminar yo mi misión en Panamá, el golpe militar que dio el General Omar Torrijos tras las elecciones en que salió elegido como presidente, por tercera vez, Arnulfo Arias; que ya había sido destituido por los militares en dos ocasiones anteriores, por su talante un tanto izquierdista por comparación con otros candidatos. Pero el caso es que Torrijos con su ordeno y mando fue una dictadura relativamente bien acogida por los panameños, siendo en ese tiempo cuando se consiguió el acuerdo definitivo de devolución del Canal por EE.UU., con Jimmy Carter en la Casa Blanca. Un gesto extraordinario, bien expresivo de la bonhomía de un presidente inolvidable, que después pasó a ser el mejor ex presidente de EE.UU., llegando a alcanzar el premio Nobel de la Paz por su gran actividad de intermediación para evitar toda clase de conflictos.

Volviendo al tema, diré que Chapman, en el momento del golpe de Torrijos dejó el trabajo negociador con EE.UU. prácticamente terminado. Hasta el punto de años después, cuando el hijo de Torrijos llegó a la presidencia de la República por medios constitucionales, y puso en marcha el proyecto de ampliación del Canal —a buques de mayor eslora, manga y calado—, uno de los nueve jueces para establecer las bases del concurso internacional y adjudicar la licitación de las obras del Canal, fue precisamente Guillermo Chapman.

Mi amigo Ramón H. Jurado y el Dr. Manuel Tamames en Panamá

En mi trabajo sobre temas de integración de Centroamérica y Panamá, fui avanzando, a base de numerosas entrevistas con responsables de las cuestiones económicas del país y luego de toda Centroamérica. Entre ellos, hube de verme con Ramón H. Jurado, presidente de la Caja Popular, la más importante institución de ahorro nacional. Algunas noches, pasaba por mi despacho y me decía:

  • ¡Hala, vámonos ya, Doctor! que ya has trabajado bastante: te invito a cenar en el bulevar Balboa, ¡ya verás que fresquito hace allí, después de la calorada de hoy!

Ramón H. Jurado era muy buen conversador, y siempre se expresaba muy preocupado por la pureza de la lengua española, y le apenaba que se perdieran tantas palabras del idioma. Y para ilustrar esa observación le quitaba la tapa a su reloj, y cuidadosamente iba indicando el nombre de por lo menos diez o doce piezas de la maquinaria; de tiempos en que había sido amigo de un relojero.

Jurado me puso al corriente de muchas cosas de los recovecos del funcionamiento de la República, y un día me contó que había tenido una gran amistad con el Doctor Herrera, a quien me he referido en otra parte de estas Memorias; subrayando que cuando llegó exiliado de España, se le designó director general de Sanidad, puesto desde el cual convocó a mi padre para que emigrara a las Américas. Ramón H. Jurado me comentó:

  • Mira por donde, si Herrera hubiera convencido a tu señor padre, tú serías tan panameño como yo. Pero claro, seguro que tu progenitor tenía otras cosas que hacer por allá…

Jurado era conocedor de la historia, de los sucesivos presidentes, y de sus proyectos, y justificaba que Panamá no hubiera tenido nunca una moneda propia y que hubiera adoptado al dólar de EE.UU.; por mucho que hubiera en circulación las piezas metálicas más hermosas de toda la América, en plata, representativas de la noble efigie de Vasco Nuñez de Balboa, con su casco de conquistador.

Otras conversaciones no tan dulcemente evocadoras

Durante mi estancia panameña, tuve muchas entrevistas más, con toda clase de altos funcionarios y empresarios, sindicalistas, etc. Algunas en el Ministerio que regentaba David Zamudio, persona de gran calidad humana. Pero una de las sesiones de trabajo más tensas y también interesante, la mantuve con la persona más combativa de Panamá contra las fuerzas oligárquicas del país, a las que ella consideraba plutocracia abominable, y del todo contrarias a los intereses populares. Era Thelma King, una mujer ascética de ojos incisivos, con quien estuve dos horas platicando, y que al final me dijo:

  • En definitiva, Doctor, Vd. está ayudando a la oligarquía panameña... y se lo digo con toda claridad, aun sabiendo de sus amplios conocimientos y de que Vd. me resulte simpático.— Palabras que le salieron del corazón, con sus muchos más años que los míos.

  • Sí, Sra. King, objetivamente puede Vd. tener razón, pero yo considero que se trata más bien de la burguesía panameña, pues para mi la oligarquía son las multinacionales foráneas. Y esa burguesía nacional es la que en realidad tiene capacidad de hacer algo para que este país crezca, de modo que los panameños se hagan definitivamente con su Canal y entren en una vía de prosperidad. Por eso creo que sí merecen la ayuda que Vd. me critica.

Thelma King sonrió con un deje de tristeza pero no me llevó más la contraria.

Dedico esta entrega de mis andanzas panameñas a mi viejo amigo Guillermo Chapman Fábregas, a quien ya me he referido en el texto principal. A pesar de que han pasado 54 años, seguimos manteniendo la amistad, habiéndonos visto muchas veces en la tierra panameña o en la madre patria española. A él y a su esposa Graciela dedico este artículo con tanta devoción como nostalgia.

Y como siempre, los lectores pueden comunicarse con el autor a través del correo electrónico castecien@bitmailer.net. Seguiremos la próxima semana.