En torno a las Américas (I)

Los lectores de Republica.com me escriben con frecuencia, y los recuerdos de la última serie que les ofrecí en esta sección de Universo Infinito, algunos me han dicho que la leyeron como si estuvieran recibiendo un ramalazo de aire fresco de los pripios tiempos de la Transición. Me alegro mucho de que así les parezca, y en la misma línea de recoger aquí episodios de mi vida ya larga –87 años, tres por encima de la esperanza de vida al nacer—, empezamos hoy una nueva serie, en la que trato de reunir mis remembranzas viajeras por las Américas, de norte a sur y de este a oeste. Y empezaremos por el principio, que es lo más lógico: por Panamá, que es una república hermana de lo más hermosa y también emprendedora en muchos aspectos. Y donde la cumbia tiene algún hecho diferencial con la que suena en Colombia. Por lo demás, como recuerda mi amigo Guillermo Chapman Fabregas –que fue ministro de Planificación y negociador de la devolución del Canal—, Panamá es el “centro del mundo, corazón del universo, y espejo de las Américas”.

Torero universal y ministro en Panamá

Desde que presenté mi tesis doctoral sobre Formación y desarrollo del Mercado Común Europeo (1964), que se publicó como libro poco después, ya nunca abandoné el tema de la integración económica, y a partir de 1966 tuve la posibilidad de aplicar mis conocimientos, a situaciones concretas de procesos integratorios fuera de Europa, en las Américas. Para cuyo conocimiento tuve una especie de gran presagio, por lo que un día me dijo mi padre, en relación con sus viajes a Venezuela, Colombia, Ecuador, y México, en su función de médico, en las campañas taurinas de Luis Miguel al otro lado del charco:

  • Un español nunca está completo hasta que conoce Hispanoamérica… Tendrás que sentir la emoción, en un recorrido por alguna de tantas selvas sudamericanas, de llegar a un pueblecito perdido en ellas, y oír hablar a todo el mundo en un español cantarino… Es el resultado de aquel vasto imperio construido a partir de 1492… España sigue allí… Alguien dijo que «mi lengua es mi raza, y donde se habla, allí está mi espíritu».

Mi primer viaje al hemisferio occidental fue a Panamá, en 1966, y estuvo relacionado también con quien fue mentor mío en tantas cosas,  precisamente Luis Miguel Dominguín que acabamos de citar, el torero más inteligente para el público más apasionado.

El caso es que estábamos Carmen y yo con nuestras dos hijas en nuestra casa de la sierra –todavía en la llamada provincia de Logroño, luego ya definitivamente La Rioja—, cuando avanzada la tarde, un día del verano de 1966, la telefonista del pueblo, Victoria, esposa del alcalde, me envió a través de uno de sus hijos un mensaje. En él se decía que acudiera rápidamente al locutorio, porque me llamaba Luis Miguel Dominguín, “el célebre torero”. El mensajero llegó jadeando por la larga carrera corriendo, y también por la emoción de que alguien tan importante fuera amigo de un vecino del pueblo.

Me acerqué a buen paso a teléfonos, y desde allí me marcaron el número que había dejado Luis Miguel. La conversación fue más o menos la siguiente:

  • ¿Qué tal Ramón, cómo estáis? ¿Por dónde anda eso de Mansilla de las Mulas…?

  • No, Miguel, no es de las Mulas, es de la Sierra… en La Rioja, pero no en la parte de los vinos que tu conoces, ni tampoco cerca de Logroño capital, donde has toreado tantas veces por San Mateo, con mi padre al lado y también un tal Ernesto Hemingway… Estamos al sur, en la zona montañosa de la Sierra de la Demanda… Por lo demás, nos encontramos bien, gracias… A ti, por la voz ya noto que estás en forma…

  • Bueno, vamos al grano, economista… Porque tengo que hacerte una propuesta…

  • Tú dirás, Miguel, ya sabes que lo que tú me digas siempre me interesa…

  • Bueno… espera a lo que voy a decirte…

  • Te escucho…

  • Tengo un amigo, Fernando Eleta, que es ministro de Asuntos Exteriores de Panamá, que está pasando unos días en Madrid. Y hoy mismo, hablando con él, me comentó que su país tiene que estudiar la posibilidad de negociar su integración económica con Centroamérica, al estilo de ese Mercado Común Europeo que tú conoces tan bien… lo sé por el libro que me regalaste hace ya unos meses…

  • Así es: en Centroamérica están intentando hacer algo parecido a lo del Tratado de Roma, pero otra cosa es que lo consigan… lo tengo bastante estudiado…

  • ¡Así me gusta, Ramón! Que estés al tanto de todo. Ya se lo dije yo a Eleta: el que mejor puede ayudarte en ese tema es Ramón Tamames, hijo de mi amigo Manuel, mi médico, y que es un gran economista…

  • Muchas gracias, Miguel… Eres como mi ángel de la guarda…

Al otro extremo del hilo se oyó una risa contenida, expresiva del entusiasmo que Luis Miguel ponía en todos sus proyectos, sobre todo en la fase inicial, en esos momentos en que se deja volar la imaginación libremente…

  • El caso es, Ramón, que podrías ir a Panamá y hacer ese estudio: ¿qué me dices?

  • Por mi parte ¿qué voy a decirte…? Estupendo, desde luego… Aún no conozco las Américas, y si además puedo ayudar a tus amigos panameños, miel sobre hojuelas…

  • Eso que dices está requetebién… Bueno, yo se lo digo a Fernando Eleta, le doy tu dirección y tu teléfono, y ya os entendéis directamente… Que sigáis bien ahí, ¿cómo me dices que se llama el pueblo…?

  • Mansilla de la Sierra…

  • ¡Ah! Yo creía que era de las Mulas… —Esto último dicho con una cierta sorna.

Luego, el chasquido del teléfono.

Mi conversación desde Mansilla de la Sierra (que no de las Mulas) con Luis Miguel sobre el tema Panamá, fue muy importante para mí. A los  pocos días hablé por teléfono con Fernando Eleta, del gobierno constitucional del Presidente Marco Aurelio Robles; el último elegido por el pueblo antes del golpe militar de Omar Torrijos en 1968 que dio lugar a la dictadura ulterior de Noriega.

Don Fernando, apuesto caballero descendiente de españoles, vascos, me hizo la propuesta de que me fuera un año a trabajar a su país, a fin de estudiar la cuestión de si les convenía o no formar parte del Mercado Común Centroamericano. Y como ya había hablado con Carmen sobre el tema, habíamos convenido que mi estadía fuera de España no debía ser muy larga. Así que en vez de un año propuse que mi contrato fuera por tres meses:

  • Tamames, eso me parece poco tiempo… no le va a alcanzar para una tarea así…

  • Sr. Ministro, le parecerá poco, pero todo depende de la intensidad con que se trabaje…

  • Sí, sí, claro, tiene razón… Ya me ha dicho Luis Miguel Dominguín que es usted un talento… y muy laborioso…

  • Se hace lo que se puede, Sr. Ministro… Sinceramente le digo que tengo gran interés en ir a su país y, como es lógico, allí no me ocuparé de otra cosa que el estudio para su Gobierno… estoy seguro de que podré atender el asunto a satisfacción en no más de un trimestre.

  • Bueno, bueno, Dr. Tamames, lo que Vd. diga, no voy a enmendarle la plana… Entonces, fíjese bien: le envío una carta proponiéndole todo el negocio, y Vd. me responde tan rápido como pueda; ya sabes as soon as possible (asap)… que dicen los gringos. Y acordamos los términos económicos, que hemos calculado podrían ser unos 300 dólares al mes…

  • Mis previsiones, Sr. Ministro, son un poco más elevadas, yo diría que en torno a 500 dólares al mes sería una cifra aceptable y no desmesurada… Eso hablé con Luis Miguel…

 Al otro lado del hilo, se notó que mi interlocutor debía estar reflexionando sobre la cifra, que debía parecerle excesiva. Luego supe que el presidente de la República tenía un haber mensual de 450 dólares mensuales, por lo cual debió pensarse que iba a cobrar más que el presidente. Al final, Fernando Eleta, refiriéndose a Luis Miguel, resolvió la cosa:

  • ¡Ya salió el diestro con la generosidad de su grandeza…! debe creerse que Panamá es Eldorado… que, por cierto, debía estar levemente más al sur… Bueno, ¡qué vaina! Está bien, porque para eso va usted a hacer la cosa no en un año sino en tres meses…

  • ¡De acuerdo, pues, Don Fernando…!

  • Ahí quedamos, Doctor, y le escribo hoy mismo… ¡Mire, deme un abrazo a su señor padre, a quien conozco bien, y que es todo un prócer!

Un tiempo después, ya avanzado mi trabajo en Panamá, Fernando Eleta me entregó personalmente mi primer cheque por 500 dólares, y sonriente volvió sobre el tema:

  • Ramón –ya había apeado el tratamiento y me llamaba por mi primer nombre, y yo le correspondía en el tuteo—, cobras más que el presidente de la República… — y lo dijo con una ancha sonrisa.

  • También trabajo más que el presidente, dicho sea con todo el respeto…

El ministro no se contuvo y soltó una fuerte carcajada:

  • Puede que tengas razón… hay mucho pendejo por todas partes… y no me refiero al Sr. Presidente…, claro.

Los antecedentes que he expuesto sobre mi contratación para ir a la República de Panamá, cogido de una mano de Luis Miguel y de la otra de su amigo Fernando Eleta, marcaron unas semanas de euforia, porque preveía que aquello iba a ser el principio de una actividad muy movida, como así sucedió en la realidad.

Con mis asuntos del Ministerio resueltos (una comisión de servicios de tres meses), y mis oposiciones a Cátedra de Estructura Económica en avanzada preparación, con la Memoria de Cátedra terminada salvo algunos últimos detalles (con el ministro Lora Tamayo vaciloresistente a convocarme las oposiciones por estar fichado en la DGS como agente subversivo), pensé que el viaje a Panamá no sería un obstáculo para mis proyectos, sino todo lo contrario.

Volé de Madrid a Nueva York, y al salir del avión, al aire libre, en el marzo neoyorquino más gélido, me estremecí de frío. Menos mal que ya había fingers (pasarelas) para ir directamente andando del avión a la terminal. A España aún tardarían más de diez años en llegar tan cómodas infraestructuras.

En Nueva York hube de esperar un par de horas en la zona de tránsitos, tras pasar el control de funcionarios muy mal encarados que examinaban nuestro pasaporte, y al comprobar que no teníamos visados debían considerarnos como marcianos peligrosos. Me retiraron los papeles, y sólo al entrar en aguas internacionales, después de sobrevolar Nueva Orleans, me lo devolvió el comandante de la aeronave.

A cuatro horas desde la Gran Manzana, arribamos a Tocumen, el aeropuerto, al lado este del Canal, en la carretera al istmo de Darien, un territorio representativo casi de la mitad de la República; por entonces deshabitado e inexplorado en alguna de sus porciones. Hasta el punto de que todavía actualmente la carretera Panamericana no está terminada para conectar con Colombia.

Dejamos aquí la remembranza hasta la próxima semana. Y dispensen el introito que he hecho de mi viaje a Panamá, que fue mi bautizo de las Américas, inolvidable por muchas razones que iremos viendo. Y como siempre, los lectores de Republica.com pueden ponerse en contacto con el autor a través del correo electrónico castecien@bitmailer.net.