Algunos recuerdos de la transición (I)

En algunas anteriores series, el autor de esta sección Universo Infinito, dentro de Republica.com, se ha ocupado de cuestiones relacionadas con la Transición a la democracia en España; tanto del lado interno como del trasfondo económico de la misma. Y en cierto modo, hoy retornamos al tema, pero desde un ángulo de observación muy distinto: el de los recuerdos del autor, de lo que fueron aquellos años en comunicaciones políticas en que participó, y que en alguna manera forman parte de nuestra Historia en detalle. En ese sentido, muchos lectores de Republica.com, seguro que van a relacionar esta crónica con lo que fueron sus propios movimientos personales durante aquellos años, que ahora vemos como de una transformación decisiva del país en que vivimos, la bendita España de siempre.

LA FIAT Y EL PACTO DE ARAVACA: DE CLAVES A QUO VADIS

Un día a finales de 1976, cuando me disponía a subir al avión en el aeropuerto de Barajas con destino Barcelona, adonde iba a dar una conferencia, me encontré con un antiguo amigo, economista y consultor, José María Castañé; uno de los fundadores de la empresa Metra-Seis, y que en ese momento era director general de desarrollo y tecnología en el Ministerio de Industria, en el primer Gobierno Suárez designado por el Rey. Con la Ley de Reforma Política ya aprobada en referéndum, se discutía si finalmente el PCE sería o no legalizado. Castañé, sabiendo de mis inclinaciones políticas, casi como si yo fuera el oráculo de Delfos, me preguntó qué iba a suceder.

  • Ineluctablemente, seremos legalizados —dije.

Años después Castañé me recordaba esa frase, con el ineluctablemente subrayado, y me confesaba que, cuando me escuchó, no creyó que mi anticipación fuera a cumplirse. Y es que había toda una renuencia a creer en el cambio, por no vivir el tema como lo hacíamos nosotros desde dentro, con aquello que una vez dijo Gramsci: «Contra el pesimismo de la inteligencia, está el optimismo de la voluntad.» Además, también de Gramsci, había otra frase-guía: «la crisis radica en que el viejo no acaba de morir, y el nuevo no acaba de nacer».

Y efectivamente, estábamos en crisis, y salir de ella, efectivamente, sólo sería posible muriendo lo viejo y naciendo lo nuevo. Observaciones así nos permitían, en ocasiones ser profetas en nuestra propia tierra.  Perdone el lector lo que de arrogancia pueda haber en las últimas palabras, en las que también hay un punto de legítimo orgullo.

La transición política ya estaba plenamente encauzada en diciembre de 1976, y en cierto modo yo personalmente ya lo tenía claro más o menos desde el otoño de 1974, cuando preparé un trabajo titulado «Algunas cuestiones clave para el futuro político de España», que se publicó en diciembre en Cuadernos para el Diálogo como separata; de la cual, según me dijo Pedro Altares, el veterano director de la revista, se vendieron 40.000 ejemplares.

El origen de ese escrito no fue nada misterioso. En realidad surgió de mi actividad profesional en Iberplan, la sociedad de consultoría que yo dirigía. Donde un buen día —debió ser en abril de 1974— recibí la visita del director de la Fiat para España, un inteligente ingeniero italiano a quien se veía inquieto por lo que podría venir. En esa línea de preocupación, y tal vez por indicación de la central de la compañía, en Turín, me solicitó un informe prospectivo. Y después de convenir precio y plazo de realización, me puse manos a la obra, con especial entusiasmo; por pensar que ese trabajo sería excelente ocasión para aclararme yo mismo las ideas sobre cuestión tan principal. Curiosamente, Fiat vino a hacer de mecenas, sin saberlo, de tres de mis publicaciones políticas de aquellos años.

El informe lo entregué a Fiat en pocas semanas, expresando mi opinión final de que la democracia llegaría a España en poco tiempo y sin grandes convulsiones, por tres razones principales: el agotamiento del modelo franquista, la prevalencia de los planteamientos aperturistas en una fracción importante del propio régimen, y la tendencia manifiesta de la oposición democrática a la conveniencia de ir a una reconciliación con un cierto consenso en vez de radicalizar las diferentes posturas.

El llamado Pacto de Aravaca

En esa fase estábamos, cuando Joaquín Garrigues Walker nos invitó a cenar, el 4 de junio de 1974 a su casa de Aravaca, a una veintena larga de amigos; con el denominador común de nuestra preocupación por conversar entre las diferentes tendencias políticas, desde vertientes profesionales muy diversas. Una invitación que no me extrañó en absoluto, pues Joaquín, a veces con su amigo Antonio Fontán —Catedrático de lenguas clásicas, griego y latín—, tenía la costumbre de celebrar reuniones políticas en su casa. Encuentros en los que yo había participado en más de una ocasión, que eran como sesiones de un observatorio político; en la idea de que era preciso contribuir a cambiar el régimen con el menor coste posible.

En la casa de Garrigues en Aravaca, coincidimos aquella noche Abelardo Algora (secretario de la Asociación Católica Nacional de Propagandistas, ACNDP), Ignacio Camuñas (diplomático y editor de centro-centro), Emilio Sánchez Pintado (secretario político de López Rodó), los catalanes Miguel Roca Junyent (luego CiU), Josep Verde Aldea (como socialista moderado) y otras personas: José Vidal Beneyto, José Mario Armero, un servidor, etc.

La cena propiamente dicha, transcurrió sin más emoción, y al preguntarle a Garrigues sobre el propósito de tan extenso y diverso cónclave, en vez del pequeño círculo habitual de sus anteriores convocatorias políticas, contestó que después del postre iríamos al jardín para tomar café y hablar en círculo.

Y así fue, efectivamente: aprovechando la buena temperatura de un verano prematuro, se organizó la típica rueda de opiniones sobre el futuro, en la que todos hicimos un ejercicio de predicción, y en el que yo expuse algunas ideas de mi ya referido estudio prospectivo hecho para la Fiat. Y fue entonces cuando me percaté de la necesidad de ampliarlo y difundirlo, porque los puntos de vista que fueron surgiendo de los coloquiantes chez Garrigues, yo incluido, mostraban que aún había muchos vacíos a llenar para tener un cuadro general de la situación.

El caso es que tras la velada en cuestión, algunos cronistas políticos hablaron del Pacto de Aravaca, como si en la residencia periurbana de Joaquín Garrigues Walker se hubiese llegado a algún acuerdo concreto, lo cual no era el caso. Aunque sí fue cierto que el consenso se veía venir en cuanto a que el cambio a la democracia estaba a la vista, y que el recorrido hacia esa meta transcurriría más bien por la vía de la negociación entre fuerzas políticas, y no vía confrontación abierta.

Por lo demás, la referencia al Pacto de Aravaca era muestra de la psicosis de pactismo existente en la España de entonces, tanto en los medios oficiales como en la prensa. Si unos señores se reunían a cenar o a almorzar juntos, en seguida se hablaba de la Trobada de Figueres ya nos ocuparemos de ella— o del Pacto de Fuengirola, o de Marbella, o del Ritz (de Barcelona), o de Aravaca…, o del Sursum Corda

Un escrito de RT sobre la esperable democracia española

Según el método de las aproximaciones sucesivas, del que siempre he sido partidario, el impulso para escribir el folleto Algunas cuestiones clave sobre la futura Democracia española, que luego se publicaría en Cuadernos, me vino a la cabeza en una reunión que se celebró sólo tres días después del encuentro de Aravaca. Concretamente, el 7 de junio de 1974, en casa de José Mario Armero, una estupenda persona, buen abogado y siempre dispuesto a soluciones razonables. En su casa estuvimos media docena de los comensales de Aravaca, y rápidamente llegamos a un punto de convergencia: la necesidad de formular perspectivas políticas. Y en ese sentido, apenas una semana más tarde —el 19 de junio de 1974—, hube de ir a Zaragoza a pronunciar una conferencia, comprometida desde hacía tiempo, y que sería la última del curso académico 1973-1974.

Aunque en apariencia no tenga nada que ver con el tema que ahora estoy planteando, guardo la remembranza de aquella tardía primavera en los rebordes del Sistema Ibérico, de mucho frío, con un fuerte contraste entre lo reseco de los cerros y el verde brillante de las vegas y de las medias laderas; con un aire fresco y tonificante, cuando en Madrid llevábamos más de un mes de verano prematuro.

La primera de mis conferencias había de versar sobre la situación político-económica. Nos reunimos en mesa redonda en el Centro Nacional de Estudios Cooperativos, y allí desarrollé las tesis de abrir el camino a la democracia pactando para ello las fuerzas favorables al cambio. Ideas que fueron acogidas con interés por gran número de cooperativistas y representantes de prensa a lo largo de un coloquio, que se prolongó por más de una hora y media. Y en el cual se manifestó del modo más patente un claro sentimiento de responsabilidad de cara al incierto futuro. Desde luego, para mí fue un auditorio estimulante para seguir escribiendo lo que serían Algunas cuestiones clave para el futuro de España.

En Cuadernos para el Diálogo con Pedro Altares

Con esas y otras presiones a favor, para noviembre de 1974, ya ultimé la tercera versión de mi ensayo originario de Fiat, con algunas últimas sugerencias de Pedro Altares como director de Cuadernos, y de Joaquín Ruiz-Giménez como presidente de la revista. Así las cosas, a lo largo de diciembre revisé galeradas y pruebas compaginadas, y por fin el suplemento de Cuadernos para el Diálogo salió de imprenta hacia el 10 de enero de 1975; cuando yo me encontraba en la residencia sanitaria de la Seguridad Social de Logroño, hospitalizado tras el grave accidente de montaña que sufrí el 28 de diciembre de 1974 en la Sierra de la Demanda y del que ya he dado extensa cuenta.

A mediados de febrero de 1975, escasamente a un mes de su aparición, el suplemento quedo agotado. Y como en la colección de Cuadernos para el Diálogo no se hacían segundas ediciones, el editor me propuso la reedición de mi ensayo, acompañado de otro trabajo de longitud análoga; todo ello en un volumen de bolsillo. Proposición que acepté de inmediato, y que materialicé en poco tiempo, a lo largo de febrero y durante los primeros días de marzo de 1975, durante mi convalecencia del accidente de montaña que pasé en Lanzarote, para concluir mi recuperación.

En Canarias con César Manrique

Y como cualquier circunstancia es buena si se aprovecha, en la capital de la isla, en Arrecife –bautizado en recuerdo de Lancelot, el de los libros de caballería—, expuse en una charla algunas de las cuestiones tratadas en mi segundo ensayo, en una conferencia que Oscar Bergasa y otros amigos canarios organizaron, el 1 de abril de 1975 en el Círculo Mercantil; conocido antes de la Guerra Civil —y todavía entonces popularmente— por La Democracia.

Ese acto estuvo atestado de gente, y en el que me presentó mi nuevo conocido, y desde entonces amigo para siempre, César Manrique; el gran artista y ecólogo que supo predicar con el ejemplo, al proponer, y lograrlo en gran medida, la mejor conservación del paisaje de la isla de Lanzarote. Cesar murió trágicamente en 1993, en accidente de automóvil. Pocas semanas antes estuve de nuevo en Lanzarote, y comimos juntos con el excelente blanco marca El grifo, para visitar después el jardín de cactus que el propio César había diseñado y realizado en su isla, una maravilla hoy, cuando pasados casi cincuenta años, aquellas primeras plantas se han convertido, muchas de ellas, en verdaderos gigantes.

Por lo demás, el resultado de las reelaboraciones a que estoy refiriéndome, de aquellos primeros trabajos en Cuadernos para el Diálogo, me decidieron a escribir un Manuscrito de Lanzarote para mi nuevo libro, Un proyecto de democracia para el futuro de España, que Pedro Altares editó en formato de cuarto menor, casi octavo. Con todavía más éxito que los propios Cuadernos.

Como veremos la próxima semana, allí no se acabó el tema, sino que siguió adelante de la forma que veremos. Y los lectores de Republica.com, pueden comunicarse con el autor a través del correo electrónico castecien@bitmailer.net.